La mala imagen de Santos y sus salidas

Presidentes de capa caída

En la última encuesta de opinión, el apoyo al gobierno del presidente Santos fue de apenas 29 por ciento, y muchos analistas expresaron el temor de que esta caída acabe por afectar la viabilidad del acuerdo con las FARC.
Esa eventualidad no pude descartarse, pero aún es temprano para el pánico. Por una parte a los gobiernos de los países vecinos les va igual o peor en materia de encuestas, y por otra parte la paz podría ser la mejor respuesta a las plegarias de Santos.

Popularidad de 8 presidentes norteamricanos: 2014-2015El Cuadro 1 se presenta un análisis del apoyo popular a los presidentes Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador), Michelle Bachelet (Chile), Dilma Rousseff (Brasil), Cristina Fernández Kirchner (Argentina), Ollanta Humala (Perú), Nicolás Maduro (Venezuela) y Juan Manuel Santos (Colombia), en tres momentos:

  1. A finales del primer trimestre de 2014,
  2. A finales de ese mismo año, y
  3. Entre marzo y abril de 2015.

Estas comparaciones dan cuenta de una tendencia general.

Lo primero que merece destacarse es el hecho de que varios presidentes han sufrido una caída acentuada con relación a las elecciones inmediatamente anteriores.

Seis de ellos cayeron a menos del 30 por ciento de aprobación entre enero y abril de 2015. Las excepciones son Bolivia y Ecuador. Pero las razones de esa caída son distintas, al menos entre dos grupos de países:

  • En el primer grupo ubicaría a los presidentes Humala, Kirchner y Maduro, que han mostrado un deterioro lento pero continuo. Ciertamente gobernar desgasta, pero más allá de la erosión natural en estos países se observa un desencanto sostenido.
  • En el segundo grupo encontramos descensos pronunciados y súbitos. En pocas semanas, Santos pasó del 44 al 29 por ciento de aprobación, Bachelet del 40 al 31 por ciento, y Rousseff del 42 al 23 por ciento.

En el primer grupo (Perú, Argentina y Venezuela) no se han dado hechos nuevos que repentinamente afecten la confianza en el presidente, pero sí hay un continuo deterioro de su imagen.

  • El caso de Perú es interesante porque  no coincide con un rebrote inflacionario o con una recesión abierta. Por el contrario y según el Fondo Monetario Internacional (FMI), Perú  será la economía latinoamericana de mayor crecimiento durante este año- Por lo tanto, al presidente Humala parecen más bien estarle pasando factura por los problemas del sistema político y por una sensación creciente de desgobierno que ronda en su país.
  • El caso de Venezuela es singular. Parecería que la ilusión de un sólido apoyo popular se está desvaneciendo a medida que se van alargando las colas frente a los supermercados y se agrava el sentimiento de inseguridad. La popularidad de Maduro ha caído a un nivel  sin precedentes, incluso entre sus propias filas.

Por el contrario, tanto Bachelet como Rousseff enfrentan problemas de confianza por hechos vinculados a la corrupción.

  • La presidenta de Chile, elegida por una gran mayoría y con una ambiciosa agenda de cambios, se enfrenta ahora a grandes problemas derivados de un presunto tráfico de influencias. Este escándalo ha conducido a un histórico cambio de gabinete en el país austral.
  • La presidenta de Brasil paga las consecuencias de actos de corrupción incluso más grandes, que afectan a Petrobras y a líderes del partido oficialista, lo cual ha erosionado el capital político que le había legado Lula.

¿Por qué?

La economía puede ser una de las razones que explica estas caídas, aunque no sea la única.

El Banco Mundial reportó un crecimiento de 0,8 por ciento para América Latina en 2014, lo cual  según su informe podría poner en peligro las políticas sociales centradas en los más pobres, en una región que sigue siendo la más desigual del mundo. Esta tendencia alimenta además el clima de inseguridad entre las nuevas clases medias que aún son vulnerables.

Las instituciones democráticas en los países de la región operan, en su mayoría, con algo más de regularidad. En este escenario, la escasa popularidad de los presidentes no debería preocupar más allá de la angustia que los franceses pueden sentir por Francois Hollande.

Dos riesgos

Sin embargo, teniendo en cuenta las debilidades de la región, hay algunos riesgos adicionales para los presidentes.

