La mano agonizante, la justicia y el amor

Por Prudencio García, investigador y consultor del Instituto Ciencia y Sociedad (EL PAÍS, 08/03/07):

Han pasado tres años, pero hay escenas, frases y momentos que quedan incrustados en algún lugar aparentemente ajeno al tiempo y a la erosión del calendario. La recuerdo como si todo hubiera ocurrido ayer. Ella llegó andando muy deprisa, casi corriendo, con su abrigo corto y negro, sus medias de retícula morada y sus zapatos de tacones demasiado altos para aquella hora de la mañana. Como si se hubiera arreglado para asistir a un acto de cierta formalidad, antes de que la brutal noticia modificara su plan. Al doblar la esquina de la parte trasera de la calle Téllez, topó bruscamente con la gruesa cinta de control que bloqueaba la acera con su letrero: “Policía. Prohibido el paso”. Apenas a cincuenta metros de allí, uno de los trenes destrozados en aquel trágico 11 de marzo aparecía, reventado por dos explosiones, en la primera de las vías contiguas a la calle. Todos los presentes estábamos sobrecogidos por aquella proximidad.

Desconcertada por un momento, la recién llegada fue a parar al único hueco que halló entre las personas que permanecíamos ante la barrera policial, lo que la hizo detenerse a mi lado. Visiblemente contrariada por el obstáculo, se dio la vuelta con intención de retroceder. En aquel momento sentí, con acierto o sin él, la imperiosa necesidad de hablarle, y así lo hice. “Oiga. Si tiene usted un motivo serio para pasar más allá de esa cinta, hágalo. Pase, y explíquelo a la policía. Probablemente se lo permitirán”. Sorprendida por mi inesperada intromisión, se volvió y me miró fijamente. Su rostro tenso y alargado, de facciones angulosas y muy marcadas, aparecía crispado, casi desencajado. Calculé que podía tener unos treinta años, tal vez menos aún.

Ante mi sugerencia, quizá demasiado optimista, la joven desconocida respondió: “He oído por la radio que hay muchos muertos, y mucha gente malherida, tirada por el suelo, agonizando. Sólo quiero estar a su lado, cogerles la mano, decirles alguna palabra. Sólo eso. Darles un poco de calor. Apoyarles en esos momentos finales. Acompañarles. Cogerles la mano”, repitió. Su voz, aunque clara, sonaba alterada por la emoción y por la carrera que la había llevado hasta allí. “Lo intentaré por la esquina siguiente”, dijo con decisión, y se alejó con rapidez.

Nunca volví a verla. Pero aquella imagen, aquel rostro, aquella respiración agitada, aquella firme decisión sobre lo que ella tenía que hacer persistieron en mi mente, y persisten aún. Ignoro si consiguió llegar hasta donde pretendía. Tal vez logró introducirse en aquel dantesco escenario formado por las víctimas que yacían sobre las vías, entre un caos de cristales rotos, trozos de vagón, vísceras y miembros humanos arrancados y brutalmente desparramados.

Deseé, con todas mis fuerzas mentales, que aquella mujer lograra superar todas las barreras interpuestas entre ella y las víctimas destrozadas por las bombas. Deseé que tuviera tiempo de agacharse junto a algunas de ellas, de retirarles los pelos pegados a la cara ensangrentada, de murmurar unas palabras en esa intimidad última junto a unos oídos cada vez más embotados, mirando muy de cerca a unos ojos cada vez más extraviados y apretando cálidamente una mano cada vez más rígida. Tal vez su rostro, el de aquella joven mujer, tal vez aquella cara pálida, tensa y crispada -tensa y crispada por el amor- fue la última imagen que algún moribundo, hombre o mujer, joven o anciano, pudo llegar a ver. Tal vez sus palabras, su mirada, sus caricias, su sonrisa, fueron el último contacto con la vida que se iba, arrebatada por un designio criminal.

Deseé fervientemente que así fuera. Que lo lograra. Que pudiera cumplir su propósito de aportar aquel último gramo de calor humano, por unos instantes -breves pero de suprema importancia- ejerciendo en ellos como la madre, la hija o la hermana, como la esposa o la amante que hubiera querido estar allí, junto al ser querido y agonizante. Tal vez aquel rostro anguloso, aquellos ojos penetrantes, aquella voz joven y cálida, fueron el último contacto con la vida, con el calor y el afecto, el último hálito de ternura que todavía pudo penetrar en el cerebro y el ánimo de alguien a punto de hundirse en la oscuridad final.

Cogerles la mano. Decirles unas palabras. Dedicarles unas últimas caricias. Todo mínimo, insignificante frente a la inmensa magnitud de una tragedia de casi 200 muertos y 1.500 heridos, con centenares de familias destrozadas y traumatizadas. Pero esa pequeñez, esa insignificancia, ese átomo de solidaridad y de compasión es el que salva nuestra dignidad como especie, nuestra maltrecha dignidad como género humano capaz de perpetrar las acciones más inhumanas.

Una sociedad civilizada, para defenderse eficazmente contra la barbarie criminal, necesita, entre otros requisitos indispensables, policías, jueces, fiscales, cárceles, justicia, instituciones democráticas firmes, serenas y resistentes. Pero también necesita la inmensa solidaridad y el amor de unas manos como las de aquella mujer. Frente a la crueldad desalmada de los asesinos, que no nos falte el valor y la eficacia de la policía, la firmeza de los jueces y los fiscales, la justicia de los tribunales, la inteligencia y determinación de los políticos, la solidez de las instituciones. Que no nos falte esa justicia sin odio y con el obligado rigor. Pero, junto a todos estos recursos tan necesarios y esas armas tan legítimas, que no nos falte nunca el amor de esa mano, deseosa de estrechar la nuestra en ese momento de última y suprema soledad.