La marginalidad del PP vasco

«El PP recupera espacios de proyección, pese a tener dificultades para contener la pérdida de apoyos electorales. Su paradoja es esa: más relevancia con menos votos». Esta era la reveladora conclusión del periodista que cubría las informaciones del Partido Popular vasco en El Correo en diciembre de 2013. El PP del País Vasco no ha dejado de perder votos desde que María San Gil dejó su presidencia en 2008 al sospechar que el liderazgo de su partido no deseaba combatir ideológica y políticamente al nacionalismo hegemónico del PNV. El tiempo le dio la razón. Por eso era previsible el nuevo descenso de votos en las últimas elecciones municipales y su fracaso en las generales: ningún diputado al Congreso. En absoluto obedece semejante trayectoria a la supuesta radicalidad que Alfonso Alonso, presidente del PP vasco, atribuye al líder nacional. Precisamente Alonso es uno de los responsables del fiasco que ha convertido al PP vasco en un partido útil para el PNV e incapaz de desafiar la hegemonía nacionalista. En 2013, siendo Alonso portavoz del PP en el Congreso, se reunió, junto a la vicepresidenta del Gobierno Soraya Saénz de Santamaría, con la cúpula del PNV para tratar temas de Estado. «Un doble puenteo», escribió el profesor Chacón Delgado en El Correo: «El de los nacionalistas que puentean a sus homólogos del PP vasco y el de un dirigente del PP vasco que puentea a su propia presidenta».

Ante las elecciones de 2012, El Correo exponía los problemas de esa estrategia del PP vasco que camuflaba su pérdida de votos alardeando de una falsa relevancia: «Los bandazos del PP vasco en su viaje al centro (…). Basagoiti esconde su apuesta por un pacto con el PNV. (…) Internamente, los populares consideran que, si a estas alturas dieran por hecho sus preferencias por el partido de Urkullu, tirarían por la borda sus opciones en las urnas. Porque, en realidad, se mantiene la apuesta por la complicidad mutua. Al menos en la discreción». La periodista Tonia Etxarri describía en 2014 las implicaciones de ese «viaje al centro» pilotado por dirigentes que ahora encubren su ineficacia atribuyéndole a Casado un inexistente radicalismo: «Muchos de los que empiezan a aplaudir la moderación de Arantza Quiroga nunca votarán al Partido Popular». El «viaje al centro» constituía un nefasto encuadre estratégico al asumir que se venía de un extremismo con el que injustamente se identificó a María San Gil. Sigue vigente el análisis de Maite Pagazaurtundúa en 2014: «Hay un problema de fondo en el PP vasco, que es traumático y que no se ha terminado nunca de resolver. Tiene que ver con la salida de María San Gil -una mujer extraordinaria- del liderazgo. Eso, por un lado. Luego, el País Vasco es como un campo de reeducación». Como señaló Jon Juaristi hace unas semanas, «El PP de Euskadi se ha extinguido en justo castigo a su ambigüedad». La difusión de responsabilidad que Alonso pretende endosando a factores exógenos la debacle desvía la atención de las evidencias que demuestran que el PP vasco no debe ser liderado por los responsables de su agónica situación.

Tras la salida de San Gil, algunos medios elogiaron el «reformismo» de un PP vasco que, decían, había «salido de la trinchera». Javier Maroto, en 2012 alcalde de Vitoria y diputado, personificaba esa transformación que le fue restando votos hasta perder la alcaldía y su escaño al Congreso. Lo ilustran sus declaraciones en 2012 cuando el político popular criticó a su propio partido por su discurso «antivasco» desde el resto de España. Asumía la retórica nacionalista con enemigo exterior incluido aceptando ese genérico «Madrid» que, aducía, no entiende a los vascos. Como sintetizó Fernando Savater, populares y socialistas vascos han acabado ofreciendo «los mismos platos identitarios que los nacionalistas». Si la socialista Mendia brindó con Otegi, el popular Iñaki Oyarzabal bromeaba con el etarra en la tribuna de invitados del Parlamento vasco en 2016.

