La memoria y el olvido

Al pensar sobre la memoria de España, cabe preguntarse cuál es el rastro que ha dejado en nosotros Sefarad. ¿Cuáles son las huellas de su legado en nuestra cultura?, ¿dónde se preserva su recuerdo? No en la lengua, desde luego –al contrario de lo que sucede con el árabe, tan presente en el castellano o en el catalán–, ya que apenas unas pocas palabras de nuestro vocabulario provienen del hebreo. Tampoco es la nuestra una sociedad rica en esa peculiar densidad bíblica que caracteriza a los países de raíz luterana, tan habituados a frecuentar la lectura del Antiguo Testamento. ¿Y qué permanece de aquellas comunidades judías que poblaron España en la arquitectura medieval de nuestras aldeas y ciudades? De nuevo, poca cosa: unas contadas sinagogas reconvertidas en iglesias y el sinuoso trazado de las calles en las juderías. Podemos determinar seguramente una mayor influencia en la gastronomía local, perdida ya en la noche de los tiempos (el uso, por ejemplo, del aceite de oliva en lugar de la manteca de cerdo para cocinar y quién sabe si, en su origen, la ensaimada mallorquina).

La memoria y el olvidoEn realidad, hablar de la herencia judía en nuestra cultura es hacerlo de un olvido y de un testimonio. El olvido fue, en última instancia, una consecuencia del miedo a la Inquisición, como también antes hubo otros miedos que iniciaron un largo camino de conversiones más o menos forzadas hasta llegar a la expulsión definitiva de 1492. Ese miedo lo simbolizó con acierto el escritor abulense José Jiménez Lozano con el título de uno de sus primeros libros: 'La ronquera de Fray Luis y otras inquisiciones'. Esa ronquera fingida de nuestro gran poeta renacentista –fray Luis de León–, que achicaba la voz para que apenas se le oyera, representa el temor que recorre la experiencia histórica de los judíos en España. Miedo y testimonio a su vez de un mundo desaparecido, cuyo legado pasa forzosamente –como supo ver el profesor Ángel Alcalá– por los conversos: aquellos hombres y mujeres que dieron esplendor a nuestro Siglo de Oro desde el silenciamiento de la fe y la cultura de sus antepasados (y podemos citar aquí y ahora algunos de estos nombres ilustres: el propio fray Luis de León y santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y Antonio de Nebrija, Fernando de Rojas y Benito Arias Montano…), pagando los hijos por los padres y los nietos por los abuelos, velando la voz con la ronquera y la palabra con eufemismos y ocultamientos, mientras se suspiraba por una «luz no usada», es decir, nueva, no gastada ni sospechosa de impureza de sangre.

En la vieja querella entre los cristianos viejos y los nuevos, la sangre suponía así como una mancha racial, un marcador biológico que trazaba el perímetro de una sospecha. Situados entre el miedo y el testimonio, según subraya Ángel Alcalá en un libro fundamental para entender la cuestión, 'Los judeoconversos en la cultura y la sociedad españolas' (Ed. Trotta), será precisamente en los textos de aquellos judeoconversos que hicieron posible el Siglo de Oro donde lograremos localizar la huella de la presencia judía en nuestra historia y la auténtica hondura de un drama que podemos considerar compartido porque terminó afectando a todos.

De hecho, se diría que la clave de la memoria es lo que se guarda oculto para preservarlo del olvido y permitir así que un día pueda regresar y habitar de nuevo entre nosotros. Para el mundo antiguo, esa memoria punzante se predicaba del duelo y de la pérdida, tal y como indica el adjetivo griego 'álastos', que designaba lo inolvidable y que ha explorado con precisión el filósofo francés Jean-Louis Chrétien en su ensayo 'L'inoubliable et l'inespéré'. «En la lengua griega antigua –escribe–, lo inolvidable no se predica de los gozos, sino de los padecimientos, esos que no cesan de padecerse, esos que en cualquier momento horadan en nosotros el espacio de lo insoportable». De este modo, lo inolvidable constituiría también la reserva última de la memoria, el almario en el que refugiarse cuando ya no queden otros lugares donde expresar la libertad.

En este sentido, se conserva un texto estremecedor del humanista Antonio de Nebrija, recogido por Ángel Alcalá en su libro y que ilumina toda una época. «¿Qué hacer –se pregunta el ilustre gramático andaluz– en una república donde se premia a los que corrompen las Sagradas Letras y, al contrario, los que corrigen lo defectuoso, restituyen lo falsificado y enmiendan lo falso y erróneo se ven infamados y anatematizados y aun condenados a muerte indigna si tratan de defender su manera de pensar? […] ¿He de decir a la fuerza que no sé lo que sé? ¿Qué esclavitud o qué poder es este tan despótico? ¿Qué digo decir? ¡Ni escribirlo encerrado entre cuatro paredes, ni murmurarlo en voz baja en un agujero de la pared, ni pensarlo a solas, te permiten!». Esta fue también la experiencia totalitaria del siglo XX, que elevó a categoría universal la sospecha sobre la condición humana. En tales circunstancias, sólo en el corazón de los hombres permanece vivo el latido de la verdad, la memoria de lo inolvidable.

Al pensar sobre la herencia del judaísmo en nuestra sociedad, conviene detenerse en estos dos ejemplos: la ronquera de fray Luis de León, temeroso de las consecuencias de sus palabras, y la indignación de Nebrija, harto de enmascarar su inteligencia ante una autoridad que sabe en gran medida ilegítima. Han transcurrido desde entonces unos cuantos siglos –el marco, por cierto, era otro– y nuestro país se ha visto sumergido no pocas veces en un remolino del que parecía no querer emerger. El mito de las dos Españas que embisten una contra la otra contiene reminiscencias de otras épocas y de otras aflicciones que dificultaron la libertad y el progreso. Pero, de la memoria de las naciones, deberían interesarnos sobre todo las huellas borradas, esas reliquias que aún expresan –de algún modo– el sufrimiento inocente de la humanidad. No la historia falseada al servicio de romanticismos identitarios –como sucede con los nacionalismos– ni la que alimenta el resentimiento de los pueblos y su división maniquea.

Esa historia sólo sirve a los propagandistas de la política, a los ideólogos de una verdad de partido. La verdad de los hombres, en cambio, hay que buscarla en lo inolvidable que desenmascara la cerrazón del fanatismo porque es causa de justicia; en lo inolvidable que reclama el valor de la libertad de conciencia y señala sin ira la inquina cainita de los pueblos. Lo inolvidable en definitiva, sello y garantía de una esperanza que persevera y confía a pesar de nuestros silencios, nuestras imperfecciones y nuestra ceguera.

Daniel Capó es escritor.

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