  • El primero es la tentación de abandonar el programa de gobierno y adoptar la agenda opuesta o buscar respaldo en sectores que podrían pasar una factura alta por sostener la gobernabilidad del régimen. Esto puede llevar a mayor populismo o a deslizarse hacia la derecha del espectro político.
  • El segundo es el opuesto al anterior. En este caso el presidente y su gobierno consideran que su bajo índice de aprobación es parte de un complot de la oposición o de enemigos externos e internos. En consecuencia, agudizan la confrontación hasta el punto de hacer inviables los acuerdos políticos básicos. El gobierno se encierra en sí mismo y espera que su  terquedad le permita retomar lealtades con el tiempo.

El caso de Colombia

En el caso del presidente Santos, el reciente ataque de las FARC en el Cauca agravó la pérdida de apoyo que experimentaba el mandatario. Sin embargo, mirando la información con detenimiento, podemos encontrar que este desplome es similar al ocurrido durante el Paro Agrario de 2013 (del 38 al 23 por ciento en solo dos meses).

Los dos riesgos en el caso colombiano son claros, pero no deberían ser sobredimensionados:

  • Santos podría optar por acercar su política a su principal contendor, el ex presidente  Uribe, o al menos expresar su deseo de negociar una tregua que permita que éste deje de hacerle la guerra abierta. Pero esa opción tendría grandes costos políticos.
  • La opción populista en Colombia es más limitada que en otros países. Hace muchos años el país tiene sus herramientas macroeconómicas bajo llave y ni el propio presidente puede usarlas. En este escenario el gobierno podría optar por profundizar su opción clientelista, que es útil y práctica en los planos regional y local.

Pero la disminución del apoyo a Santos no debería tampoco prender todas las alarmas, pues este podría recuperarse a partir de sus propias fortalezas. La esperanza de que Santos recupere su estable 40 por ciento de aprobación radica principalmente en el proceso de paz de La Habana.

Es innegable que Santos ha invertido su capital político en este proceso. Nada ha ocupado un lugar tan prominente en su gobierno como construir el escenario de negociación en La Habana.

Muchos hemos afirmado que el proceso de paz está en un punto de no retorno es decir, un punto en el cual terminarlo sería más costoso para las dos partes que continuarlo, incluso con todos sus defectos y retrasos. Es claro que no estamos ante un proceso como el del Caguán (1998-2002), cuando la violencia se disparó y en el que pocos creían.

Los tres acuerdos parciales alcanzados y los pactos concretos que conducen al desescalamiento del conflicto demuestran que el acuerdo final está cerca. Pero el desenlace podría ser menos espectacular de lo que se piensa.

Es muy probable que muchos en Colombia se sientan frustrados por algún aspecto del acuerdo: porque concede demasiada participación política a las FARC, porque lo que cambia es muy poco, porque se concede demasiada impunidad a criminales o porque se les sanciona demasiado. Por eso, es difícil imaginar un momento apoteósico donde millones de colombianos salgan a las calles para festejarlo.

Sin embargo, el valor del acuerdo y su significado pueden ser más profundos que una marcha por la paz y pueden imprimirle ímpetu a la etapa final del segundo gobierno de Santos.

El acuerdo no lo convertirá en el líder más popular de la historia de Colombia, pues es más fácil ser popular con mano dura y un discurso de confrontación. Es más difícil recibir la aprobación cuando se intenta resolver un conflicto que, para muchos, dejó de ser el principal problema del país desde hace mucho tiempo.

Pero Santos está en una posición única para salirse con la suya. Descartada la segunda reelección y desprendido como está de lealtades partidarias, el presidente puede apostarle a la posteridad, al legado personal de alguien que tomó la decisión que nadie más podía tomar.

El problema radica en que la apuesta personal de Santos no es suficiente. Si el resto del gobierno es indiferente, si las FARC siguen calculando costos y beneficios en función de una agenda inflexible, o si los grupos económicos empiezan a resistirse, la ecuación se complica. Pero si estos actores entienden que la paz generará más réditos que la guerra, entonces podrán otorgarle a Santos el capital político faltante para la firma del acuerdo.

Ser popular es difícil en estos días en Sudamérica. Sin embargo, el mal de muchos, en este caso, puede ser el consuelo de algunos: varios de los colegas del presidente Santos en la región enfrentan dramas peores en términos de pérdida de apoyo popular. Al mismo tiempo, la presunta causa del deterioro del capital político gubernamental en Colombia (el proceso de paz) puede ser la clave para revertir la caída.

Javier Ciurlizza, director para América Latina y el Caribe de International Crisis Group y Sabrina Hervé, politóloga de la Universidad Science Po de Francia.

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