La manipulación de los mercados ha pasado a ser mundial

La manipulación de los mercados ha pasado a ser un procedimiento operativo normal en los círculos normativos de todo el mundo. Ahora todo el mundo tiene fijada la atención en los intentos de China de afrontar el desplome de una importante burbuja de acciones, pero las medidas adoptadas por las autoridades chinas en modo alguno son excepcionales. Las economías principales de Occidente están haciendo lo mismo en gran medida: aplicando simplemente otro disfraz a su manipulación.

Tomemos la relajación cuantitativa, a la que el primero en recurrir fue el Japón a comienzos del decenio de 2000, seguido por los Estados Unidos a partir de 2008, después el Japón de nuevo en 2013 y ahora Europa. En todos esos casos, la RC ha sido esencialmente una medida enérgica para manipular los precios de los activos. Funciona primordialmente mediante compras directas por parte de los bancos centrales de valores soberanos a largo plazo, con lo que se reducen los tipos de interés a largo plazo, lo que, a su vez, hace que las acciones resulten más atractivas.

Resulta discutible que la manipulación de los mercados mediante la RC haya conseguido su objetivo: el de brindar un estímulo a las economías devastadas por la crisis y dependientes de los activos; al fin y al cabo, las recuperaciones actuales en el mundo desarrollado han sido por lo general inhabitualmente anémicas, pero no por ello han dejado de intentarlo las autoridades.

En su defensa, los bancos centrales recurren a la tesis infundada de que, si no hubieran recurrido a la RC, la situación habría sido mucho peor, pero, como los mercados de activos manipulados están empezando a plantear riesgos de inestabilidad financiera, el jurado sigue deliberando también a ese respecto.

Las medidas adoptadas por China para manipular los mercados no son menos evidentes. Como reacción ante un desplome del 31 por ciento del CSI 300 (indice compuesto de acciones en las bolsas de Shanghai y Shenzhen) respecto de su punto máximo del 12 de julio, tras una subida del 145 por ciento en los doce meses anteriores, los reglamentadores chinos han reaccionado enérgicamente para contener los daños.

Las medidas oficiales han abarcado toda la gama, incluidos lo siguientes: un freno al mercado de acciones en forma de 480.000 millones de dólares, respaldado por el Gobierno con los auspicios de la Corporación Financiera de Valores de China, un fondo común de 19.000 millones de dólares de importantes intermediaciones internas y la promesa del Banco Popular de China (BPC) de recurrir sin límite a su balance para apuntalar los precios de las acciones. Además, se han suspendido las operaciones del 50 por ciento, aproximadamente, de los valores cotizados (más de 1.400 de los 2.800 valores).

A diferencia de la manipulación de los mercados permitida por la RC de Occidente, que funciona indirectamente mediante inyecciones de liquidez de los bancos centrales, la versión china va orientada más directamente al mercado con dificultades: en este caso, el de las acciones. Resulta significativo que la RC sea en gran medida un método reactivo, encaminado a desencadenar la reavivación de los mercados y las economías con dificultades, después de que se hayan desplomado. El método chino, más proactivo, es el equivalente normativo de intentar atrapar un cuchillo que cae: detener un mercado en caída libre.

Hay otras distinciones dignas de mención entre la manipulación de los mercados de China y la que se ha visto en Occidente. En primer lugar, las autoridades chinas parecen menos centradas en los riesgos sistémicos para la economía real. Tiene sentido, en vista de que los efectos de riqueza son mucho menores en China, donde el consumo privado representa tan sólo el 36 del PDF, la mitad tan sólo del porcentaje correspondiente a economías más dependientes de la riqueza, como la de los EE.UU.

Además, gran parte de la fuerte apreciación de los valores de las acciones chinas duró muy poco. Casi el 90 por ciento de la subida durante doce meses del CSI 300 se concentró en los siete meses posteriores al comienzo de las corrientes de inversión transfronterizas por mediación de la llamada Conexión Bursátil Shanghai-Hong Kong en noviembre de 2014. A consecuencia de ello, los especuladores dispusieron de poco tiempo para que se dejaran sentir las ganancias de capital y tuvieran repercusiones en las esperanzas de mejora del estilo de vida.

