La madre naturaleza

¿Por qué las tostadas caen siempre con la cara de la mermelada para abajo? ¿Por qué un terremoto arrasa un país del Tercer Mundo y causa apenas destrozos materiales en uno del Primero? ¿Por qué, cuando buscamos una cosa no la encontramos, y la encontramos cuando buscamos otra? «La venganza de las cosas» ha bautizado la vox populi estas y otras fastidiosas anomalías, con cierto aire de «venganza del chinito», es decir, de broma. Cuando, si las tomáramos en serio y las analizásemos medianamente, nos daríamos cuenta de que son perfectamente lógicas y previsibles: la tostada se cae por el lado de la mermelada por el peso que ésta le aporta. Un terremoto es infinitamente más devastador en el Tercer Mundo porque allí viven en chozas mientras los edificios del Primero tienen cimientos e incluso diseño antiseísmos. En cuanto al juego del escondite a que nos someten las cosas que buscamos, posiblemente se deba a que estamos tan ofuscados que ni siquiera las vemos y, en cambio, las vemos cuando buscamos algo distinto. O sea que casi todo tiene explicación y las cosas, no se vengan de nosotros, aunque tienen buenas razones para hacerlo, ya que las hemos convertido en nuestras criadas.

No hay ser más depredador en este planeta que el humano. El resto, incluidas las fieras y nuestros primos los antropoides, con los que compartimos buena parte de los genes, se limitan a cumplir las leyes de la naturaleza y a guiarse por el instinto, que les lleva a defender su territorio, su familia y a si mismos matando si es preciso a los demás. Pero el resto del tiempo lo utilizan para descansar (el león es de los que más duermen), cazar y reproducirse. El homo sapiens, sin embargo, y alguno de sus predecesores, no ha hecho otra cosa desde que descendió de los árboles en busca, diríamos hoy, de «mejorar su situación», costándole al principio al no tener la fuerza ni la agilidad del resto de los animales. Pero tenía un órgano que valía por todos los demás: el cerebro, su mayor y mejor músculo, que le ha permitido no sólo dominar al resto de los seres vivos, explotar a minerales y plantas e incluso burlar a las leyes de la naturaleza: crear calor cuando hace frío, frío, cuando hace calor, volar como las aves y moverse por el agua como los peces.

Una vez dominada la Tierra, ha visitado la Luna y explorado mecánicamente los otros planetas del sistema solar, llegando incluso a explorar otros sistemas: descubriendo hace poco un planeta con agua, principio de la vida. Pero está a la friolera de 110 años luz. Imaginen lo que se tardaría en llegar. Pero bueno es saberlo por si algún día hasta somos capaces de hacerlo

Ello ha tenido, como todo, su precio. Mientras animales, plantas e incluso minerales siguen las leyes de la naturaleza, el hombre, desde que logró convertir las sensaciones en ideas, entrelazar éstas para analizar lo ocurrido y predecir el futuro, a fin de fomentarlo o evitarlo, desde esa masa grisácea, con millones de neuronas que lo convierten en el más sofisticado de los ordenadores, no ha necesitado a la naturaleza más que como fuente de materias primas o de recreo, sin tener en cuenta que la naturaleza en su conjunto se rige por leyes inmutables, aunque la permiten acomodarse a las variadísimas situaciones que se dan en ella. Algunas de esas leyes las conocemos, la de la gravedad en primer lugar. Otras se nos escapan, como las que rigen los movimientos de los distintos elementos en el interior del átomo, aunque conocemos sus efectos e incluso los hemos utilizado tanto para curar enfermedades como para matar a millones de enemigos.

Lo que no hemos descubierto es la «ley de leyes», la que regula todas ellas. Einstein pasó sus último años persiguiéndola, convencido de que existe pues «Dios no juega a los dados», pero no lo consiguió. Puede que la razón sea que, del mismo modo que no podemos saltar sobre nuestra sombra, nuestro cerebro, producto a fin de cuentas de la naturaleza, no puede abarcarla, como tampoco puede mantener dos razonamientos al mismo tiempo, por más que nos esforcemos. Uno tras otro, sí, pero simultáneamente, imposible. Es su límite. Como el de cualquier ordenador

Lo que conocemos, sin embargo, son los efectos de violar las leyes de la naturaleza sin haber tomado las medidas oportunas. Tirándonos desde un avión sin paracaídas nos estrellamos. Vertiendo productos tóxicos a la tierra la envenenamos por cientos de años, como ocurrió en los países del Este de Europa exsatélites de la URSS. También conocemos los efectos de una atmósfera contaminada y los muertos que causa en cada país al año. Lo que quiere decir que el «progreso», la industrialización y alza del nivel de vida tiene un precio que hasta hace poco era asumible, pero que empieza a no serlo, como advierten el deshielo de los casquetes polares, la subida de la temperatura de los mares y los cambios climáticos, con veranos cada vez más tórridos y «gotas frías» cada vez más frecuentes en zonas templadas. Si se le añade una urbanización desmedida en las costas y arriesgada en las márgenes de ríos, riachuelos e incluso «cauces secos», tendremos resultados catastróficos en el Primer Mundo, como acabamos de ver en el Sureste español. Lo que quiere decir que, por primera vez desde que existe la Tierra, único hábitat de vida en nuestros sistema solar, tal condición se ve amenazada no por extraterrestres, ni por meteoritos gigantescos que colisionen con ella, como el que acabó con los dinosaurios, sino por su inquilino más destaca-do: el hombre, en quien se da lo mejor y lo peor de la naturaleza, de la que forma parte, aunque se ensaña con ella. Pero la venganza de la madre es tremenda.

No me considero ecologista ni, menos, antiprogreso, en el que creo por haberlo visto y vivido a lo cargo de casi 90 años. Pero poco progreso hay en destruir tu casa. A punto está de comenzar el Nueva York la cumbre sobre el clima, con el objetivo de hacer cumplir el Acuerdo de París de 2015 sobre el cambio climático. Nada hemos avanzado desde entonces, al revés, hemos retrocedido, con un presidente norteamericano que intenta sacar a su país del pacto, y bastantes discípulos o que incumplen lo pactado. ¿A qué se debe? Sólo me lo explico por atravesar uno de esos periodos en que la Historia no avanza, sino retrocede, como el paso de la Edad Antigua a la Media. La causa entonces fue la caída del Imperio Romano de Occidente.

Hoy, Occidente, Europa en especial, está en crisis, pese atraer a miles de hombres, mujeres, niños incluso, de África, Asia, América, en busca de una vida mejor. Y al buscar la causa, nos encontramos con que hay algo peor que el nacionalismo, y es el regionalismo, algo peor que el regionalismo, y es el aldeanismo, algo peor que el aldeanismo y es el individualismo, la enfermedad de nuestro tiempo, que hace imposible la vida en común y no digamos el proyecto común, base de la libertad y del auténtico progreso. Si pensamos que no hace tanto muchos se proclamaban «ciudadanos del mundo» y hoy no lo hace nadie, nos damos cuenta de que lo que creíamos era una liberación es, de hecho, una esclavitud.

José María Carrascal es periodista.

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