La marcha de los sonámbulos

Por Iñaki Unzueta, profesor de Sociología de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 28/06/06):

Miguel de Unamuno hizo en ‘De mi País’ una descripción del bocho, del Bilbao de su niñez y juventud. Cuenta que nació en 1864 en una casa de esa calle, amasada en humedad y sombras, que era la Ronda y que vio levantar las pesadas y presuntuosas moles del teatro Arriaga, la Diputación y el Ayuntamiento. Narra sus excursiones entomológicas por la encañada de La Salve, las caminatas por los bravíos collados de San Adrián y San Roque; las lecturas sobre los mullidos helechos en la espesura fresca de los hayedos de Buya; o las tardes de juegos y romanticismo por el paseo de los Caños. Y describe también Archanda y sus pliegues moteados por caseríos y chacolíes; y cómo los aldeanos y aldeanas envueltos en sus trajes de un azul desteñido arreaban a sus burros con las vendejas camino del Chorierri. Y también, cómo sus correrías le llevaron a los barrios altos de la ciudad, cerca de las minas del Morro y San Luis, donde se alojaban los mineros riojanos y castellanos enfundados en sus trajes pardos. Y en 1900, desde Salamanca coronaba sus reflexiones diciendo que se alegraba de que Bilbao se hubiera convertido en «la casa de todos», aunque a él ya no le deleitaban sus progresos e iba perdiendo las ganas de volver.

Sabino Arana nació en 1865 en su casa de las huertas de Albia, le separaban de Unamuno un año y la ría del Nervión. Pero, además, es el caso que Arana no sólo reparó como Unamuno en esas gentes de mirada torva, sucias y abatidas por el trabajo, sino que a partir de ese hecho, comenzó a elaborar una diabólica ‘énoncé’. En realidad, Arana no abordó el problema de los extraños desde una perspectiva conceptual nueva, se limitó a adaptar a las peculiaridades vascas el discurso que los establecidos realizaban sobre los extraños. El problema no era nuevo, guardaba similitudes con el fenómeno que siglos atrás habían abordado otras sociedades. En efecto, la quiebra del orden feudal tuvo como consecuencia la aparición de ‘hombres sin amo’, personas desligadas del feudo y del señor que, súbitamente aparecían y desaparecían provocando incertidumbre, miedo y angustia en comunidades en las que la seguridad se basaba únicamente en la ‘socialidad densa’, es decir, en cubrirse de capas de relaciones humanas. Las comunidades premodernas se perpetuaban y reproducían por la observación mutua, de modo que cuando saltaron los controles de la sociedad feudal y aparecieron personas sin identificar, comenzó una intensa labor de modernización que dio lugar a una nueva configuración social. Junto con la fábrica -el nuevo locus al que quedaron asignadas las masas que emigraban a la ciudad-, el control y la vigilancia sobre ‘los sin amo’ se estrechó con el surgimiento de prisiones, hospicios, hospitales, asilos y manicomios.

Empero, la diferencia entre la sociedad feudal abocada a la modernización y la sociedad vasca de finales del XIX es que ésta ya era plenamente capitalista. La inmigración no hizo saltar los controles sociales, el locus del obrero era la mina, la fábrica y el suburbio de la ciudad, pero la percepción de inseguridad en los sectores más arcaicos y reaccionarios fue similar: les infundían horror aquellas gentes vestidas de pardo que el domingo bajaban al Arenal. A Arana, la aparición súbita de los extraños le hizo ver que la sociedad que él conocía era una posibilidad entre otras, que ese mundo que él creía naturalizado, seguro y sólidamente fundado podía resquebrajarse y dar nacimiento a algo diferente. Y la respuesta que dio a ese proceso generador de ambivalencia fue la ‘énoncé’ nacionalista vasca: por un lado, se trataba de universalizar los patrones cognitivos y conductuales asociados con la amistad dentro de los límites del país, movilizando la solidaridad con una comunidad imaginada; y por otro, había que ocuparse del problema de los extraños.

