La medalla de oro de Sánchez

Los errores en la gestión de la pandemia se intentan ocultar detrás de la cortina de humo de balances triunfalistas que no han fallado ni en los momentos más duros. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, afirmaba el jueves que «España tiene la medalla de oro de la vacunación». No es cierto. Según Our World in Data (Universidad de Oxford), una de las fuentes más fiables, en esa fecha tanto Canadá como el Reino Unido tenían una proporción mayor de personas vacunadas, mientras que en otros países europeos las cifras son similares a las de España aunque algo inferiores (la mayoría, alrededor del 60%). Donde sí nos llevamos la medalla de oro es en la tasa de infectados que el 29 de julio ya había superado al Reino Unido, era dos veces mayor que la de Francia, tres veces mayor que la de EEUU, siete veces mayor que la de Italia y más de 20 superior a la de Alemania o Canadá. La otra medalla de oro nos la llevamos en la tasa de test positivos muy superior a la del resto de países, lo que indica que la cifra oficial de infectados es una infravaloración portentosa. Por tanto, en lugar de tanta publicidad engañosa, vamos a intentar comprender cómo hemos llegado a este punto.

La medalla de oro de SánchezNos tenemos que retrotraer al 21 de mayo cuando Sánchez declaró: «Desde el lunes, España estará encantadísima de acoger a todos los turistas británicos. Son bienvenidos a nuestro país, sin restricciones ni requisitos sanitarios». Y por si algún inglés despistado no lo había comprendido, o por presumir de hablar idiomas, lo repitió en inglés. Y así se abrieron las puertas de nuestro país a la variante Delta. De par en par.

Unos días antes había comenzado el show de la cuenta atrás hasta el día en que supuestamente alcanzaríamos la inmunidad de grupo. El 10 de mayo, Sánchez afirmó «Estamos a 100 días de la inmunidad de grupo». Un cálculo equivocado y engañoso, que la entrada de la variante Delta convirtió en imposible. Esta decisión política, supuestamente tomada para fomentar el turismo en nuestro país, cambió drásticamente la dinámica del Covid. Y supuso un portazo a la incipiente temporada de verano en la que tantas esperanzas habíamos depositado para recuperar nuestra maltrecha economía. No pretendo decir que esta decisión sea la única causa de que España se haya convertido en el país europeo con la mayor tasa de infectados por Covid. Again, Mr. President. Sí me atrevo a afirmar que las soluciones a la pandemia que nos ha brindado la ciencia, nos las ha arrebatado la política.

A pesar de las opiniones dispares que se escuchan, la evolución del Covid durante 2020 fue predecible por los modelos epidemiológicos que ya en marzo nos alertaron de sucesivas olas. La ecuación no es complicada, pues hay tres factores fundamentales: la capacidad del virus de contagiar, el grado de inmunidad de la población (natural o inducida por vacunas) y el comportamiento de las personas que facilita o no el contagio. En las etapas iniciales, la ciencia ofreció herramientas (test) para controlar los rebrotes de forma que sólo las personas que habían estado en contacto con un positivo se tuviesen que aislar. Mientras la mayoría de los gobiernos en Europa hicieron uso de formas de poder duro (confinamientos, cierre de la actividad económica, toques de queda), el uso de los test y de las herramientas digitales para detectar contactos fue muy dispar, lo que dio lugar a un impacto muy diferente de olas sucesivas.

Pero la mayor aportación de la ciencia fue el desarrollo de vacunas, todas ellas con un elevado grado de eficacia, que permitió comenzar a inmunizar a la población antes de que se cumpliese un año de la aparición del Covid en Europa. Un récord increíble. Las expectativas crecieron y muchos incluso vieron «la luz al final de túnel». Pero estas expectativas se desinflaron ante la incapacidad de los líderes europeos para comprar y distribuir vacunas a la velocidad esperada y la falta de vacunas para la mayoría de los países más pobres. Los retrasos en la vacunación no sólo retrasaron la fecha en la que se conseguía la inmunidad de grupo. Permitieron la expansión de nuevas variantes cuando una proporción insuficiente de la población estaba inmunizada.

