La maldición de los recursos

La dramática recesión de Rusia y el brutal empobrecimiento de los consumidores de ese país a raíz de la caída del rublo no es un accidente. El presidente Putin intenta salvar su imagen, su poder y su modelo de nación haciendo ver que los precios del petróleo son algo que sube y baja. Puede que tenga parte de razón, pero no entiende –o pretende no entender– las profundas deficiencias de la economía rusa. Debería recordar lo que ocurrió en 1986, cuando comenzó el derrumbamiento de la Unión Soviética. En esa época, Mijaíl Gorbachov se enfrentó a una situación muy similar cuando el descenso de los precios del petróleo y el gas impidió al Estado ruso importar suficiente trigo para alimentar a la población. Gorbachov sabía cuál era el pernicioso secreto que se escondía tras el aparente poder soviético: desde su nacimiento en la década de 1930, la Unión Soviética había dependido de las exportaciones de sus recursos naturales para poder importar suficientes alimentos para sus habitantes. Debido a que Stalin había destruido la agricultura y toda clase de iniciativa empresarial, la única riqueza verdadera que quedaba eran el petróleo, el gas y la minería. Pocos rusos lo sabían, puede que la mayoría de los líderes soviéticos tampoco fuesen conscientes de ello, y la mayor parte de los kremlinólogos no repararon en ello. La Unión Soviética nunca fue una economía desarrollada, y Rusia tampoco lo es. Únicamente sobre el papel aparentaba y sigue aparentando serlo, ya que en la década de 1930 la planificación para el desarrollo industrial reemplazó a un desarrollo auténtico de ese sector. Todas las estadísticas soviéticas eran un engaño hasta que Gorbachov lo admitió e intentó salvar la Unión Soviética abriendo las fronteras, aunque demasiado tarde para poner a salvo la ilusión de poder. Ni una sola industria soviética sobrevivió a la competencia, y ninguna las ha reemplazado desde entonces. La Unión Soviética sufría lo que los economistas llaman la «maldición de los recursos naturales». El petróleo en Arabia Saudí, el gas en Argelia, la soja en Argentina, el estaño en Bolivia, o el oro en la España del siglo XVII, son algunos ejemplos en los que la explotación de los recursos naturales ha sustituido a la innovación y a la auténtica creación de riqueza, propiciando una entrada de dinero fácil, normalmente en beneficio de una minoría, y sentando así las bases para la aparición de las oligarquías. El paradigma de los recursos naturales nunca había sido aplicado a Rusia hasta que en 2007 se publicó The Fall of the Soviet Empire [ La caída del imperio soviético], un libro de Yegor Gaidar, antiguo ministro del presidente Yeltsin e instigador de las privatizaciones en Rusia. Gaidar demostraba con toda claridad cómo el poder y la influencia de la Unión Soviética aumentaban y disminuían cíclicamente, siguiendo estrictamente los precios del petróleo y el gas. La Unión Soviética fue más peligrosa que nunca en la década de 1970, bajo la presidencia de Bréznev, cuando los precios del petróleo alcanzaron su techo, lo cual llevó alimentos importados a la mesa de la población rusa y permitió emprender aventuras militares más allá de las fronteras. Ni siquiera la CIA entendió este proceso hasta que Gaidar reveló el pernicioso secreto. Hasta después de que cayese la Unión Soviética no se vio con claridad que Rusia era una economía subdesarrollada. Ahora, Putin quiere que creamos que se ha convertido en una economía emergente que en realidad no es. Parece que la tradición del Potemkin nunca muere forma parte del ADN de la política rusa.

No obstante, sería un error considerar que la abundancia de recursos naturales conduce siempre e indefectiblemente a la desindustrialización, a la falta de innovación y a la ausencia de iniciativa empresarial. Todo depende de las instituciones políticas y de la cultural nacional. Ciertamente, Reino Unido no sufrió ninguna maldición de los recursos naturales cuando empezó a explotar sus inmensas reservas de carbón en el siglo XVIII, sino todo lo contrario; con ello empezó la Revolución Industrial porque estuvo asociado al libre comercio y a la iniciativa empresarial. Igualmente, con Margaret Thatcher, el descubrimiento de enormes reservas de gas y petróleo en el mar del Norte reactivó el crecimiento británico. Noruega está haciendo un buen uso de su riqueza natural aumentando el bienestar para toda la población y destinando los beneficios millonarios a un fondo nacional diversificado y bien gestionado. Actualmente, la explotación del gas de esquisto en Estados Unidos tampoco es una maldición, porque las perforaciones las llevan a cabo empresas privadas, y no el Gobierno y sus secuaces, como ocurre en Rusia. Y al revés, la abundancia de recursos naturales puede convertirse a veces en una maldición cuando un Gobierno decide no explotarlos. Es el caso paradójico de Francia, donde el Gobierno socialista se niega a buscar y explotar las reservas de gas de esquisto para no contrariar a sus socios ecologistas.

Por lo tanto, no deberíamos caer en ninguna trampa determinista. Los recursos naturales por sí mismos ni generan desarrollo económico ni lo impiden. Todo depende de cómo se empleen. En el mapa mundial podemos encontrar países desarrollados sin recursos naturales ( Japón, Corea del Sur, España); países desarrollados con recursos naturales (Estados Unidos); países emergentes que, como Rusia y Argentina, nunca emergen a pesar de sus recursos naturales y a causa de ellos. Dado que el desarrollo económico siempre depende de que se impongan el sistema de Derecho y la iniciativa empresarial, la maldición es en realidad una opción política. Actualmente vemos cómo Vladímir Putin ignora el Derecho Internacional en Ucrania, pero nunca podrá pasar por encima de las leyes universales de la economía.

Guy Sorman

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