La mala herencia que prepara Rajoy

Después de que hable tanto de la mala herencia recibida, pese al corto plazo de tiempo transcurrido desde que gobierna el Partido Popular hay que empezar a hacer cuentas sobre la herencia que día a día nos está empezando a preparar Mariano Rajoy. Para cuando llegue el final de su legislatura o para antes, según como vayan las cosas, porque nunca se había visto un descrédito más grande de un Gobierno en menos de medio año. Nadie puede negar la mala herencia socialista. Era real y estaba configurada por tres factores: el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, la debilidad enmascarada de nuestro sistema financiero, y el estallido económico internacional. José Luis Rodríguez Zapatero encaró mal los tres, negó la crisis y retrasó las decisiones correctoras. Pero las cosas están hoy en casi todos los parámetros mucho peor que en aquella etapa. Ahora sabemos que cuando Rajoy discrepaba y prometía remedios no tenía ningún plan corrector válido. Sus decisiones no están dando el menor resultado práctico. Van en la misma dirección que las de su antecesor pero con el agravante de una desmesurada carga añadida de castigo a las políticas sociales y una explícita contradicción con toda la doctrina económica prometida antes de llegar a la Moncloa.

Los datos tozudos. Pese a los drásticos recortes, Bruselas y todos los expertos solventes prevén que la estrategia de Rajoy lleva a España a seguir en recesión por lo menos durante cinco trimestres más. También dan por descontado que nuestro déficit público -lo estamos sacrificando todo para reducirlo- seguirá disparado en el año 2013 lejos del objetivo pactado del 3%, con lo que incumpliremos nuestro compromiso con la UE. Eso quiere decir que continuará la destrucción de empleo. Que no se reactivará el crédito. Que no remontará el consumo. Que tendrán que seguir los recortes presupuestarios. Que cerrarán más empresas. Todo eso a medio plazo, después de que en este mismo 2012 la segunda mitad de año será peor que la primera. Ese es el balance.

Por otra parte, en las formas volvemos a los tiempos de la España diferente. Cuando la victoria de François Hollande en Francia acelera el debate internacional sobre la necesidad de compatibilizar la austeridad con medidas de reactivación, Rajoy es posiblemente quien exhibe menos interés en concretarlo. En el contexto de sus mil tijeretazos, nuestros ministros no han tomado ni una sola decisión en dirección a estimular nítidamente el crecimiento de la economía. Solo han hablado de ello en comentarios informales, sin proyectos ni plazos. Si Rajoy ha querido subrayar algo es su fe en la austeridad radical que predica Angela Merkel.

Hasta el momento, su única táctica también es triple: recortar gasto social, no abrir un debate parlamentario sobre reformas estructurales que eviten los solapamientos de nuestras administraciones e instauren un control público eficaz sobre las finanzas, y dedicar todo el dinero disponible a ayudar a los bancos. El conjunto del dinero público puesto para tapar agujeros de la banca sin la contrapartida de exigir responsabilidades por lo que ha hecho equivale al 11,5% del PIB, cuando por ejemplo el agujero de la sanidad pública, a la que se atribuyen tantos males, supone únicamente el 1’6%. Solo respecto a Bankia, hay estimaciones solventes de que el total del apoyo público, sumando el europeo y español, el directo y el indirecto, dinero inyectado y créditos blandos del BCE, al grupo de cajas que utilizaban como banca propia los próceres más irresponsables del PP ascenderá a más de 80.000 millones. Eso es más que todo el déficit de la Administración central y las autonomías en el 2011.

La alusión a la España diferente tiene sentido porque aquí la versión oficial que intenta dar el Gobierno es que el dinero público que se aporta a los bancos no son ayudas públicas. Como si fuésemos tontos. Como si no llamar a las cosas por su nombre alterase la realidad de lo que sucede. Este diario publicó hace pocos días un retrato de esa mentalidad amiga de distorsionar el lenguaje que sería un chiste si no supusiese una grave falta de respeto democrático a los gobernados. Fue interesante traducir a un idioma comprensible lo que nuestros políticos esconden tras su castellano abstruso: «Vamos a incentivar la tributación de rentas no declaradas», en vez de «vamos a hacer una amnistía fiscal»; «vamos a modificar la imposición al consumo», en vez de «vamos a subir el IVA»; «vamos a hacer reformas», en vez de «vamos a hacer recortes»; o «hay que reordenar nuestro Estado autonómico», en vez de «hay que quitar competencias a las comunidades». En cualquier caso, los malos datos que se acumulan, las demoras a la hora de encarar la reactivación, y el efecto destructor que tiene la actual austeridad entendida como rigidez absoluta durante un plazo de tiempo insostenible, apuntan a que la herencia que dejará Rajoy será cualitativa y cuantitativamente peor que la que recibió. Y con algo más añadido: en el resto de Europa hay indicios de ir hacia una ligera salida del desastre, mientras nosotros tendemos a quedar descolgados de ella.

Antonio Franco, periodista.

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