La sociología electoral vasca, con una cultura política nacionalista dominante, es compleja. Basagoiti, presidente del PP vasco entre 2007 y 2013 sostenía: «A veces es más difícil aguantar la exclusión social nacionalista que los asesinatos». La estrategia del PP vasco ante ese aislamiento ha ignorado la sensibilidad de muchos de sus votantes. PP y PSOE han normalizado como demócrata a Bildu tras su fraudulenta legalización. A Borja Sémper, que afirmaba en 2013 que Bildu «no es ETA», le desmentía la inapelable sentencia del Tribunal Supremo definiendo a la formación como «testaferro de ETA». Los tres concejales que Sémper mantiene en San Sebastián son vistos como un éxito de una forma de hacer política que precisamente es causa de la marginalidad de un partido superado por los diez concejales del PNV, los seis de Bildu y los cinco del PSE. Siete obtuvo el PP en 1995 tras el asesinato de Gregorio Ordoñez cuando iba a ser alcalde de la ciudad.

El declive del PP vasco refleja que se le recompensó en las urnas cuando combatió a ETA sin complejos en todos sus frentes, incluido el político y el ideológico. En cambio, su estrategia desde 2008 ha asumido como ciertas las críticas de sus adversarios. Su miedo a la exclusión, a la incomodidad en la sociedad vasca, le llevó a adoptar un discurso conciliador con el nacionalismo. Con ese giro hacia quienes demonizaron al PP vasco debilitó su posición ante electores potenciales. También con su base tradicional de la que se distanciaba para luego intentar movilizarla sin éxito al criticar en las campañas el carácter excluyente del nacionalismo. Un informe ignorado por la cúpula popular destacó en 2014 errores en el País Vasco como «Considerar que la posición del partido debe orientarse hacia la captura de voto del sector de población que pudiera calificarse como nacionalista moderado y reducir su mensaje a eslóganes sin demasiado contenido político con la aparente intención de ser tolerado como partido presentable en la sociedad vasca». Voces acalladas del PP vasco advirtieron internamente sobre la «falta de una estrategia sólida», y la «política pop», una «sobredosis de frivolidad» que valoraba más «la foto, la pose, por encima de los principios, las convicciones, los valores y nuestra particular historia». Otro cargo marginado advertía en 2014: «El PP, si decide orbitar en torno al PNV, no es probable que se beneficie sino que sea deglutido por el PNV». El primer gobierno autonómico sin el PNV, que el PSE formó entre 2009 y 2012 gracias al PP, mostró la renuencia de ambos a reforzar una identidad política no nacionalista. Renunciaron a desafiar la hegemonía nacionalista y aceptaron un modelo de final del terrorismo que indultó políticamente a ETA tras su derrota policial. Otra decisiva causa de la marginalidad del PP vasco.

En abril de 2018, Andoni Ortuzar, presidente del PNV, al salvar los presupuestos del PP se jactaba de que su partido «nunca había influido tanto en la política española». Días después apoyó la moción de censura contra Rajoy. El erróneo diagnóstico sobre los verdaderos intereses del PNV explica la crisis del PP y el panorama actual. Sánchez, el radical que pacta con golpistas, testaferros de ETA y nacionalistas vascos que desprecian la Constitución como «antidemocrática», es un moderado. En cambio se estigmatiza como radicales a quienes lo denuncian. Así se comprende la marginalidad del PP vasco empeñado en «viajar» eternamente «al centro», como lleva haciendo desde hace una década sin dejar de perder votos. Las consecuencias son dramáticas: la práctica desaparición de un partido nacional en una Comunidad Autónoma en la que se ha asesinado para eliminar el constitucionalismo; y la aceptación de que se debe regalar al PNV la gobernabilidad de Euskadi sin desafiar la hegemonía nacionalista, cediéndole además un inmenso poder en la política estatal. Thomas Paine corrige a los «centristas» que han inventado como chivo expiatorio una radicalidad ausente que, sin embargo, es necesaria para enfrentarse a ese nacionalismo falsamente moderado y desestabilizador del Estado a su conveniencia: «La moderación en el comportamiento es siempre una virtud. No lo es la moderación en los principios».

Rogelio Alonso es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de La derrota del vencedor (Alianza).

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