Las variantes aparecen cuando el virus (SARS-CoV-2) se expande rápidamente porque cada vez que se replica tienen lugar mutaciones al azar. Cuando estos cambios hacen al virus más contagioso, esta variante adquiere una ventaja evolutiva y acaba desplazando a las otras variantes. Hasta la fecha han aparecido al menos cinco variantes que se transmiten con más rapidez, por lo que la variante original que provocó la primera ola ya no existe. La más peligrosa es Delta que ha cambiado de forma drástica las reglas del juego.

La variante Delta se detectó por primera vez en diciembre de 2020 en India, donde arrasó de tal forma que se estima que el número real de fallecidos por Covid se aproxima a los cuatro millones. Esta variante es al menos un 60% más contagiosa que las anteriores por lo que se ha extendido con gran rapidez por el mundo. Se ha detectado ya en 104 países y ha pasado a ser la variante dominante en muchos de ellos. La entrada de personas procedentes de India al Reino Unido dio lugar a que, seis semanas después de ser detectada por primera vez en este país (principios de mayo), ya había pasado a ser la variante dominante (rozando el 100% de los casos). Lo verdaderamente preocupante es que esta expansión tuvo lugar en una población (Reino Unido) donde la campaña de vacunación había avanzado rápidamente y que llevaba bajo confinamiento desde principios de enero hasta la apertura total en freedom day (19 de julio). Es decir, Delta dio lugar a una ola de infecciones importantísima en junio, en la población más vacunada del mundo y bajo confinamiento.

El principal argumento para minimizar la importancia de Delta es que con la vacunación se ha roto el vínculo entre las infecciones, el desarrollo de síntomas graves y hospitalizaciones, y los fallecimientos. Es decir, que las personas que se infectan no enferman. Pero el vínculo no se ha roto, se ha debilitado. Que no es lo mismo. La razón es que las vacunas son menos eficaces frente a Delta. En el caso de AstraZeneca, la eficacia baja de un 70-80 a un 60% con dos dosis, pero con una sola dosis desciende al 30%. En el caso de Pzifer, la eficacia disminuye menos con dos dosis (del 90 al 80%) pero se reduce también hasta el 30% con una dosis.

Además, las campañas de vacunación avanzan a ritmos dispares por lo que en países donde una elevada proporción de la población está vacunada la relación entre tasa de infectados y hospitalizaciones es débil, pero el vínculo es más fuerte cuanto menor es la proporción. El hecho de que los más jóvenes sean los últimos en vacunarse ha desplazado la distribución del riesgo: en Europa hay más hospitalizaciones entre las personas de 25-44 años, que entre las de más de 45 años. Nos enfrentamos a una carrera entre las vacunas y el Covid.

El hecho de que Delta sea la variante dominante en muchos países, incluido el nuestro, ha hecho que el umbral necesario para alcanzar la inmunidad de grupo sea más difícil de alcanzar: se requiere al menos un 85% de la población inmunizada. España, con el 56% de la población vacunada con pauta completa, está aún muy lejos. Países en el sureste asiático, África y América Latina tienen tasas de vacunación bajísimas y cifras de fallecidos por Covid muy elevadas.

La situación actual en la que la que un virus nuevo está expandiéndose a gran velocidad por el mundo y en proceso de adaptación a poblaciones humanas que tienen un grado de inmunidad variable, es el caldo de cultivo ideal para favorecer la aparición de nuevas variantes. Es muy improbable que Delta sea la última variante y muy probable que las próximas sean más resistentes a las vacunas. Lo que parece seguro que Covid-19 es ya endémico.

La ineficacia de los líderes políticos en la gestión de la pandemia y en el uso de las herramientas que la ciencia ha aportado, podría llevar a que ésta fuese la primera vez en la historia en la que hubiese más muertes tras el desarrollo de una vacuna que antes. Es una responsabilidad enorme que las mentiras sólo contribuyen a acrecentar. Llegará la hora de rendir cuentas.

Montserrat Gomendio es profesora de Investigación del CSIC y ha sido secretaria de Estado de Educación.

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