La mala educación física

Por Gerardo Prieto (EL PERIÓDICO, 24/12/07):

Un compañero de fatigas, con quien compartí hace años unas zapatillas de clavos para correr en la pista porque no había más, me cuenta que su hija de 16 años suele cuidar al bebé del profesor de educación física mientras este da la clase. El profe hace malabarismos para ejercer de padre y educador a la vez, en un país a la cola de Europa en ayuda familiar. Mi amigo reconoce que no haría la vista gorda si su hija se perdiera la clase de matemáticas o de lengua. Este país ha cambiado mucho, le digo, pero la gimnasia sigue siendo una maría: aquí solo cuentan las mates y la lengua, y el fútbol, claro.

Hasta el manoseado Informe PISA se olvida de esta asignatura. La OCDE evalúa la capacidad de los alumnos de 15 años en 62 países, cada tres años y en tres áreas del conocimiento: competencia de lectura, matemáticas y ciencias naturales. La educación física es ignorada una vez más, pero es obvio que cualquier escolar mejoraría sus notas gracias a una buena oxigenación del cerebro fruto del ejercicio. Muchos padres recurren a la educación privada para que el retoño se mueva, pero su inversión suele chocar con un duro y poderoso rival: la oferta de ocio plasmada en una infinita gama de dispositivos electrónicos que han convertido a la nueva hornada juvenil en la generación de las pantallas.

MIENTRASEspaña recibe calabazas del Informe PISA, Finlandia saca la mejor nota. El país que descubrió a Paavo Nurmi e inventó el fartlek –el entrenamiento de resistencia que practican desde Jorge Lorenzo a Chema Martínez– tiene los escolares más rápidos y fiables del mundo en matemáticas y en capacidad de entender su propia lengua y las de los demás. Supongo que es así por muchas razones y porque poseen una cultura deportiva rica y legendaria. Sus abuelos (un millón y medio de finlandeses y un millón de suecos) celebraron una marcha por relevos tras la invasión de los soviéticos en 1941 y registraron todos los resultados (se pueden ver en el museo olímpico de Helsinki), elevándolos a la categoría de patrimonio nacional. A España le bastó un cabezazo para derrotar a la URSS en 1964, una genialidad de un futbolista llamado Marcelino, cuyo gol se ha hecho tan eterno como un capítulo de Cuéntame cómo pasó.
Mientras el fútbol sigue gozando del interés general, los federativos de los deportes olímpicos se quejan de falta de difusión y dan la voz de alarma sobre el futuro: no hay recambio, los nuevos talentos escasean o desaparecen al cumplir la mayoría de edad, sobre todo en los deportes de esfuerzo, en los que con suerte se recoloca a inmigrantes o deportistas procedentes de países que ni siquiera aparecen en el Informe PISA. Además, los referentes de estas especialidades se están viniendo abajo por culpa del dopaje.

LOS MÁS jóvenes sustituyen la práctica de los deportes clásicos de alta competición, falseados o inalcanzables, por el ejercicio de alta emoción. Triunfan los deportes de aventura o de contacto con la naturaleza, originales y atrevidos, más radicales pero más amigables, más creadores de tendencias. El lema olímpico citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte) empieza a estar cuestionado por una actividad menos competitiva pero más lúdica, más eco, más solidaria.
Le comento a mi amigo que debe de ser más placentero pasear al niño del profe que dar 25 vueltas al patio antes de entrar en clase de mates, sin tiempo para ducharse. Asiente mientras lamenta la pérdida de la cultura del esfuerzo entre los jóvenes y el mileurismo del profesor de educación física. Finalmente, me confiesa que su hija guarda en el armario tres pares de bambas, algunas sin estrenar porque solo usa las que tienen conexión con su iPod.