La marcha de los parados

Ciertas expresiones comunes y reiteradas, como ‘espíritu de cuerpo’ o ‘marcha de parados’, resultan si bien se mira algo cómicas, involuntariamente. Pero la segunda de ellas corresponde bastante adecuadamente a lo que presenciamos el otro día por las calles de San Sebastián. Los que allí desfilaron eran parados, en la doble acepción que tiene la palabra: parados o cesantes del anterior Gobierno autonómico, aún quejosos por haber perdido una situación de mando que consideraban suya por naturaleza y dispuestos a denunciar como usurpadores a quienes formaron democráticamente la mayoría que les privó de ella; y también parados en la historia, incapaces de darse cuenta de que los tiempos cambian y de que la época feliz en que se podía compaginar el título de ‘hombre de paz’ políticamente respetable y la sumisión a la estrategia de ETA ha concluido de forma irrevocable.

La manifestación donostiarra tuvo en todo momento algo de estático, incluso de retrógrado. Era la cabalgata de los reaccionarios del País Vasco, aunque ellos -autocomplacientes- quisieran imaginarse como la vanguardia: una vanguardia perenne y estática, otra contradicción en los términos. Algo así como los chicos de mi quinta, cuando corríamos en la Universidad perseguidos por los grises mientras cantábamos jadeantes lo de «¡no nos moverán!». Ya el lema que les convocaba tenía algo de increíble y de voluntariosamente absurdo. ¿Qué quiere decir ‘todos los derechos para todas las personas’? ¿Acaso los derechos no tienen siempre circunstancias y limitaciones en cuanto pasan de la retórica a lo efectivo? ¿Ampara la libertad de expresión el gritar ‘¡muerte a los judíos!’ o, por referirnos a nazis más próximos, ‘¡ETA mátalos!’? ¿Es que no pierde su derecho de libre circulación y residencia el maltratador alejado forzosamente de su víctima o el condenado por asesinato que no puede salir de su celda cuando le apetezca para ir a conocer mundo? ¿Existe el derecho de pasear desnudo por la calle o el de empapelar la casa donde vive el hijo de un asesinado con fotos y alabanzas del criminal que se lo cargó? Y luego el órdago, la segunda parte del lema: ‘A favor de la libertad’. Así, sin más precisiones: la libertad como algo obvio y evidente, como cosa que no necesita leyes ni acuerdos, la libertad muy a la española (¡ay, pobrecillos, qué castizamente españoles son!), o sea la libertad de ‘lo que me dicte mi real gana’.

Ni en esos derechos ni en esa libertad puede creer nadie en su sano juicio, salvo cuando está txikiteando con la cuadrilla y ya van muchas rondas. De modo que ese lema es una forma de camuflaje, un intento de dar gato por liebre, un guiño desesperado a otros tan desesperados como uno mismo: ‘Tú ya me entiendes…’. Ese lema quiere decir en realidad que ETA se acaba a ojos vistas y que, sin su tutela feroz y su amenaza a los adversarios, mucho de lo que casi nadie se atrevía a discutir en el País Vasco va a empezar a ser cuestionado abierta y jubilosamente. La identidad monolítica impuesta, vulgo ‘lo de aquí’, se resquebrajará para dejar que aparezcan perfiles nuevos e insólitos, unicornios políticos que volverán del exilio. Cuando acabó el franquismo, la Iglesia católica que había impedido durante la dictadura la libertad de enseñanza se convirtió en ferviente partidaria de ella: para seguir pidiendo centros subvencionados pero confesionales, clases de religión obligadas en el currículo y cosas por el estilo. Del mismo modo, el nacionalismo reclama ‘todos los derechos para todos’ cuando presiente que ha llegado a su fin el período en que podía limitar en nombre de la voluntad del pueblo y la identidad vasca los derechos de los disidentes, o sea, cuando ha pasado de imponer la simbología de su secta a verla por lo menos relativizada.

A fin de cuentas, a los parados en el devenir político e histórico que marcharon el otro día nadie les pide que se hagan el harakiri, aunque ellos parecen creerlo así. Sólo se les exige un moderado sacrificio: aceptar de una vez por todas la realidad. Y la realidad es que la ideología nacionalista -no digamos ya el independentismo- no es una obligación de todo vasco auténtico o el destino irremediable del país, sino una propuesta política entre otras, que tendrá que ganarse sus apoyos por vía de la persuasión y no con amenazas ni profecías apocalípticas. Y también es real que quienes de verdad renuncien al terrorismo deben abandonar esa práctica sin pedir como contrapartida que se les garantice que conseguirán por las buenas lo que exigían por las malas. Que se resignen a aceptar que al abandono de las armas no le va a seguir una entrega de premios, sino -todo lo más y en ciertos casos- una cierta generosidad en el alivio de los merecidos castigos. Y que la realidad va hacer resonar alto y claro una serie de opiniones y propuestas culturales, sociales o políticas que hasta ahora estaban acalladas por el estruendo ominoso de las explosiones y los tiros en la nuca. Se va a acabar la bula de la santa cruzada de liberación nacional, por cuya milagrosa dispensa gozaban de indulgencia plenaria quienes pretendían combatir el Estado -es decir, la democracia actual- aprovechándose de sus mecanismos y a la vez esgrimiendo el fantasma del Gran Hermano Terrorista.

Aceptar esas realidades no excluye otras ideas que las de quienes supusieron que cualquier cortapisa a sus deseos es una ofensa que justifica cualquier burrada. Las demás podrán sostenerse y proclamarse, pero sin ventajismos ni amedrentamientos. Y la tan reclamada educación para la paz es ante todo educación para comprender la realidad y aprender a mejorarla a partir de ella misma, pero no contra ella. Yo tengo la esperanza de que muchos de quienes marcharon parados el otro día lo hicieron por inercia, por rutina o por frustración de ambiciones que hasta ayer mismo tenían por irrecusables. Pero que incluso ellos empiezan también a moverse interiormente y a romper con su parón histórico: aunque eso les obligue durante cierto tiempo aún a caminar de espaldas para salvar la honrilla…

Fernando Savater