La matanza del día de San Valentín

Por Pedro. J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 23/02/03):

Horas después de la sesión abierta en la que Hans Blix había informado sobre el estado de la cuestión iraquí ante la mayor y más planetaria audiencia de la historia de la ONU, el inspector jefe volvió a reunirse, esta vez a puerta cerrada, con los quince miembros del Consejo de Seguridad. Como quiera que, a juicio de varios de los reunidos, en esta segunda comparecencia puso mucho más énfasis en la botella medio vacía de los incumplimientos de Sadam, una de las personas sobre las que ha recaído la responsabilidad de fijar la posición de la comunidad internacional en la crisis, le cogió a solas y le preguntó con cierta perplejidad por qué por la mañana había valorado tanto la botella medio llena de los indicios de mayor cooperación de Irak. Blix se quitó las gafas y, con la misma serenidad y precisión de veterano jurista que caracterizan sus informes, respondió: «You must understand, I can’t bear to be the trigger».

La frase todavía resuena en los oídos que la escucharon: «Compréndame -al parecer todos los protagonistas de este drama necesitan que les comprendan-, yo no puedo soportar ser [quien apriete] el gatillo».

Hans Blix había puesto cara de no romper un plato. Sin embargo, en esa jornada histórica en la que Igor Ivanov -desde Rusia con amor- se había permitido ironizar sobre lo alegórico que resultaba estar optando entre la guerra y la paz precisamente en el Día de los Enamorados, las palabras públicas del alto funcionario sueco habían causado ya una carnicería política sólo comparable a la que sufrieron los chicos de Bugs Moran alineados contra la pared del garaje Cartage de Chicago en el día de San Valentín de 1929.

Paradójicamente los cadáveres que de forma simbólica yacían acribillados en su credibilidad al pie del sudario con el que había sido preciso envolver la reproducción mural del Guernica, regalo de Rockefeller a la ONU -no fuera a ser que el relincho del caballo importunara a los ingenieros de la guerra preventiva-, eran los de los jefes del partido belicista, Bush, Aznar y Blair, y los de sus ministros de Asuntos Exteriores, Powell, Palacio y Straw.

Al relanzar las expectativas de un desarme pacífico de Irak, al mencionar expresamente la posibilidad de que Sadam no tenga ya armas de destrucción masiva y sobre todo al poner en evidencia la debilidad de las «pruebas irrefutables» presentadas por el secretario de Estado norteamericano, Blix sí que había apretado el gatillo -claro que lo había hecho-, pero de su ametralladora dialéctica no habían brotado balas sino un sinfín de claveles, margaritas y hasta tréboles de cuatro hojas que los hijos de los flower children del 68 se apresuraron a recoger y a pasear al día siguiente por las avenidas más anchas de las ciudades más grandes de la Tierra. «Make tea, not war», le dijeron en Londres a Blair, riéndose sardónicamente de sí mismos y de sus mayores.

¿Habrán comprendido los partidarios de hacer la guerra el mensaje de que la Humanidad prefiere «hacer el té», a menos que se demuestre fehacientemente no ya que Sadam tiene armas prohibidas y conexiones prohibidas, sino que las unas y las otras constituyen una amenaza tangible e inmediata para alguien? Desde luego no parece que en esa condición de amenazado se encuentre Turquía, un vecino con miles de kilómetros de frontera con Irak, al que, a juzgar por las indignadas apelaciones que durante varias semanas han lanzado los halcones en la OTAN, había que apresurarse a defender con las más sofisticadas armas protectoras y que, sin embargo, a la hora de la verdad está afrontando el asunto con la fría mentalidad mercantilista de quien discute el precio que deben pagar los señoritos para alquilar el coto y celebrar su batida de perdices.

