La maldición del dios halcón

El sábado 17 de abril de 2004, pocas horas después de que Zapatero prometiera su cargo ante el Rey como quinto presidente del Gobierno de la democracia, Eduardo Zaplana almorzaba en el Club 31 con el aún presidente de Baleares Jaime Matas. Sonó su móvil. Era el ministro de Defensa in pectore José Bono, con quien tan buenas migas había hecho cuando el uno era presidente de Valencia y el otro de Castilla- La Mancha. Le preguntó donde estaba y le dijo que se apuntaba a tomar café. En menos de 15 minutos se había plantado allí. Venía de almorzar en Moncloa y, en sábado, el acceso por el oeste de Madrid había sido coser y cantar.

Bono no reveló que al día siguiente, apenas formalizada la toma de posesión del nuevo Gobierno, Zapatero y él iban a decretar la retirada de las tropas de Irak pero, como el asunto flotaba en el ambiente, no dejó de sacar pecho sobre su protagonismo histórico:

– Desde Jueves Santo hasta hoy he hablado con más poderosos de la Tierra que en toda mi vida junta. Dos jefes de Estado, cuatro presidentes de Gobierno, cinco ministros de Defensa… Todos entienden que las promesas electorales hay que cumplirlas. Por lo menos, como me dijo Berlusconi, las que no cuestan dinero…

Ulcerados aún por la desgarradora derrota del 14-M, los dirigentes del PP acogieron la ironía con una leve aunque amable mueca. Pero Bono no había acudido allí para contarles sus viajes de Gulliver.

– Tengo un encargo de mi presidente. Y te lo voy a plantear como amigo tuyo que soy. José Luis me ha encargado que hable contigo de lo del CNI. Ya sabes que voy a nombrar a quien voy a nombrar…

Ahora Zaplana sonrió abiertamente. La víspera se había publicado que el elegido era el desconocido consejero de Industria castellanomanchego Alberto Saiz.

– Sí, ya me he enterado por la prensa. Ése que tiene tan buen currículo…

Bono pegó un respingo, pero le siguió el juego.

– Oye, que yo no tengo la culpa de que vosotros nombrarais a un… (Bono aludió al cesante Dezcallar con el mismo adjetivo que pocos meses antes había dedicado a Tony Blair). Pero bueno, que lo que yo te ofrezco es que me deis un nombre, alguien de quien tú, Eduardo Zaplana, te fíes para que ocupe un cargo en el Centro y os tenga al tanto…

Al número tres del PP aquello le pilló de sorpresa, pero puso su mejor cara de palo.

– Pero quién, ¿un civil, un militar…?

– Mejor un militar.

– ¿Y con qué nivel? ¿Para nombrarle qué?

– Tendría nivel de Director General… Pero a cambio el CNI tendría que convertirse en un asunto pacífico.

– Hombre, depende de lo que hagáis…

Cuando Bono se marchó, Zaplana le dijo a Matas: «¿Tu has oído lo que yo he oído?». Enseguida transmitió el mensaje a Rajoy, y ambos coincidieron en que lo mejor era no darse por enterados. En 2001 Aznar había consensuado con el PSOE el nombre de Dezcallar antes de convertirlo en el primer civil al frente del CNI. Ahora el PSOE tiraba por la calle de en medio y les ofrecía un premio de consolación. Así no se abordan los grandes asuntos de Estado.

Como con la propia retirada de Irak, los buenos propósitos del nuevo Gobierno naufragaban por la inconsistencia de sus formas. Y, claro, los círculos cuadrados no existen. Era imposible ofender a los norteamericanos y mantener a la vez las buenas relaciones con ellos; era imposible sacarse de la chistera a un ingeniero agrónomo para dirigir el CNI y preservarlo a la vez del debate político. Ése fue el pecado original y por eso Rajoy siente que tiene ahora las manos libres para apretarle las tuercas al campeón de la pesca del pez espada.