Cuando Arana vio al primer extraño, descubrió que la sociedad no estaba ordenada por Dios, y que ese ‘fluir natural del mundo’ podía interrumpirse. A partir de ese momento fundacional, el nacionalismo comenzó un intenso proceso de intervención sobre la sociedad que aún hoy continúa. El problema que a Arana le obsesionaba era el desorden, la disrupción, la incoherencia, la ambivalencia. La prioridad era poner orden en el caos y para ello había que empezar por poner nombres a las cosas: de ahora en adelante, dijo, «a los extraños les llamaremos maquetos». Y con la estigmatización de unos vino el ensalzamiento de los otros. Maqueto: sucio, vago, taimado, impuro, delito, navaja. Vasco: trabajador, bondadoso, honrado, religioso, noble, confiado. «¿Qué ven/mis ojos?/Todo lo veo/perdido:/heredad, bosque,/monte y muralla/ciudad/aldea/y lo demás. /He aquí que el maketo/recién llegado /todo lo ha destruido/Prefiero morir/antes que ver/el fin/de la Patria» (Obras Completas de Sabino Arana, 1965, pp. 2405-2406). Sin embargo, el problema, como hoy lo sabemos muy bien, es que las medidas para reducir la ambivalencia crean más ambivalencia. Así, por ejemplo, son frecuentes las llamadas enfermedades iatrogénicas, es decir, las originadas por la misma práctica médica. También sabemos que, cada intervención tecnológica crea problemas nuevos: primeramente se utilizaban nitratos para incrementar las cosechas, el agua de regadío los disolvía y contaminaba las plantas purificadoras que, a su vez, utilizaban fosfatos para descontaminarlas, lo cual daba lugar a la aparición de algas tóxicas, etcétera.

La paradoja endémica del nacionalismo es que, de un lado, sabe que el orden no es natural, que la sociedad que conoció Arana era producto de las personas de aquel tiempo y que no intervino la mano de Dios; pero de otro, existe un ‘telos’ inmanente en su doctrina, cuando sostienen la creencia en la inevitabilidad histórica de su proyecto. Es decir, de una parte, el nacionalismo es un fenómeno de la primera modernidad porque interviene activamente en la sociedad para modificarla; y de otra, mantiene la idea de un pueblo vasco que estaría sometido a una suerte de leyes naturales, ahistóricas e inevitables, cuya meta final sería la parusía y la identificación consigo mismo. Por tanto, lo paradójico del nacionalismo es que cuando hemos alcanzado la segunda modernidad reflexiva, emplea métodos de la primera, para alcanzar objetivos premodernos. La paradoja es que apelan al derecho a decidir sobre una esencia y unos objetivos que ya están marcados y no admiten deliberación.

El objetivo del nacionalismo es eliminar la ambivalencia, expulsar la ‘extrañeidad’. Tienen por ello una concepción instrumental del orden social. Los desacuerdos son problemas de ingeniería social y de aplicación de las tecnologías correspondientes. La sociedad no se presenta como marco de resolución de discrepancias a través del acuerdo, sino como orden instrumental de resolución de anomalías que requieren el empleo de tecnologías. El poder define cómo diseñar y ordenar la sociedad, cómo eliminar las malas hierbas del jardín. Arana tensó el arco y lanzó una flecha hacia el futuro que no ha alcanzado todavía su objetivo. La expertocracia nacionalista realiza con rutina y minuciosidad una revisión del sujeto orgánico nacional y siempre encuentra algún defecto: pueden ser manchas, granos, acumulaciones de grasa o fatales tumoraciones, que precisan pequeños arreglos, liposucciones, cirugía invasiva o amputaciones. En ese afán incesante por ordenar, todo es inestable, todo tiene fecha de caducidad, el presente siempre es deficiente, por lo que, como dice Bauman, «se desechan con celeridad sucesivas versiones de armonía». Para el nacionalista, el pueblo está en marcha y toda estación es provisional. La meta es la pureza, la verdad absoluta, la armonía, el fin de la historia. Objetivos que continuamente se redefinen y que hacen necesarias nuevas intervenciones, por lo que los despojos acumulados invaden ya todo el recorrido y el hedor se vuelve insoportable. Se oyen voces ancestrales: «¿Avanzad, avanzad!»; mientras algún antiguo experto duda y tropieza con los restos. En ocasiones, cuando se atisba algún objetivo, la marcha purificadora avanza firme y decidida. En otras, cuando las órdenes son confusas, les embargan las dudas, pierde miembros, hace giros extraños y se trompica y tambalea.

La modernidad supuso progreso, razón y bienestar; pero también totalitarismo, dominio, humillación y fealdad. Hermann Broch, un sabio judío vienés, escribió ‘Los sonámbulos’, una obra que desenmascararaba el sonambulismo de muchas gentes que permitió la avenida del nazismo. Broch analizó magistralmente ese autoembotamiento con el que los hombres esconden a sí mismos su vacío con una hórrida buena fe, que, como dice Magris, «puede ser un atenuante, aunque más a menudo es un agravante, puesto que es el resultado de una prolongada labor de corrupción de la propia conciencia, aturdida, embriagada o empañada por la costumbre de la mentira y el mal, hasta el extremo de llegar a ser incapaz de distinguir el bien del mal». Horkheimer decía que podíamos señalar el mal, pero no lo absolutamente correcto. Por ello, Bauman aconseja que nos dirijamos hacia el futuro de espaldas, empujados desde atrás por los horrores del pasado, a los que no dejamos de encarar.