La maldita prima de riesgo

Una de las consecuencias positivas que está teniendo la crisis es que entre todos estamos haciendo un cursillo acelerado de economía. Conceptos financieros hasta hace poco desconocidos son ahora discutidos diariamente en tertulias públicas y privadas, en radios y televisiones, en bares y restaurantes. El tema de moda en la actualidad es el de la prima de riesgo de la deuda española.

Los tipos de interés a los que prestan los inversores dependen de dos factores. El primero es la cantidad de dinero que hay en el mundo dispuesto a ser prestado en relación con la demanda de crédito. Hoy en día, por ejemplo, existe una colosal masa de ahorros chinos y de países productores de petróleo que hace que los tipos de interés sean históricamente bajos… para la gente de fiar.

Digo “para la gente de fiar” porque existe un segundo factor que determina el tipo de interés: ¡hay gente que no es de fiar! Los trabajadores pueden perder su empleo, las empresas pueden no cobrar de sus clientes, los gobiernos pueden no recaudar suficientes impuestos debido a la crisis. Y todo ello les impediría devolver lo que deben. Cuando un prestamista ve que el cliente tiene una probabilidad de no pagar, sólo le concederá crédito a un tipo de interés superior al que cobre a la “gente de fiar” para compensar el mayor riesgo de la operación. Es lo que se conoce como prima de riesgo: cuanta más alta sea la probabilidad de que el cliente no pague, más elevado será el interés que se le cobrará y mayor será su prima de riesgo.

En Europa el Gobierno alemán es considerado el cliente “de fiar” porque todos piensan que pagará sus deudas con toda probabilidad. Por eso, el tipo de interés que se le cobra al Estado alemán por un crédito a diez años es de cerca del 3%. Por su parte, los inversores piensan que existe un riesgo positivo de que España no pague sus deudas, por lo que el tipo de interés que le cobran al Estado español no es del 3% sino del 5%. Es decir, la prima de riesgo que España debe pagar por no tener la total confianza de sus acreedores es del 2% (o de 200 puntos básicos si ustedes quieren utilizar la jerga financiera). Tener una prima de riesgo es nefasto, porque obliga al Estado español a dedicar ingentes cantidades de dinero a pagar unos intereses superiores en lugar de hacer hospitales o escuelas.

La pregunta es: ¿por qué creen los mercados que España no va a poder hacer frente a sus deudas? ¿Es porque su deuda es demasiado elevada? ¡Pues la verdad es que no! La vicepresidenta Elena Salgado se ha cansado de repetir, correctamente, que la deuda pública española representa menos del 65% del PIB y está por debajo de la media europea. Es cierto que el dato importante no es la deuda como fracción del PIB. Lo importante es el dinero del que dispone el Estado para devolver el crédito. Y el PIB no es el dinero del Estado sino el que ganan los ciudadanos. El Estado pone impuestos a estos ciudadanos y el problema es que, al empezar la crisis el PIB cayó un 5%…, pero la recaudación fiscal cayó ¡un 40%! Por eso el Gobierno ha hecho un gran esfuerzo de lucha contra la evasión fiscal.

También es cierto que la capacidad de pagar no depende sólo de los ingresos que uno tiene sino de los compromisos que uno ha adquirido para gastar ese dinero: si el Gobierno cobra 100 pero ya lo tiene todo comprometido, no le queda mucho para pagar la deuda. En este sentido, España no sólo ha visto como la recaudación caía en picado, sino que, al subir el paro, ha visto como una parte importante de esos ingresos se comprometía automáticamente en subsidios de desempleo: de los 100.000 millones que ingresa el Estado, 40.000 millones están comprometidos en subsidios de paro. Por eso el Gobierno ha intentado reformar el mercado laboral.

A pesar de estos problemas, pienso que la vicepresidenta tiene razón cuando dice que el nivel de deuda actual no justifica la desconfianza de los mercados. ¿Por qué exigen, pues, los mercados una prima de riesgo tan grande a España? La explicación es que a los mercados no les preocupa la deuda de hoy, sino la deuda de mañana. Y en particular, la deuda que puede tener el Estado si el sistema financiero español implosiona. Me explico: durante los años de la burbuja, los bancos y, sobre todo, las cajas de ahorros concedieron gran cantidad de préstamos a un sector inmobiliario que, con toda probabilidad, no va a poder devolver. Toda esa deuda impagada va a crear un agujero tan grande en los balances del sector financiero que puede poner en peligro la totalidad de la economía española. El miedo a una crisis catastrófica, sumado a la enorme influencia política de bancos y cajas, hace que los inversores internacionales sospechen que el Estado español va a acabar rescatándolos. Si lo hiciera, convertiría en deuda pública lo que ahora es una gigantesca deuda puramente privada. Y dependiendo de la magnitud, eso podría llegar a causar la insolvencia del país. Es lo que sucedió en Irlanda.

En este sentido, la primera parte del decreto de reforma del sistema financiero que obliga a bancos y cajas a obtener más capital privado es buena y debe ser aplaudida: hay que recapitalizar el sistema financiero con dinero privado. El problema es que la segunda parte del decreto dice que el Estado va a inyectar dinero público a las cajas que no consigan suficiente capital privado. Y eso ya no es tan bueno, porque va a empeorar el déficit público hasta límites, hoy por hoy, desconocidos, cosa que genera una incertidumbre que imposibilita la desaparición de la maldita prima de riesgo.

Por Xavier Sala i Martín, Columbia University, UPF y Fundació Umbele.

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