La mariposa de la moción de censura de Murcia y los indultos

Si la mariposa murciana hubiera volado todo lo bien que imaginaba Iván Redondo, no tendríamos indultos, sino elecciones anticipadas. Porque lo importante, para Pedro Sánchez, es comprar el máximo tiempo de estancia en la Moncloa.

La mariposa murciana estaba pensada para un laboratorio de Cheminova política. La doble moción de censura murciana tenía que coincidir, esa misma mañana, con el registro de varias mociones en la Asamblea de Madrid antes de que Isabel Díaz Ayuso tuviera tiempo de convocar a su Gobierno para disolver.

La mala pata fue no recordar que los miércoles por la mañana se celebra el habitual consejo de Gobierno en Madrid y que Ayuso no se arredra ante la adversidad. La presidenta disolvió antes de que pudiera prosperar la censura.

Los recursos que interpuso la izquierda madrileña durante esos días para intentar justificar que sus mociones estaban registradas antes de la disolución son la mejor demostración de la existencia del plan murciano de los hombres de Sánchez.

A la vez, o inmediatamente después, habría llegado la moción de censura en Castilla y León, que también llegó a presentarse. Y, puestos a soñar, quizá también en Andalucía.

Como es bien sabido, aquella jugada de ajedrez le salió rematadamente mal al barranquista. Pero, de haber funcionado según el tablero de Risk de Pedro Sánchez, la crisis en el PP habría sido de aúpa. Pérdida, de una tacada, de Murcia (Gobierno regional y Ayuntamiento), Comunidad de Madrid y Gobierno de Castilla y León.

Y cuando la bola de nieve echa a rodar cuesta abajo puede llevarse por delante cosas inimaginables.

De haber salido todo según maquinaba el ajedrecista, su jefe habría tenido alfombra roja para convocar elecciones este mismo verano o, a más tardar, en septiembre. El PSOE se habría ofrecido a los españoles frente a una derecha destrozada (y enfrentada) por la pérdida inesperada de la práctica totalidad de su poder territorial.

La oferta habría podido incluir una nueva alianza centrista y moderada (que ha quedado inédita) entre el PSOE y Ciudadanos para sustituir al impopular Frankenstein. Una moderna alianza de socialdemocracia centrada para gestionar los fondos europeos y alejarse de los extremos de la doble derecha, por un lado, y de los indeseables socios de Frankenstein, por el otro.

No pudo ser. La desaparición de Ciudadanos en Madrid y el impresionante éxito de Ayuso en las urnas dan una medida del rechazo de la gente del común a los juegos de laboratorio del ejército monclovita.

Muy posiblemente, Sánchez esté más cómodo con sus socios de censura que con una coalición centrista. Pero él es hombre de comodidades adaptables. Porque lo que es seguro es que con quien está realmente cómodo el presidente es con El Presidente. Consigo mismo para presidir el Gobierno, cualquier Gobierno, a cualquier precio.

Tras la derrota de la izquierda el 4 de mayo pasamos del PP destrozado a un PP disparado sin restarle ni un solo escaño a Vox. En el ascenso del PP de Ayuso de 30 a 65 escaños aún quedó uno más de propina para el Vox de Rocío Monasterio.

Pasamos del PSOE victorioso al PSOE que cede hasta el primer puesto entre los perdedores. Al PSOE que se deja ganar por una candidata perfectamente desconocida de un partido inexistente en el conjunto de España (Mónica García y su Más Madrid).

Pasamos de la quimera de un PSOE coligado con los centristas de Ciudadanos a un Ciudadanos que no traspasó el umbral del 5% para obtener escaño y que en campaña intentó, para no perderlo todo, reivindicar su papel de apoyo al PP. A ese mismo PP contra el que pretendía una moción de censura que no llegó a prosperar.

De un imaginario PSOE invicto a la demostración de que (al menos en Madrid) la suma de votos del centro y la derecha es capaz de superar holgadamente el entorno del 50%.

