La magnitud de Enzensberger

Hace veinte años Hans Magnus Enzensberger (1929-2022) recibía el Premio Príncipe de Asturias de manos del actual Rey Felipe VI. Ensayista, poeta, viajero, traductor de García Lorca, reportero, pedagogo, crítico literario, editor de la revista 'Transatlantic' fue un activista de la lucidez, el último mohicano del librepensamiento. Integrante del Gruppo 47 con Heinrich Böll, Günter Grass o Martin Walser, el polígrafo bávaro se desmarcó del comunismo, ese infierno camuflado bajo la utopía.

Fallecido el pasado 24 de noviembre en Múnich, Enzensberger nos enseñó a equivocarnos por cuenta propia: mirada crítica e insobornable, cual vacuna contra la corrección política.

Su trayecto bibliográfico, más de una veintena de títulos, depara mucho y muy bueno. Sátiras como 'Escritura para ciegos'; la crónica polifónica 'El corto verano de la anarquía' del revolucionario Buenaventura Durruti; 'El hundimiento del Titánic', sobre el final del ilusionismo marxista a partir del caso Padilla.

La magnitud de EnzensbergerCon treinta y tres cantos deudores de la 'Commedia' dantesca, Enzensberger traslada el naufragio del trasatlántico en 1912 a la Cuba castrista de 1971 que revela, tras el caso Padilla, su naturaleza totalitaria. La intelectualidad que apoyó la Revolución certificaba desde la Barcelona del 'boom' el hundimiento caribeño: Mario Vargas Llosa, José María Castellet, Carlos Barral, Juan y Luis Goytisolo, Jean Paul Sartre, Susan Sontag, Alberto Moravia y Enzensberger. «Y tenía razón yo entonces, / porque en aquella época nada zozobraba / excepto mi poema / acerca del hundimiento del Titanic. / Era un poema escrito a lápiz / en una libreta forrada / de negro, no tenía copia, / porque en toda la isla de Cuba / no había en aquella época una sola hoja de papel carbón».

Todos los naufragios se parecen, constata el poeta. Los pasajeros quedan a merced del oleaje. Y hay algo «que no requiere explicación: / que a la primera clase le toca el primer turno / y que nunca hay botellas de leche suficientes, / ni zapatos ni botes salvavidas para todos».

En 'Tumulto', otra crónica de la desilusión comunista, Enzensberger alerta contra la neolengua de un hegemónico progresismo que criminaliza al disidente del pensamiento único: «Muchos no se atreven a contradecir los dogmas que les han inculcado. 'Tolerancia represiva', 'terror del consumo', 'manipulación' son conceptos heurísticos útiles en determinadas situaciones pero que deben tirarse después de uso... La gente de izquierdas, en su condición actual, es tan sierva de sus dogmas que prefiere negar la evidencia más simple antes que echar sus ideas fijas a la papelera. A veces la liberación viene encorsetada».

Enzensberger sabía de lo que hablaba: en los años setenta del terrorismo de extrema izquierda, hijo perverso de mayo del 68, conoció a la banda Baader Meinhoff. Andreas Baader: «Un chorizo fugitivo que había trabajado de modelo para una revista gay y que, aparte de ser amante de sí mismo, sentía pasión por los coches rápidos. Las mujeres se le sometieron incondicionalmente. Las trataba como un chulo». Ulrike Meinhoff: «Hablaba de 'tumbar el sistema por la fuerza'. Hasta su suicidio no volví a saber de la lamentable Ulrike Meinhoff». Gudrun Ensslin: «Hija de un pastor protestante y convertida en fetichista de las armas y la indumentaria». Diagnóstico: «Pagaron su carrera con el aislamiento y la pérdida de la realidad. No hizo falta ningún tribunal para condenarlos a esa suerte».

Enzensberger no se confinó en la torre de marfil de la alta cultura. Su vocación periodística propulsó una claridad expositiva que lo situó en las listas de 'bestsellers'. Títulos como 'El diablo de los números', modelo para una pedagogía bien entendida de las matemáticas. 'Los elixires de la ciencia' o la necesaria conjunción entre el lenguaje poético para explicar los agujeros negros. La burocratizada Unión Europea de 'El gentil monstruo de Bruselas', un «ogro filantrópico» supranacional que todo lo controla: del límite de vibraciones del martillo mecánico a la medida mínima de los condones, pasando por la maduración del queso en salmuera. Enfermizo detallismo digno de un Rabelais pasado por la fosa (séptica) del castillo kafkiano. Los atentados islamistas de Atocha inspiran 'El perdedor radical'. En el apartado del memorialismo, 'Hammerstein o el tesón', novela documental sobre el ambiente viciado que entregó el ascenso a Hitler. O la sincera recreación de una infancia en la Alemania nazi de 'Un puñado de anécdotas'.

Aunque mi primer contacto con Enzensberger no fue satisfactorio, un opúsculo universitario sobre la plúmbea teoría de la comunicación que no animaba precisamente a perseverar en su lectura, el resto de la obra del escritor germano figura entre los libros de cabecera. Es el caso de 'Zig Zag' que Jorge Herralde, amigo de Hans Magnus desde la fundación de Anagrama, publicó en 1997. Este conjunto de artículos y ensayos podría resumirse en una frase: ya no se trata de mejorar el mundo sino de preservarlo. El pensador alemán planta cara a los embates de la clonación y las granjas de pollos sin plumas. Arremete contra los fundamentalistas de la modernidad tecnológica y cuestiona el optimismo «casi histérico que no conoce límites, ni siquiera los de la autoconservación».

Sustentado en una sólida formación matemática, Enzensberger denuncia las imposturas en una sociedad fascinada por todo lo que suena a moda: «No existe ninguna cosa, por muy trasnochada y desacreditada que pudiera parecernos, de la que pudiéramos estar seguros que no reaparezca algún día en el baile de máscaras de lo novísimo».

Entre las aportaciones más provocadoras del autor de 'Zig Zag' los «héroes de nuevo cuño que no representan la victoria y la conquista sino la renuncia y el desmantelamiento». Ejemplos del siglo pasado: Janos Kadar, Adolfo Suárez, Jaruzelski, Egon Krenz y Mijail Gorbachov. Políticos con el suficiente coraje para desactivar aparatos a punto de estallar. El mismo coraje que requerirá fabricar otras cosas y acabar de esta manera con «la guerra que desde la Revolución Industrial desencadenamos contra nuestra propia Biosfera».

Los bienes que anhelaremos en un futuro que ya es presente ya no serán coches, joyas o perfumes. El lujo, vaticinó Enzensberger hace tres décadas, se despedirá de lo superfluo y tenderá a lo necesario, aquello que nos proporciona calidad de vida: tiempo, para poder decidir qué queremos hacer realmente; educación de la atención, para llevar, de verdad, las riendas de nuestros intereses de ver, escuchar, sentir y saber; espacio, con metros cuadrados liberados de cachivaches inútiles: «Hoy una habitación nos parece lujosa cuando está vacía»; tranquilidad, alejados del tráfico, la decibélica música del vecino; entrono, con aire respirable, agua potable y, sobre todo, seguridad. El lujo no es multiplicar sino evitar: «La abundancia entra en un nuevo estado al negarse a sí misma».

Hans, el Magno. La magnitud de Enzensberger. El último gran pensador de Europa.

Sergi Doria es escritor y periodista.

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