La memoria de Blas de Lezo

EL viajero español que llega a Londres y se dispone a ver la maravillosa National Gallery se encuentra con una imponente plaza presidida por una todavía más imponente columna de 45 metros de alto coronada por una estatua. Si el viajero se fija bien podrá ver en lo alto que al personaje homenajeado de forma tan magnífica le falta un brazo y lleva el uniforme dieciochesco de la Royal Navy. Se trata del vicealmirante Horatio Nelson, que venció a España en 1805 en la batalla de Trafalgar, un cabo cercano a Cádiz, donde pereció heroicamente una de las mejores generaciones de marinos de la Historia de España. Nelson también murió heroicamente en Trafalgar, y 33 años después de su muerte se abrió una suscripción popular para rendir homenaje a aquel que consolidó el poderío británico en los mares y gracias al cual los ingleses pudieron cantar aquello de «Britannia, rule the waves».

El vizconde de Nelson fue sin duda un héroe. Pero, desde luego, no fue un marino invicto. El brazo que le falta a su estatua lo perdió en una de sus muchas contiendas con España. Y no precisamente ante una gran flota como en Trafalgar, sino sitiando, en 1797, la ciudad canaria de Tenerife. Que se hallaba desprovista en aquel momento de toda guarnición naval y fue defendida tan heroica como eficazmente por sus habitantes. Como pasaría más tarde en 1808, la población (hoy diríamos «la sociedad civil») reaccionó en palabras de Napoleón «en masa como un solo hombre de honor» y rechazó el ataque de la flota inglesa. Me imagino –espero– que sea el recuerdo de la victoria la razón por la cual hoy Tenerife tiene una calle con el nombre de Horatio Nelson. Bastante más grande, por cierto, que la dedicada al general Gutiérrez, defensor de la ciudad.

El viajero inglés que llega a Madrid y se dispone a visitar el maravilloso Museo del Prado puede admirar gran cantidad de monumentos, aunque quizá no tan espectaculares. Puede admirar la graciosa figura de una diosa de la antigüedad llamada Cibeles. También el homenaje al dios Neptuno, un poco más allá. Si se da una vuelta por Madrid podrá ver la meritoria estatua ecuestre de Simón Bolívar, que se sublevó contra España. Y la de Rizal, éste instigador de la independencia de Filipinas. Y la del cura Hidalgo, que tantos españoles fusiló en México. Y también la de José Martí, literato y padre de la independencia cubana. Si vuelve dentro de unos años, al paso que vamos, no es descartable que pueda admirar alguna que otra nueva estatua. Eso sí, si busca la estatua de Isabel la Católica, culminadora de la Reconquista, la encontrará discretamente ladeada bajo una arboleda de la Castellana.

Sin duda al viajero inglés le sorprenderá que no haya un monumento espectacular a Juan Sebastián Elcano, que completó la primera vuelta al mundo. O a Núñez de Balboa, que descubrió el Pacífico. O, más en la línea de Nelson, a un marino guipuzcoano –éste sí invicto– que aseguró el Imperio español en América durante 150 años, derrotando en Cartagena de Indias al mayor esfuerzo naval de la historia de Inglaterra. Este marino guipuzcoano se llamaba Blas de Lezo y también era manco como Nelson, también murió en su mayor victoria como Nelson, y hasta uno tiene la impresión de que a veces Nelson le copió algunas tácticas, pero, al contrario que Nelson en Inglaterra, Blas de Lezo es un completo desconocido en su país natal, fue enterrado sin honores, y su nombre olvidado por la mayoría de los españoles.

Normalmente, al viajero inglés que vuelve a su país tras un viaje a la capital española, España le habrá parecido fascinante, y por eso hay tantos hispanistas ingleses. Los ingleses siempre han tenido en mucha consideración eso que llaman «el orgullo español», un fenómeno que han tenido ocasión de contemplar muchas veces a lo largo de su Historia y que hace que en las situaciones más desesperadas, cuando todo parece absoluta e irremediablemente perdido, los españoles reaccionen colectivamente como un único hombre de honor. Ese fenómeno imprevisible de la naturaleza hispana siempre ha desconcertado a los ingleses, tan aficionados al orden y la puntualidad.

El próximo 3 de febrero se cumplirán 325 años del nacimiento del hombre gracias al cual Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez o Jorge Luis Borges han escrito sus obras en español en vez de en inglés. Blas de Lezo, cojo, manco, tuerto y sitiado por una fuerza diez veces superior a la suya, nos demostró que su espíritu –ese inexplicable orgullo español que fascina a los ingleses– estaba absolutamente intacto. Un espíritu fundado en valores como la humildad, la paciencia, el trabajo y el sacrificio. Toda una lección en los tiempos que corren.

España está hoy como Blas de Lezo: manca, coja y tuerta. La situación parece perdida para muchos, la existencia misma de la Nación cuestionada, su economía empobrecida y su juventud pobremente educada. Sitiada en varios frentes, España da palos de ciego aparentemente desprovista de toda identidad y proyecto de futuro. Sin duda es un magnífico momento para recurrir a ese extraño fenómeno que tanto fascina a los ingleses, y demostrar que, como Blas de Lezo, somos una nación vieja y mutilada pero con el espíritu intacto.

Recuperemos la memoria de este héroe, y con él nuestra propia identidad. La identidad de un pueblo que un día dio hombres ilustrados, honorables y valientes como Lezo. Que la sociedad civil de este país levante su propio Trafalgar Square y que este sirva de referente moral a nuestros hijos. Demostremos a todo el mundo lo que somos capaces de hacer cuando trabajamos juntos. Demostrémonos a nosotros mismos que el español no es un pueblo olvidadizo y cicatero, sino un pueblo orgulloso y honorable. Honremos a nuestros mejores. Reconciliémonos con nuestro pasado quitándonos de una vez estúpidos complejos. Volvamos a emprender una arriesgada aventura colectiva. Apelemos a nuestro espíritu y volvamos a comportarnos, como pueblo, como un único hombre de honor.

Íñigo Paredes Camuñas, presidente de la Asociación Monumento a Blas de Lezo.

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