Pocos días después el propio Bono, en un recodo de su ajetreo, me presentó a su pupilo Alberto Saiz y debo decir que me pareció un hombre tranquilizadoramente razonable. Concienzudo, modesto, nada misterioso, empeñado en hacer bien su trabajo. Durante los dos primeros años de esa legislatura nos vimos media docena de veces, y cuando EL MUNDO descubrió que el socialista asturiano que visitaba en la cárcel al lugarteniente de Allekema Lamari era agente del CNI, el Gobierno y el Centro reconocieron los hechos con fair play y normalidad democrática. Ver para creer. Por fin se hacía realidad mi viejo anhelo de tener una relación civilizada y constructiva con la última encarnación terrena de Ra.

Ése era, al menos en los tiempos del CESID, el nombre clave del director de nuestro servicio de espionaje, y tanto el teniente general Alonso Manglano como el teniente general Calderón, últimos dos virreyes militares que ejercieron su función como auténticos señores de horca y cuchillo, se sentían muy orgullosos de mantener en pie el estandarte de la mayor divinidad egipcia. Ra: el dios del sol, representado por un guerrero con cabeza de halcón bajo un círculo de fuego, la fuente de poder de los faraones, el símbolo del Estado en lucha permanente con las fuerzas del mal.

Echando la vista atrás, mis primeros contactos con ellos también fueron ingenuamente satisfactorios. Antes del 23-F, el ministro Oliart me llevaba a departir con Manglano en un apartamento que el jefe de los espías tenía enfrente del ministerio del Interior, casi pared con pared con Jockey. Y ya he contado que a Calderón me lo presentó Joaquín Bardavío en un restaurante de la calle Almagro. Fueron buenos principios con tormentosos finales porque ni el uno ni el otro toleraron las revelaciones, primero de Diario 16 y luego de EL MUNDO, sobre los vínculos que ellos y sus equipos mantuvieron tanto con el golpismo como con la guerra sucia.

El CESID de Alonso Manglano organizó operativos para vigilar la sede del periódico, ordenó seguir a nuestros reporteros y grabó ilegalmente nuestras conversaciones, que pasaron a formar parte de su famosa cintateca. El de Calderón desarrolló la operación Jano, cuyo objetivo era exponer la doble personalidad y la cara oculta de aquellos jueces y periodistas que tratábamos de esclarecer episodios tan monstruosos como el del secuestro de mendigos para experimentar con fármacos. El entonces Secretario General del Centro Aurelio Madrigal había sido compañero en La Moncloa del asistente de Felipe González, Angel Patón, condenado en sentencia firme por el infame montaje urdido hace ahora 12 años contra mí.

Se comprenderá, pues, la sensación placentera, la reparación moral que en cierto modo supuso asistir al almuerzo organizado el 29 de noviembre de 2001 por el ministro de Defensa Federico Trillo en la mítica sede de la carretera de La Coruña en torno a Jorge Dezcallar, primer civil responsable de los servicios secretos. «Es una gran satisfacción entrar por primera vez en La Casa, después de que La Casa haya entrado tantas veces en nosotros», dije en voz bien audible apenas comenzado el ágape. El general Madrigal, último eslabón con el pasado, se revolvió en su asiento y suscitó un conato de polémica. Yo invoqué las resoluciones judiciales sobre los GAL y la cintateca.

El perfil de Dezcallar parecía el ideal para la transición en marcha del viejo CESID al nuevo CNI. Era un diplomático culto y brillante, conocía de primera mano los asuntos esenciales para la seguridad nacional y tenía el apoyo tanto del PP como del PSOE. Había sido colaborador habitual de EL MUNDO y manteníamos una cómoda relación personal estimulada por amigos comunes. Más de un año antes de que se produjera, él me anticipó la invasión de Irak.