«El único problema es que el 94% de los turcos se opone a la guerra contra Irak», comentaba el otro día el ex embajador de Estados Unidos en Ankara Morton Abramowitz, mientras a sus colegas del Pentágono se les llevaban todos los demonios al no saber qué hacer con la treintena de barcos apelotonados frente a los puertos del vientre sur de la península de Anatolia, llevando a bordo los 9.000 vehículos de la Cuarta División de Infantería, facturados hasta allí desde su base texana de Fort Hood. Descargar o no descargar, esa es la cuestión, la duda metódica, el dilema hamletiano de Donald Rumsfeld. Si quiere hacerlo ya sabe que el peaje son 32.000 millones de dólares. Pero él ofrece sólo 26.000… Bueno, de acuerdo, cerramos el trato, acaba de proponer el Gobierno subastero de Estambul, si 15.000 son al contado o pagaderos en menos de un año; y esa es ya nuestra última oferta, así que la tomáis o la dejáis. Quince mil millones al contado a la una, quince mil millones al contado a las dos…

Si el Pentágono dice no, como los feriantes con voluminosas atracciones de autos de choque, tendrá que buscarse otro descampado por el norte o conformarse con iniciar el safari desde el sureño Kuwait y lanzar a la 101 Aerotransportada hacia el Kurdistán, atravesando el territorio iraquí de cabo a rabo en un sprint sólo equiparable al que debió realizar el terrible quimioterrorista Al Zarqawi cuando nada más amputada su pierna en Bagdad -vuelvo a ello semana tras semana- se echó a la carretera para unirse a las milicias de Ansar al Islam y proporcionar al mundo la prueba definitiva del jumellage entre Sadam y Bin Laden.

Si el 94% de los turcos está contra la guerra, ¿cómo no vamos a estarlo también el 94% de los españoles a los que nos queda infinitamente más lejos? De ahí la deriva hacia el abismo en la que parece empecinarse el Gobierno Aznar. En un cuarto de siglo de democracia y demoscopia jamás había visto un vuelco de cinco puntos en intención de voto en el plazo de un mes como el que refleja el sondeo de Sigma Dos que publicamos hoy. No me extraña que en el PP y en el propio Gobierno todo sean cuchicheos recelosos sobre cómo se ha podido perder tan abruptamente la sintonía con la calle.

Entre los principales daños colaterales del ametrallamiento pacifista de hace 10 días en el edificio de la Primera Avenida, la pérdida de la ubicación centrista del ejecutivo español fue uno de los más difícilmente reversibles. En el abanico del Consejo de Seguridad que va del 1 (Estados Unidos) al 15 (Francia) nuestra posición no quedó situada ni en las anheladas estribaciones que sobrevuelan las palomas, ni en la perfecta equidistancia de los lugares 7 u 8, ni siquiera en la zona templada de sus alrededores, sino que claramente quedamos hundidos en un embarazoso puesto número 2, pues ni siquiera el Reino Unido apareció tan escorado hacia la posición de Washington. O sea que el único centro que por desgracia ocupa hoy por hoy el Gobierno español en la escena internacional es el centro de la extrema derecha. Nunca el PP había hecho nada parecido durante estos años. No era para esto para lo que yo pedía hace dos meses que Aznar «volviera» y lanzara su último hurra.

Que nadie pretenda endosarle a Ana Palacio culpas que no son suyas. Es cierto que en algún momento pareció tan pequeña y desvalida en el proscenio del gran teatro mundial como la Susan Alexander de Ciudadano Kane cuando el arrogante magnate la hace debutar como cantante de ópera en Salambó y la cámara de Orson Welles se ensaña con su parálisis facial. Pero la ministra de Exteriores sigue siendo la misma mujer competente, preparada y reflexiva cuyo nombramiento se sacó el presidente de la chistera este verano, pese a sus advertencias de que la convalecencia de su grave enfermedad podía condicionar el desempeño de sus funciones. Ahora ha tenido la valentía de hacerse una pública autocrítica, en un terreno especialmente incómodo para una mujer con amor propio, al explicar que cuando le tocó hablar estaba reventada, pero no ha dicho que es muy probable que lo que le pasó tenga que ver con las secuelas de su tratamiento de quimioterapia.

