La materia prima

Por Félix de Azúa, escritor (EL PERIÓDICO, 30/10/05):

Será una deformación que les viene de cuando “hacer política” significaba conspirar entre unos pocos, rodeados por el enemigo, y proyectar un Estado en el que ellos mismos en tanto que poder único definirían qué era lo democrático y qué no lo era. Vivían una quimera y era emocionante. La policía podía hacer mucho daño, aunque en general no lo hizo a quienes han sobrevivido. Los muertos en el calabozo, los torturados hasta la agonía, fueron, sobre todo, sindicalistas, obreros, gente sin contactos, gente llegada hacía pocos años a Barcelona. La experiencia de la clandestinidad ha sido funesta para la construcción del imaginario político catalán. El profesional actual, lo sepa o lo ignore, actúa como un político clandestino y hace una política clandestina. No tiene en la cabeza nada más pequeño que un Estado. Es un defecto serio, ya que toda su lucha se dirige al vacío, toda la acción se lleva a cabo a oscuras, y como el boxeador sonado que lanza golpes incapaces de alcanzar al adversario, estos políticos se desequilibran entre ellos mismos y acaban cayendo al suelo víctimas de su impericia. Luchan con toda su alma contra un fantasma y hacen grandes aspavientos a ciegas, pero luego, sin venir a cuento, se abrazan y besan eufóricos, como una columna de invidentes que llegara, por fin, a Lourdes. Incapaces de enfrentarse al objeto real de la política democrática, es decir, resolver asuntos poco heroicos como el transporte público, el precio de la vivienda, la increíble incompetencia de la educación en Catalunya, el abuso de los poderosos o el crimen organizado, nuestros representantes utilizan a sus votantes como la materia con la que vivir heroicidades virtuales.

No pueden derribar policías a caballo, pero pueden perseguir a los tenderos que no etiquetan en catalán. Ya es tarde para encarcelar a Arias Navarro, pero pueden machacar a los escolares con una Historia Mítica. Ellos nunca serán el Estado, pero exigen a sus votantes un trato de jefe de Estado con himnos, banderas y sollozos. Y ya que hubieron de vivir la humillación de que el dictador se les muriera en la cama (aunque, eso sí, entre atroces tormentos), lo compensan soñando que algún día sus hijos serán embajadores de un pueblo menestral y hacendoso en el que por fin ya nadie hablará en español y los escolares musitarán El cant del ocells antes de irse a dormir.

A TODO LO CUAL lo llaman “entregarse en alma y cuerpo a Catalunya”, como decía José Antonio acerca de su propio fantasma, y están siempre afirmando que Catalunya quiere esto o Catalunya exige aquello, como si recibieran llamadas de los conejos del Empordà y de las peladas lomas volcánicas de la parte de Olot. Viven en un país clandestino y diminuto, del tamaño exacto del Parlament, y creen que la mitad de los habitantes de su país no sabe hacer de catalanes. Por eso se agotan en una pedagogía infantil, dictando cómo debe comportarse un ciudadano para ser recibido de catalán según el gusto de los señoritos, como si vivieran en una fortaleza rodeada de caníbales. La clandestinidad produce paranoia. Por ejemplo, esa obsesión de que “hay que hacer algo por Catalunya”. ¿Qué Catalunya? ¿La de los consejeros de La Caixa, o la de los que tocan el bongo en las Ramblas? Los católicos nacionalistas y los nacionalistas rurales afirman que la Patria está por encima de las clases, y me parece coherente, pero… ¿los socialistas? ¿Acaso suponen que el dineral que caiga con el Estatut será repartido entre los pobres?, pues el entusiasmo estatutario del Señor Conde, en el matutino que representa a las clases acomodadas barcelonesas desde Primo de Rivera, es un síntoma de a quién beneficiará el Estatut.

Lo único que ganaremos los ciudadanos son 60.000 funcionarios más. Los actuales 140.000 de la Generalitat parece que son insuficientes, no hacen Estado. Mala noticia. No hay nihilista más destructivo que el probo funcionario. Se lo dice un funcionario. En fin, los antiguos héroes de la clandestinidad están en lucha total y a muerte, día y noche, con sus delirios, se sacuden guantazos entre ellos a falta de enemigo verdadero, e incluso le ordenan al president hacer el pino y el president se pone patas arriba. De modo que cada vez que afirman con total seriedad que todo es un desastre por culpa de Madrit, se oye una inmensa carcajada en el cielo, donde están los pocos sabios que ha dado esta tierra, allí están Pla, Dalí, Xammar, allí también Sagarra y Gaziel, e incluso si me apuran Tarradellas, muertos de risa.

SIN EMBARGO, mientras no haya más oferta política no nos queda más alternativa que la resignación. Al igual que en Italia, en donde es incomprensible que los ciudadanos aún acudan a votar después de medio siglo de cleptocracia, corrupción, crimen y cinismo, así también aquí, a una escala más triste, rural, levítica, nos las hemos de arreglar con el poder que nos ha organizado el poder. Ahora bien, que no cunda el desánimo. Todos recordamos que un buen día las librerías de viejo se llenaron con las obras completas de José María Pemán, de Fraga, de Luca de Tena, en perfecta compañía con las de Stalin y Mao. De pronto, sin previo aviso, todo aquello en lo que creían los héroes, había muerto. Fue algo inesperado y augusto, como una aurora boreal o un ciervo. Así también veremos, algún día, la inmensa maraña de retórica nacionalista y mítica, amontonada en los mercadillos junto con novelas del Coyote y fascículos de Muñecas. Porque nada es tan efímero como la ideología. Sobre todo, la de derechas.