La mano visible de la prosperidad económica

Alemania ha capeado la crisis financiera mucho mejor que la mayoría de sus vecinos. Hoy este país, que en época tan reciente como 1999 estaba considerado el enfermo de Europa, cuenta con la economía más fuerte del continente, cuyas exportaciones representan la cuarta parte, aproximadamente, de sus exportaciones. Su tasa de desempleo, inferior al cinco por ciento sólo, es la mitad de la media europea. El presupuesto federal está equilibrado por primera vez en un decenio.

Pero sería un error suponer que los resultados económicos de Alemania vindican sus políticas. En realidad, el predominio económico actual de Alemania se ha basado en un marco normativo que representa una oposición directa al propugnado por el ex Canciller Ludwig Erhard, padre de su “milagro económico” posterior a la segunda guerra mundial.

En lugar del llamado ordoliberalismo de Erhard, en el que el Estado prepara el terreno para una economía de mercado en funcionamiento dirigiendo activamente el marco jurídico, la estrategia económica del gobierno de la Canciller Angela Merkel ha sido arbitrario, impulsado más por la conveniencia política que por una concepción subyacente. La prudencia aconseja a Alemania no dar por sentado su éxito económico. En un momento de incertidumbre económica y política cada vez mayor, los principios rectores de Erhard son más importantes que nunca.

De hecho, las autoridades de Alemania parecen ir dando tumbos de decisión en decisión. En lugar de ir al timón de la economía, se ven conducidos por ella y reaccionan sin un claro sentido de dirección ante las exigencias del momento. La celebrada descarbonización del país está poniendo en riesgo la industria. La negociación colectiva, en tiempos dejada en manos de los protagonistas económicos, está resultando cada vez más politizada. Los cambios en la política de pensiones están incrementando el gasto público y contribuyendo a un aumento de los niveles de deuda.

En el centro de los problemas de Alemania está la terca idea, internacionalmente generalizada, de que la economía es un mecanismo como de relojería en el que el Estado puede intervenir sin consecuencias. La matematización en aumento de la economía en los últimos decenios ha contribuido a esa evolución.

La debilidad fundamental de los sistemas democráticos también contribuye a agravar el problema: la búsqueda de votos favorece la ampliación de las prestaciones sociales y disuade de la adopción de medidas impopulares que situarían la economía en una base más sostenible. Como dijo en cierta ocasión el economista alemán Herbert Giersch, lo políticamente conveniente raras veces es económicamente beneficioso.

Por esa razón el regreso al ordoliberalismo es más importante que nunca. El objetivo de Erhard era el de contrarrestar el pragmatismo y el activismo políticos con una concepción ordenada de la política económica y social. La necesidad de adoptar una concepción holística de la economía era evidente. Para los economistas e ingenieros sociales actuales, ya no es así.

La concepción que tenía Erhard de una economía social de mercado era una tercera vía, substitutiva de la intervención del Estado en gran escala y de los riesgos del liberalismo del laissez-faire. La experiencia histórica de Alemania había demostrado que la libertad sin orden conducía al caos y el orden sin libertad originaba la coerción y la renuncia a la democracia.

Según Erhard, el capitalismo sin dirección se socavaba a sí mismo, pues los monopolistas arrinconaban los mercados y se apropiaban del Estado, pero el intento de perfeccionar la vida mediante una intervención estatal cada vez más amplia, hasta el punto de concederse compensaciones incluso por las mínimas injusticias había de fracasar también. La sociedad humana no sigue, sencillamente, las reglas de una colonia de termitas; el orden debe dejar sitio para la libertad y la individualidad.

Se puede ver la continua pertinencia de las ideas de Erhard en el número cada vez mayor de movimientos de protesta, reforzados por las redes sociales, que impugnan la economía de mercado y el neoliberalismo. Toda impresión de mayor legitimidad del mercado debida al fracaso del comunismo fue temporal, en el mejor de los casos. Actualmente se consideran las políticas orientadas al mercado frías y antisociales, en particular en los países industrializados occidentales. Se considera que el paternalista Estado del bienestar es más humano, pese a la pérdida de libertad y las distorsiones financieras relacionadas con él.

Erhard era muy consciente de la tensión entre libertad económica y Estado democrático. Sus seguidores y él nunca concibieron el ordoliberalismo como un dogma inalterable, sino como un modelo que se pudiera adaptar a los nuevos imperativos. Erhard intentó incluso ajustarlo a los cambios sociopolíticos del decenio de 1960, al formular el concepto de “sociedad formada”, mediante el cual se reduciría al mínimo el faccionalismo y el Estado gobernaría por consenso.

Erhard no consiguió apoyo para esa idea polémica, pero, en vista de la desigualdad cada vez mayor y del aumento del desencanto con la política y los partidos políticos, aborda cuestiones que siguen siendo pertinentes para la democracia representativa actual.

Como el propio Erhard habría sostenido, el ordoliberalismo no es una solución universal, pero no cabe duda de que, en el globalizado mundo actual, la economía –y tal vez la política también– se beneficiaría de la imposición del orden.

No se puede construir sistema político alguno que pueda superar las penalidades y la miseria sin antes lograr mejoras del potencial de la economía, cosa que se debe conseguir reduciendo al mínimo la intervención del Estado, la burocracia y los privilegios para unos pocos elegidos. El principio rector de Erhard era sencillo: debe haber principios rectores. Es una idea que sigue siendo tan importante como siempre: en Alemania y en los demás países.

Jürgen Jeske is the former publisher of the German newspaper Frankfurter Allgemeine Zeitung. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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