En todo caso, no nos llamemos a engaño. Es cierto que si Miquel Roca hubiera aceptado la cartera de Exteriores -o si la hubiera seguido desempeñando Piqué-, habría sido posible enmascarar un poco más el escaparate de la posición española. Pero el problema esencial no es otro sino el alto grado de afinidad intelectual que se ha ido decantando en el Aznar de esta segunda legislatura con la concepción del mundo de la Administración Bush y con las doctrinas de política exterior que de ella vienen derivándose tras el 11-S. Es cierto que el afán por acabar con ETA es una de las principales motivaciones de ese acercamiento, pero no tanto por las ayudas concretas que nos está proporcionando Estados Unidos -en todo caso mucho menos importantes que las francesas- como por la consideración de la lucha contra el terrorismo, entendida de forma global y omnicomprensiva, como la principal frontera del conflicto entre lo que los exégetas del nuevo exclusivismo norteamericano, denominan el Mundo del Orden y el Mundo del Desorden.

Es una nueva bipolaridad en la que cabe todo: en el primer cajón de sastre estamos los fieles guardianes de la pax americana, concebida como un imperialismo benévolo al servicio de la globalización y en el segundo el tótum revolútum del «eje del mal», los «estados gamberros», el funda- mentalismo islámico, los grupos terroristas de inspiración marxista, las tramas del narcotráfico y la mafia internacional y hasta, si se apura un poco, los movimientos antiglobalización.Al Mundo del Orden no sólo le corresponde ejercer labores de policía en todo el orbe, bien sea mediante el control de instituciones multilaterales como la ONU o la OTAN, bien sea mediante esas coaliciones de voluntarios en las que, por cierto, la gran prensa norteamericana equipara el peso de España con el de Letonia, sino que también tiene como misión aprovechar cualquier oportunidad crítica para exportar su modelo e implantar su cultura política en aquellas regiones de la Tierra que aún no tienen la dicha de disfrutar de ella.

Eso es lo que está en marcha en Irak bajo las más enfáticas y volubles coartadas. Tendría gracia -maldita gracia- que la leve desviación en el alcance permitido de unos cohetes, incluidos en la documentación suministrada por Bagdad, fuera a convertirse en el último pretexto -suministrado a modo de compensación por un Blix equilibrista- para iniciar un ataque con armas que la Humanidad debería haber prohibido hace tiempo, como las últimas variedades de bombas de racimo, mucho más mortíferas que los Al Samud y tan crueles y devastadoras como las de origen químico.Eso es lo que se pretende autorizar mediante la Segunda Resolución de la ONU que tan servicialmente nuestro gobierno se afana en ayudar a cocinar: la conquista por la fuerza bruta de un país para cambiar su régimen por «razones morales».

En esas «razones morales», invocadas por un Blair a la defensiva tras las manifestaciones del pasado fin de semana, confluyen en realidad desde la codicia más descarnada sobre los recursos petroleros hasta el idealismo más bobalicón respecto a las posibilidades de democratizar Irak. Desde que al término de la Primera Guerra Mundial Winston Churchill -con el asesoramiento del coronel Lawrence- decidiera reunir tres provincias del antiguo Imperio Otomano, convertirlas en reino y colocar en el trono al hijo listo de su aliado el sharif de La Meca -el hijo tonto quedó reservado para Jordania-, en Irak no ha habido, en sus más de ochenta años de existencia, ni una sola transferencia pacífica de poder: todos sus mandatarios han sido depuestos o asesinados. Imaginar que en ese erial va a germinar de la noche a la mañana, con un general norteamericano como hortelano, un jardín de libertades cuyos frutos serán las semillas que a su vez contagien a Siria e Irán es, como ha escrito Anthony Lewis, «incurrir en la más peligrosa de las ilusiones políticas: el utopismo, la fe en las soluciones perfectas, el rechazo de la búsqueda del cambio gradual y paulatino que usualmente caracteriza los afanes de cualquier líder político».