Todo fue bien hasta el 11-M. La capacidad profesional de Jorge y su independencia de criterio quedaron doblemente en entredicho al no haber detectado la preparación de la masacre y al haber avalado por escrito ese mismo día la tesis de la autoría de ETA. Es verdad que luego viró hacia la pista islamista y que la identificación del cadáver de Lamari entre los muertos en Leganés sirvió para reivindicarle, pues el CNI había advertido de su peligrosidad como activista al ser prematuramente excarcelado. Pero EL MUNDO reveló que las conversaciones de madrugada con Dezcallar fueron la clave de que la ministra Ana Palacio acusara a ETA ante el propio Consejo de Seguridad de la ONU.

Luego vino su incomprensible escalada de recompensas hasta desembocar en la embajada en Washington. Él quería pasar página y nuestro periódico se empeñaba en mantenerla abierta. La última vez que le vi fue en el estreno de La paz perpetua, la impresionante obra de Juan Mayorga sobre los límites de la guerra antiterrorista y la razón de Estado. Me pareció que el contenido de la función podía serle a él más útil que a nadie, pero Dezcallar eludió todo contacto y yo fui consciente de que, una vez más, el empecinamiento en el deber de informar me pasaba factura en el ámbito de las relaciones personales.

Esa misma sensación de fatalidad me oprime ahora en relación a Alberto Saiz. Después de un par de años de silencio, volvió a llamarme hace unas semanas y almorzamos cordialmente. Su descripción genérica de la labor del CNI en la lucha contra ETA vino a corroborar lo que ya había ido percibiendo de un tiempo a esta parte. Desde que el Centro ha cruzado los Pirineos, en el marco de la cooperación hispano-francesa, los éxitos policiales han aumentado exponencialmente. Eso es algo de lo que siempre podrán estar orgullosos desde el último agente hasta el propio director. Pero de la misma forma que el cruel asesinato de anteayer realza la necesidad de respaldar a quien esté al frente del CNI, son las dimisiones en cadena de los responsables del área antiterrorista, mucho más que los sacos de patatas de Galicia, las que ponen al actual titular en una posición casi insostenible.

A Saiz le preocupaban las denuncias sobre sus cacerías y gastos privados que diversos miembros del Centro estaban trasladando a EL MUNDO. Negó los hechos, me dijo que tenía facturas y no me pidió nada. Su conducta me pareció elegante y apropiada. Le prometí que si se reproducían las acusaciones de índole personal, publicaríamos simultáneamente sus aclaraciones o desmentidos. Se me olvidó preguntarle si continúa en vigor la denominación de Ra.

Pese a la gravedad y verosimilitud de algunos de los hechos denunciados, nuestro periódico no ha pedido la dimisión de Saiz porque, a diferencia de los casos de Chaves o Bárcenas, la naturaleza de las actividades del CNI impide aportar las correspondientes pruebas documentales. Tampoco creo que la comparecencia ante la Comisión de Secretos Oficiales sirva de mucho. Al final será su palabra contra la de unos denunciantes obligados a permanecer en el anonimato. Pero eso no despejará las fundadas dudas de la oposición y, como tampoco se trata de poner patas arriba el centro con una comisión de investigación parlamentaria, no queda otra solución sino la de que sea el Gobierno quien abra una indagación interna con un plazo tasado. Al término de la misma, Zapatero y Chacón deben decirnos qué acusaciones son ciertas y cuáles no y obrar en consecuencia, bien destituyendo a Saiz, bien avalando expresamente su honorabilidad y ligando por lo tanto su suerte política a la de su subordinado.

En el ínterin no han dejado de impactarme las obsesivas referencias de Saiz a la «lealtad» y la «fidelidad» en los textos de algunas de sus intervenciones ante miembros de La Casa, desvelados esta semana por Casimiro García-Abadillo. Y es que en mi memoria aún resuena aquella tremenda arenga del teniente general Calderón en la recta final de los años de plomo del CESID: «Hay un principio de lealtad, la lealtad de yo saber que ustedes me obedecen y de que ustedes sepan que, obedeciéndome a mí, no cometen ningún delito. Esa mutua lealtad no va a ser rota por ningún sucesor mío, como yo no la rompo respecto a mis antecesores».

¿Cabe alguna mejor definición del vértigo? Santo Dios: otra vez nos asomamos al abismo.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.