La madurez de la política exterior alemana

La reunificación alemana, de la que pronto se cumplirán 25 años, volvió a poner en el centro de Europa una gran potencia cuya ubicación, su capacidad económica y también su historia despertaron temores a un renacer de ambiciones hegemónicas. Los principales líderes europeos de la época (entre ellos Giulio Andreotti, Margaret Thatcher y François Mitterrand) temían que Alemania quisiera revisar el resultado de las dos guerras mundiales.

En los círculos políticos alemanes de 1990, la sola idea hubiera parecido monstruosa y absurda. Pero el fin de la partición alemana también supuso el fin del orden mundial bipolar de la Guerra Fría; y ahora que el mundo se enfrenta a una peligrosa acumulación de crisis regionales (Ucrania, Oriente Próximo y Extremo Oriente), es demasiado evidente la falta de un orden nuevo.

Hasta ahora, los temores a un regreso de los fantasmas de la historia han sido infundados, al menos por cuanto atañe a Alemania. A pesar de que la crisis financiera global y sus efectos en Europa convirtieron a Alemania en el país económicamente hegemónico de facto, no es un papel que el Gobierno haya buscado. La Alemania reunificada sigue siendo una democracia pacífica, reconoce las fronteras con todos sus vecinos y se mantiene firme en sus vínculos con la OTAN y la UE.

Pero aunque Alemania hoy no plantea ninguna amenaza a sus vecinos o al orden europeo, no siempre fue así. Durante los primeros 70 años tras su unificación en 1871, Alemania trató de imponer (más o menos en soledad y contra Francia) su dominio político y militar en Europa. El fracaso en la I Guerra Mundial llevó a la radicalización con Adolf Hitler, que terminó en la derrota total y la partición de Alemania.

Alemania Occidental, fundada en 1949, distaba de ser una potencia soberana en política exterior. El inicio de la Guerra Fría supuso la firme integración de la joven democracia del oeste al bloque occidental, bajo la tutela de las tres potencias aliadas: Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. La integración con Occidente se impuso a la unidad alemana. La idea de neutralidad a cambio de reunificación no contaba con apoyo mayoritario en la República Federal, ni mucho menos el de las potencias aliadas. Pero el éxito de la integración con Occidente presuponía la reconciliación con Francia, vieja enemiga y vecina.

Alemania también debía superar la catástrofe moral del nazismo. La principal preocupación alemana en materia de política exterior era recuperar el respeto de la comunidad internacional y, en última instancia, dejar abierta la posibilidad de una posterior reunificación. Estos objetivos fueron la base del apoyo de la República Federal a la integración europea, su actitud hacia el bloque oriental (la Ostpolitik) y la reconciliación con los antiguos enemigos y con las víctimas del nazismo, en particular, los judíos.

Con la llegada de la reunificación, el 3 de octubre de 1990, Alemania recuperó la plena soberanía, y lleva desde entonces tratando de aprender a usarla. La principal potencia de Europa ya no podía reclamar un papel especial dentro de la OTAN y al mismo tiempo abstenerse de participar en cualquier operación militar fuera de su territorio. Eso podía crear un vacío estratégico en el corazón de Europa y suscitar dudas respecto de que el país estuviera buscando otra vez un camino propio, esta vez entre el este y el oeste. De modo que Alemania tuvo que hallar una salida compatible tanto con el pacifismo de una gran mayoría de los alemanes cuanto con las necesidades militares de la OTAN.

La fragilidad de los cimientos de la política exterior alemana quedó al descubierto tras la crisis financiera de 2008. Aunque los principales partidos democráticos acordaron después de 1990 que la continuidad y la previsibilidad de esa política eran esenciales, Alemania se opuso a una respuesta europea a la crisis e insistió en que se adoptaran soluciones nacionales, coordinadas por la Unión Europea.

Ser la economía más fuerte de Europa obligó a Alemania a liderar, pero lo único que supo hacer fue imponer al resto de Europa las lecciones de su propia experiencia, en particular, su preocupación por la estabilidad de precios, que se remite a la hiperinflación de entreguerras. El Gobierno alemán sigue confundiendo las recetas exitosas de la República Federal con las necesidades, muy diferentes, de la potencia líder de una economía continental. Por eso la Unión Europea ha estado en una crisis permanente con estancamiento económico y alto desempleo.

Pero eso está empezando a cambiar, y la causa es el regreso de Rusia al militarismo en el este de Europa. De pronto, la seguridad del propio territorio alemán está en juego otra vez. Las políticas del presidente ruso, Vladímir Putin, son una amenaza directa a los principios fundamentales de la Unión Europea, que han definido la política exterior de Alemania por décadas.

No es coincidencia que uno de los objetivos de Putin sea desacoplar a Alemania de Occidente (o al menos neutralizarla). Pero la canciller, Angela Merkel, ha tenido una transformación notable. Aunque sigue dispuesta a conversar con el Kremlin, ha dado muestras de un compromiso inquebrantable con la unidad de Occidente. Eso quedó de manifiesto en un discurso que dio hace poco en Sydney, en el que, abandonando la “política de pequeños pasos” por la que se había guiado desde la crisis del euro en 2008, Merkel denunció claramente que Putin plantea una amenaza para Europa, precisamente, porque la amenaza no se limita a Ucrania. Fue un discurso que deja abierta la esperanza de que, confrontada a las crisis actuales en la Unión Europea y el este de Europa, Alemania finalmente esté hallando su lugar en política exterior.

Joschka Fischer, exministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue durante casi 20 años uno de los líderes del Partido Verde Alemán. Traducción de Esteban Flamini.

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