Para Stanley Hoffman se trata de «un optimismo lleno de reminiscencias del desastroso wishful thinking que condujo a la guerra de Vietnam» y por eso advierte que «a la hora de la verdad nuestro intento de eliminar a Sadam y a sus armas puede, de hecho, provocar el mismo desastre que decimos estar intentando prevenir». Aunque el respetado profesor de Harvard sólo se refiere en principio a los riesgos de un notable incremento de los sentimientos antinorteamericanos y sobre todo del terrorismo en Oriente Medio, algunos de los acontecimientos que discurren en paralelo a esta crisis con Irak sugieren ya que el Mundo del Orden puede estar a punto de tener que afrontar un terrorífico efecto boomerang a escala planetaria.

Aunque en España haya pasado completamente desapercibido y en los propios Estados Unidos sólo haya concitado la atención de los especialistas, no es posible soslayar la gravedad de lo que dijo el martes 11 de febrero el director de la CIA,George Tenet, en una comparecencia con luz y taquígrafos ante el Senado: «El ejemplo de los nuevos Estados nuclearizados que parecen ser capaces de disuadir las amenazas de Estados más poderosos simplemente exhibiendo su armamento nuclear, resonará profundamente entre otros países que quieren entrar en el club de las armas nucleares.El deseo de obtener armas nucleares está en auge. Nuevos países pueden decidir buscar armas nucleares si queda claro que sus vecinos y rivales regionales ya lo están haciendo. La teoría del dominó en el siglo XXI será probablemente nuclear».

Según Tenet, «hemos entrado en un nuevo mundo de proliferación nuclear» porque además de la reactivación del programa atómico de Corea del Norte y los fallidos intentos de Sadam, también Irán y Libia están tratando de hacerse con la Bomba por antonomasia y a Pakistán y a la India ya no hay quien les pare. Total que -sigue hablando Tenet- «durante el último año han cambiado más cosas respecto a la proliferación nuclear que respecto a ningún otro asunto». No parece ninguna casualidad que ese sea también el periodo transcurrido desde que Bush demonizó a tres de esos países y comenzó activamente a preparar la invasión de uno de ellos que ahora pretende consumar. Es el director de la CIA y no otro quien dice que los demás están aprendiendo la lección y se están aplicando el cuento, pero exactamente en la dirección opuesta a la conveniente para un sistema de seguridad global.

La portentosa consecución y difusión por parte de un colectivo pacifista de Los Alamos de las actas de la reunión celebrada el mes pasado por el grupo de científicos que asesora al Pentágono en materia de armamento nuclear, debería encender también nuevas señales de alarma. La, al parecer, ya muy avanzada iniciativa de desarrollar bombas atómicas de acción limitada -corroborada por algunos de los planes militares filtrados por Estados Unidos respecto a la propia campaña de Irak- no sólo terminaría por hacer trizas el Tratado de no Proliferación, sino que antes o después desembocaría en la transferencia de esos nuevos ingenios maléficos -tal y como sucedió con el ántrax, el gas nervioso o las cepas de viruela que pueda tener Sadam- a los mismos grupos y países que alientan nuestras peores pesadillas.

Es imposible mirar para otro lado. Es ineludible seguir diciéndolo semana tras semana, en cuantas páginas sea preciso. Cada ciudadano es tan responsable como el primer ministro de su país de lo que nos depare el futuro. La información, todos los datos para entender el problema están al alcance de quien quiera obtenerlos. Irak es sólo un test, un intento de arrastrar a la comunidad internacional hacia un nuevo campo de juego, con reglas completamente diferentes a las que han estado en vigor hasta ahora. Basta imaginar lo que supondría aplicar esta misma doctrina del ataque preventivo al dominó del siglo XXI descrito por el director de la CIA para entender que caminaríamos hacia el suicidio colectivo. No, no lo podemos consentir. En defensa de los valores occidentales y del vínculo transatlántico debemos aislar a la Administración Bush porque cuando eso suceda también será su propia opinión pública la que termine abandonándola. A uno y otro lado del Atlántico tenemos que cambiar de política. O -en último extremo- de políticos.

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