La máquina de leer

Querido J:

En la silla del Rey, un bonito escabel que tengo a un lado de la cama y que hace las veces de mesilla de noche, están desde hace mucho tiempo el último volumen del Journal de Paul Léautaud, la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, y los Ensayos de Montaigne. Creo que son libros adecuados para la cabeza y para la cabecera. Comparten el espacio con los libros que voy leyendo. Hoy con Juicio a la memoria, de Elizabeth Loftus, y Proust y la neurociencia, de Jonah Lehrer. Ayer le hice un sitio al iPad en el escabel y es bastante probable que allí se quede. La verdad es que ha necesitado menos años para instalarse que sus venerables compañeros. La verdad es que el iPad está hecho para la cama. Y no sólo, me adelanto a tu maldad, porque las webs pornos hayan sido las primeras en reaccionar ante la ausencia de flash, poniendo sus vídeos en formatos enteramente practicables.

Nunca he leído periódicos en la cama. No sólo yo. Siempre pedí a mis próximas que tampoco lo hicieran. Los periódicos no son limpios. Y son aparatosos, incómodos y estrepitosos. Pero la otra tarde, que pude echarme un rato después de comer, viví una maravillosa experiencia. Baste decirte que leí cuatro páginas de Le Monde dedicadas a Chomsky. Las alusiones del lingüista a su conflicto con la pléyade de farsantes deconstructos, los Lacan, Derrida, tenían interés. Pero no hay duda de que la atención y el placer puramente físico con que leía sólo podían venir del cristal. La aplicación de Le Monde es muy sencilla. Deja intacto lo sustancial del periódico: el orden, la jerarquía y la circunstancial belleza de la maquetación. Por el momento prescinde de multimedia, a diferencia de su competidor Libération, también excelente. Pero incluso con esta sobriedad se produce la gran revelación que los lectores de periódicos (de periódicos, recalco, y no de noticias) esperábamos: para leer periódicos ya no hay nada mejor que el iPad. Ni el periódico. Y por cierto: para la publicidad noticiosa tampoco. Por primera vez en la historia digital, la publicidad ya no es un hórrido peaje. Es muy probable que la época del banner sólo haya sido un terrible incidente evolutivo. Hay muchas cosas a mejorar. Una de ellas rápida, sobre el software: la conveniencia de que las páginas de los periódicos se adapten estrictamente a las medidas de la pantalla y así se evite el scroll táctil. Otra de ellas, sobre el hardware: habrá de reducir su peso. Pero desde mi punto de vista, éste es un asunto zanjado: iPeriódicos.

El iPad es una máquina de leer: nítida, relajante, perfecta. Y es un objeto. Un objeto portable. Un objeto que funciona tocándolo. Como los periódicos y los libros, y no como el ordenador. Es cierto que algunos ordenadores pueden transportarse; pero siempre funcionan por animalito interpuesto: a través del teclado o a través del ratón. En un ordenador hay una pregunta de respuesta incierta: ¿Cuál es el objeto? ¿La pantalla, el teclado, la torre, el ratón? Un hombre no puede dispersar hasta ese punto sus afectos. Ha habido críticas, ¡obviamente superficiales!, por las huellas que los dedos dejan en la pantalla. Evidentemente, sólo se aprecian cuando está apagado. Pero es que, además, son la prueba necesaria de la posesión. Ahí están tus huellas. Y sólo las tuyas: se puede usar un iPad de otro, pero sólo si estás acostumbrado a compartir tu cepillo de dientes. La posesión del iPad es manual, franca, indiscutible. Amigo mío: el iPad lo puedes apretar fuertemente contra tu corazón. Un artículo de Steven Pinker. Un e-mail inequívoco. Una foto de cuando eran pequeñas. Y atiende lo que te digo: eso es algo que no harías nunca con un iPhone: entre las exigencias del abrazo está la de un cierto tamaño. No pienses que me he vuelto parisién. Las cosas hay que decirlas. ¡Aunque te hagan feliz!

La cama es su ecosistema favorito. Incluso cuando todo el mundo duerme en la casa. Basta su luz propia de astro solar, perfectamente íntima para el único insomne. Pero acepta lechos de todos los precios. Será difícil que viaje sin él. Entre las cosas más absurdas que habrá hecho Apple estará la de fabricar un iPad sin 3G, es decir, sin posibilidad de conectarse a la red móvil. El iPad acaba también con los mapas de papel y su endemoniada circunstancia papirofléxica, que sólo seguirán usando algunas mujeres demasiado propensas a mantener los pies en el suelo. El viaje sólo se ve limitado por la naturaleza de la pantalla. No puede leerse bajo luz natural intensa, de ningún modo. A la sombra sí pueden consultarse mapas, direcciones, etcétera. La experiencia exterior va a depender de un complemento imprescindible de la máquina, que es su funda. No cualquier funda, sino la que ha fabricado Apple y que tardará un mes en llegar a casa, como tantos y tantos iPads ya solicitados, porque esa empresa hace algunas cosas mal. Es probable que algunas de las posiciones de la funda, que convierte a la máquina en un cuaderno, con sus tapas, proyecten una sombra benevolente sobre la pantalla que facilite la consulta al sol. Pero en cualquier caso, el reto tecnológico de fabricar un ingenio mixto que se comporte en la cama como el iPad y en la playa como el Kindle sigue pendiente.

¿Escribir, dices? Bueno, ya sabes que la principal condición para escribir es leer. La operación de leer de nuestro Ferraté. Pero sí, puede escribirse sin problemas. El teclado inteligente hace ganar tiempo en cuanto el sistema se ha hecho cargo de tus debilidades. Una de las condiciones para su buen funcionamiento es estupenda: el sistema penaliza la escritura bilingüe, porque aumenta exponencialmente las posibilidades del diccionario. O sea que ya tenemos otro aliado en nuestra orgullosa lucha contra Babel. La escritura en el iPad te devuelve, además, la antigua postura de la escritura a mano, cabizbaja. La retrolírica de los beatos (liébanos) debería estar satisfecha por este retorno; pero yo tengo la espalda bien jodida. No te escribiré en casa desde el iPad; pero lo haré sin problemas de viaje. Es el portátil que hemos conocido lo que desaparece.

Uno de los reproches más injustos que he leído sobre la máquina es su carácter elitista. Esto no se debe a su precio, menor que el de la mayoría de portátiles. Sólo se debe a su belleza. En España, cualquier cosa bella y refinada es un símbolo de elitismo y pijería. El reproche pervierte la característica más importante del iPad: una máquina que puede usar cualquiera. Puede que sea un formidable depredador del papel de periódico o de libro; pero con lo que acaba tajantemente es con la informática como ciencia disuasoria e ignota. Por decirlo de algún modo: por primera vez un ingenio digital tiene la informática dentro y no fuera. Las barreras han desparecido. Eso sí: hay que mover un dedo, lo que puede que para nuestros civiles ya sea mucho.

Sigue con salud

Arcadi Espada

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