En segundo lugar, en Occidente las reformas posteriores a la crisis han sido por lo general tácticas: encaminadas a reparar los fallos de los mercados establecidos, en lugar de promover nuevos mercados. En cambio, en China las reformas posteriores a la burbuja presentan una orientación más estratégica, en vista de que los problemas del mercado de acciones tienen importantes consecuencias para las reformas del mercado de capitales del Gobierno, consideradas decisivas para su estrategia de reequilibración estructural. Por haber estado durante mucho tiempo dependiendo de un sistema de intermediación crediticia centrado en la banca, el desarrollo de unos mercados de bonos y de acciones estables y seguros es una máxima prioridad para el imperativo de China de fomentar un programa más diversificado de financiación de los negocios. El desplome de la burbuja de las acciones pone en tela de juicio ese empeño.

Por último, al insistir en un sistema reglamentador y, por tanto, mantener el tipo de interés oficial de referencia muy por encima del temido límite cero, el BPC está, en realidad, en mejores condiciones que otros bancos centrales para conservar el control de la política monetaria y no quedar atrapado en un suministro de liquidez sin límite, que tan adictivo es para los mercados con burbujas incipientes y, a diferencia de lo que sucede en Occidente, las medidas específicas adoptadas en China en materia de acciones reducen al mínimo el riesgo de contagio financiero causado por efectos indirectos de la liquidez en otros mercados de activos.

Como una gran parte del mercado interno de acciones de China sigue cerrado, resulta difícil saber cuándo se ha agotado el espíritu animal en materia de corrección. Aunque el Gobierno ha acopiado una considerable munición para limitar el desarrollo de una burbuja espectacular, el exceso de una demanda especulativa muy apalancada es desconcertante. De hecho, en el período de doce meses que concluyó el pasado mes de junio, la financiación marginal de las compras de valores casi se triplicó como porcentaje de la capitalización del mercado interior de acciones comercializables.

Aunque las acciones chinas subieron al principio un 14 por ciento a partir del punto más bajo habido el pasado 8 de julio, el desplome del 8,5 por ciento habido el 27 de julio indica que tal vez fuese una tregua pasajera. La probabilidad de un desapalancamiento forzoso de las coberturas complementarias subraya la posibilidad de un nuevo desplome, una vez que se reanuden todas las operaciones.

Más en general, exactamente como en el Japón, los EE.UU. y Europa, no cabe la menor duda de qué fue lo que provocó la manipulación en China: los peligros de unas burbujas de acciones desmesuradas. Una y otra vez, los reglamentadores y las autoridades –por no hablar de los dirigentes políticos– se han despistado al condonar los excesos de los mercados. En un mundo globalizado, en el que los ingresos de la mano de obra están sometidos a una presión constante, el canto de sirena de los mercados de activos como elixir del crecimiento resulta demasiado tentador para que el cuerpo político se resista.

Las burbujas especulativas son las manifestaciones visibles de esa tentación. Cuando las burbujas estallan –y siempre lo hacen–, se revela la falsa prosperidad y las tácticas defensivas de manipulación de los mercados resultan urgentes y aparentemente lógicas.

En eso estriba la gran ironía de la manipulación: cuanto más dependemos de los mercados, menos confiamos en ellos. Ni que decir tiene que eso dista mucho de ser la “mano invisible” de la que depende la eficacia de los mercados. Afirmamos, como Adam Smith, que los impersonales mercados garantizan la asignación más eficiente de un capital escaso, pero lo que de verdad queremos es unos mercados que funcionen sólo como nosotros deseamos.

Stephen S. Roach, former Chairman of Morgan Stanley Asia and the firm’s chief economist, is a senior fellow at Yale University’s Jackson Institute of Global Affairs and a senior lecturer at Yale’s School of Management. He is the author of the new book Unbalanced: The Codependency of America and China. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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