La mayoría rota

Querido J:

La situación de Venezuela se ha convertido en una inesperada piedra de toque de la política española. Esta semana el ex presidente Felipe González viajó a Caracas a defender las libertades amenazadas por el régimen chavista y a interesarse, en lo concreto, por la delicada suerte que corren los opositores encarcelados. El desarrollo de su viaje, y la consiguiente prohibición del régimen de que visitara a dos de los encarcelados, Leopoldo López y Daniel Ceballos, fueron exponentes por sí solos del trance por el que pasan los demócratas. Esta actividad de González se une a la que lleva desarrollando desde hace tiempo el ex presidente José María Aznar. Aparte de mostrar cuál es la forma mejor y más eficaz de ser un egregio jubilado político, la actividad conjunta de los dos ex presidentes organiza un interesante frente común de beligerancia democrática. Aznar y González han sido encarnizados enemigos; no distingo en la política española una animosidad como la suya, que ha sido política y también personal. Deben de quedar rescoldos, porque lo cierto es que, respecto a Venezuela van juntos pero no revueltos.

La mayoría rotaSin embargo, la animosidad aún viva o sus rescoldos aún humeantes no impiden deducir la importante lección política en clave española que cabe deducir de su empresa venezolana. Este jueves, Felipe González participó en un acto en Madrid de homenaje a Miguel Henrique Otero, director del diario El Nacional. No consiguió cumplir su deseo de no mezclar la situación venezolana con la española. Hasta tal punto no lo consiguió que se diría que ni siquiera era su deseo. No solo ironizó con desprecio sobre Podéis: «Prefiero contestar a Maduro que contestar a sus monaguillos». No sólo les amenazó: «Probablemente tengo más información de la que se tiene en España» [sobre las relaciones entre Podemos y el chavismo]. La cuestión importante es que irrumpió directamente en la actual coyuntura de pactos española: «No se pueden conformar mayorías para ocupar sólo instituciones. Las mayorías tienen que dar estabilidad y coherencia a la acción de gobierno».

Las dos Españas de hoy se pueden definir perfectamente respecto a Venezuela. Está la España de Joan Tardà («Late el corazón y la contestación de millones de personas que valoran la tarea desarrollada por Chávez y el papel histórico ejercido por la revolución bolivariana para el progreso social y económico de las clases populares»), la de Bildu («Valoramos la labor histórica de Chávez e instamos a la ciudadanía de Venezuela a seguir trabajando en el camino de la revolución bolivariana»), la de Compromís (Joan Ribó: «Mi homenaje a Hugo Chávez. Con ellos comenzó la ola de crecimiento y justicia en Sudamérica que hoy es hegemónica»), la de la monja Forcades ([El cáncer que padecía Chávez] es consecuencia de poner en riesgo la vida biológica por el sentido de la vida plena»), la del BNG («¡Viva la revolución bolivariana!»), la de Cayo Lara («A Felipe González se le ha parado el reloj. Sigue pensando que se puede ir a América Latina como un colonizador»), la de Podéis (Pablo Iglesias: «Hugo Chávez era la democracia de los de abajo. Era la democracia de las mayorías sociales. Era la democracia. Era un escrache para los poderosos. Por eso le temían y por eso le siguen temiendo»), e incluso la de Manuela Carmena, sus labores («Tampoco yo soy una politóloga, no soy una persona que esté leyendo mucho todas las noches sobre asuntos internacionales, reconozco que la política como tal tampoco me interesa mucho»).

Luego está la España, inequívocamente antichavista, del Partido Popular y de Ciudadanos. La pregunta subsiguiente, y del máximo interés político y público es dónde está el Psoe respecto a Venezuela, que hoy es decir respecto de la libertad. No hay duda de dónde está Felipe González. ¿Pero dónde está el Psoe en Madrid, en Valencia, en Cádiz, en La Coruña, en Zaragoza, en Vitoria y por supuesto en Barcelona? Venezuela, obviamente, no es un problema de política exterior. Como tampoco lo es Cuba, desplazada provisionalmente del foco, pero donde el arrasamiento de los derechos humanos es más antiguo y tenebroso. La evidencia es de una cierta brutalidad: la socialdemocracia del frágil Pedro Sánchez prefiere el entendimiento con el magma antivacunas, cerril, anacrónico, populista e inmoral de la extrema izquierda española antes que con el liberalismo ¡socialdemócrata! del Partido Popular. Ninguno de los aliados de este insólito partido socialista viajarían con Felipe González a reclamar la libertad de los presos de Venezuela. Y el que menos, Podéis, al que el chavismo interpela como el paciente del chiste a su dentista: no, no vayamos a hacernos daño.

Es probable que Aznar y González no se hayan apeado de su antipatía mutua. Pero la confluencia de su visión del mundo y de la libertad es sombríamente meditable para el Partido Socialista. El espacio de la razón, del sentido común y de la democracia es ampliamente mayoritario en España, y de él forma parte la inmensa mayoría de los votantes del Partido Popular y del Psoe. Quien lo está rompiendo (como lo rompe la derecha francesa cuando pacta con Le Pen), propiciando mayorías estupefacientes, casi lisérgicas, donde cuenta el poder y no el gobierno, es el Partido Socialista. Al que este González venezolano observa con una mezcla, apenas disimulada, de rabia y desaliento.

Sigue con salud

Arcadi Espada

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