Ese no es un panorama propicio para un adelanto electoral. Nadie convoca para perder hasta que no tiene más remedio. Toca atrincherarse, esperar un momento propicio o, si no surge, agotar la legislatura. Eso fue lo que anunció Sánchez tras el 4-M. Dijo que le quedaban 32 meses y filtró que intentará llevar la XIV legislatura hasta enero de 2024. Toca aguantar. Y hacerlo por tanto tiempo exige cumplir con los compromisos adquiridos con sus socios de investidura.

Por eso es tiempo de indultos engalanados de Nueva Transición. No tiempo de perdón o de ley, sino de cumplimiento de los requisitos para seguir más tiempo en la Moncloa.

Después de ver cómo se ha gestionado la gracia, es muy difícil sostener que el presidente Sánchez no tuviera pactado, desde el inicio, tan magnánima solución como contraprestación al apoyo a su Gobierno. La burla de Gabriel Rufián a Pedro Sánchez en los dos últimos plenos lo confirma: los indultos fueron un acto de necesidad, no de valentía.

Circula desde hace meses por internet un vídeo de Quim Torra en el que el ya olvidado expresidente autonómico catalán disecciona el carácter de Sánchez. El prestidigitador, le llama. “Sánchez es un presidente que quiere ser presidente y que no tiene ningún problema para aliarse con quien sea, cambiar las políticas que sean, hacer que aparezca una mesa de negociación por aquí o una reforma de sedición por allá, lo mismo da, para poder continuar siendo presidente”.

Lo más terrible del prestidigitador es que la única respuesta que se escucha entre quienes deberían ser críticos (sin ser la oposición) es ese dramático “¡claro!” que confesó el nuevo líder del PSOE andaluz, Juan Espadas, en una entrevista radiofónica con Carlos Alsina.

–¿Apoya usted los indultos?
–Claro.
–¿Y apoyaría lo contrario si así lo dijera Sánchez?
–Claro.

A tan militante claro se suma una fe repentina que han decidido compartir ateos, agnósticos y sólidos creyentes de la más variada condición. Es la fe en el poder. Una fe impostada en un Gobierno que se anuncia durará otros dos años y medio, y que tiene entre manos el reparto de 140.000 millones de euros de fondos europeos.

Durará, si dura, gracias a la consolidación del Frankenstein, y tiene una treintena de meses por delante para implorar el perdón del votante y confiar en que se disipen las toneladas de desafección ciudadana que han provocado los indultos. O puede dedicar su treintena de meses a cambiarlo todo, con lo que quiera que sea esa Nueva Transición.

Si la mariposa murciana hubiera hecho el vuelo correcto esto se podría haber evitado. Sánchez habría incumplido con sus socios. ¿Y? Sería un nuevo Sánchez, más europeo, más centrado, más socialdemócrata. Ahora tenemos al Sánchez más peligroso. A uno que reclama espíritu constituyente como arquitecto de su Nueva Transición.

En el debate de los indultos del 30 de junio, Sánchez declaró que no habrá referéndum de autodeterminación. La burla del diputado Rufián le dolió especialmente. “Eso mismo decía de los indultos”. ¡Un hombre de palabra!

Pero en el tablero de Stratego monclovita todo es posible. Con el espíritu constituyente del presidente Sánchez podremos ir de la ley a la ley y del referéndum al referéndum sin decir autodeterminación. Si es necesario, lo harán posible.

Sánchez ha comprado tiempo. Lleva tres años de presidente y confía en haber cerrado la adquisición de otros dos años y medio. Los querrá llenar de sorpresas para un nuevo y creativo diseño político de magnánima convivencia confederal y diversa.

Hay motivo para temernos lo peor. O, mejor, para plantar cara a todos sus excesos. De nosotros depende.

Pilar Marcos es diputada del PP en el Congreso de los Diputados y periodista.

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