La magia literaria de Harry Potter

Este verano los lectores celebraron, en festivales literarios y librerías alrededor del mundo, el 20º aniversario del debut del primer libro de la saga Harry Potter de J.K. Rowling (Harry Potter y la piedra filosofal, titulado Harry Potter y la piedra del hechicero en Estados Unidos). Había buenas razones para celebrar: desde la primera aparición del joven mago, el 26 de junio de 1997, el “niño que vivió” se ha convertido en el “ícono que perdura”.

En estas dos décadas la saga ha llegado hasta las siete novelas, con un total de 450 millones de copias impresas, incluyendo traducciones a más de seis docenas de idiomas. Las ocho películas basadas en los libros han recaudado 7.000 millones de dólares, y los juguetes y artículos de Harry Potter han generado otros 7.000 millones. Para quienes tienen una cierta edad y mentalidad literaria, es difícil recordar un día en el que las audiencias globales no estuvieran cautivadas por la creación de Rowling.

Por esta razón me resulta sorprendente recordar la amarga acogida que tuvo Harry Potter y la piedra del hechicero por parte de mis estudiantes en el otoño de 1999, momento en que se incluyó este libro en el plan de estudios de mi curso de literatura popular “American Best Sellers”, que dicto en la Universidad de Princeton desde 1993. El curso invita a los estudiantes a reflexionar sobre cómo y por qué ciertas obras con éxito de ventas han cautivado a sus audiencias a través de un examen de la escritura popular desde el siglo XVII hasta la actualidad. Como forma de ejercitar el gusto popular, al final de cada trimestre permito a los estudiantes seleccionar el libro final. En 1999 eligieron la primera novela de Harry Potter.

Ese año la Pottermanía había golpeado con fuerza las costas de Estados Unidos. La editorial estadounidense de la serie lanzó en junio la edición de tapa dura del segundo libro, Harry Potter y la cámara secreta. El 8 de septiembre publicó el tercer libro, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, y la edición de bolsillo de La piedra del hechicero.

Al fin de ese mes las novelas de Rowling ocupaban los tres primeros puestos en la lista del New York Times de libros de ficción más vendidos, en tanto que la edición de bolsillo de La piedra del hechicero encabezaba la lista de bolsillo. La revista Time llegó a poner al mago de anteojos en su portada. Te encontrabas a Harry por todas partes, y mis estudiantes estaban ávidos de ver de qué se trataba todo el alboroto.

Cuánta decepción tuvieron. Para ellos resultó ser una palabrería de segunda categoría que no merecía su atención, a diferencia de sus queridas sagas de infancia, como Las crónicas de Narnia o El señor de los anillos. A pesar de encontrarse a solo unos pocos años de esa infancia, pusieron sobre Harry Potter el mismo fervor que muchos de los críticos adultos, notoriamente negativos: “poco original”. “Mal escrito”. “Estereotipado”. “Empalagoso”. Harry no los asombraba ni poseía para ellos ni calidez ni ingenio.

La aversión de mis estudiantes me sorprendió, pero visto en retrospectiva no debería haber sido así. Si bien los adultos comprendieron desde un principio a una parte significativa del público de Harry Potter, estos estudiantes se encontraban precisamente en el grupo demográfico equivocado para apreciar el desarrollo del fenómeno. Demasiado mayores para los nuevos libros infantiles y demasiado jóvenes para tener hijos (como era mi caso en esa época), se apresuraron en insistir que, a pesar de su popularidad, la saga desaparecería pronto de la memoria. El otoño posterior (en el año 2000), los siguientes estudiantes también eligieron La piedra del hechicero para el trabajo final y, al igual que sus compañeros, lo rechazaron con convicción.

Hago un salto a la primavera de 2007. Volví a impartir “American Best Sellers” tras haber dejado el curso de lado por unos años. Cuando llegó el momento de que los estudiantes eligieran el libro final, optaron por Harry Potter y la piedra del hechicero. Me preparé para sus críticas.

Sin embargo, esta vez las críticas fueron elogiosas. Los miembros del nuevo grupo (nacidos entre 1986 y 1989) habían leído por primera vez a Rowling siendo preadolescentes y adolescentes jóvenes, no estudiantes universitarios: prácticamente se habían convertido en adultos jóvenes junto a Harry, Ron y Hermione. Lo mismo ocurrió en el otoño de 2010. Para ambos grupos, “crecimos con Harry Potter” era una consigna, no una etiqueta. ¿Desaparecería Harry de la memoria? No en tu vida.

He impartido el curso “American Best Sellers” en dos ocasiones desde 2010; en ambas los estudiantes no eligieron una novela de Harry Potter para el final del semestre. ¿Significa una fatiga de Potter? No lo creo probable, a juzgar por la recepción que la saga sigue teniendo en el otro curso en el que enseño el trabajo de Rowling, “Literatura infantil”. En él incluyo una novela de Harry Potter en el programa. Sin embargo, en lugar de La piedra del hechicero, asigno Harry Potter y el prisionero de Azkaban, mi libro favorito de los siete: marca el cambio de la saga desde la literatura infantil hacia la ficción para adultos jóvenes, a través de su complejo tratamiento de la fidelidad, la traición, la ira y la misericordia. También es el favorito de muchos de mis estudiantes.
Pero ¿cuánto durará la popularidad de Harry Potter? Cada vez que imparto “Literatura infantil” comienzo con una encuesta: “Qué libros del programa recuerdas haber leído de niño?” El 86% había leído Harry Potter y el prisionero de Azkaban en 2010, cifra que aumentó al 94% en 2012. Aunque en los años posteriores el porcentaje ha caído: 87% en 2014 y 81% en 2016.

Sé que todo esto no es científico. Pero tengo curiosidad: ¿caerá por debajo del 80% cuando vuelva a ofrecer “Literatura infantil” en la próxima primavera? ¿Estarían en lo cierto mis estudiantes de 1999 y 2000, y Harry Potter perderá relevancia y nunca se convertirá en un clásico perdurable? ¿O se aproxima un punto de equilibrio en el que el porcentaje se mantendrá estable?

Quizás el 40º aniversario de Harry tendrá las respuestas. Hasta entonces, estaré encantado de seguir invitándolo a mis clases.

William A Gleason is Professor of English at Princeton University.

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