La mente terrorista

En los años noventa, los grupos de extrema derecha noruegos constituían una problemática lo suficientemente preocupante como para inspirar programas de desradicalización imitados en otros países escandinavos. El temor a que expresiones de violencia surgidas en aquellos años escalaran fue precisamente lo que motivó la salida de esos grupos de diversos activistas, como revelan los trabajos de Tore Bjorgo, académico noruego que entrevistó a algunos de ellos. Existía pues un germen para una violencia como la que ahora se ha materializado en una proporción muy superior a la contemplada previamente y que resultaba, por varios motivos, difícil de prever.

Por un lado el terrorismo yihadista ensombrece otras amenazas, de forma que el riesgo de atentados altamente letales e indiscriminados suele identificarse con esa tipología terrorista. Sin embargo, aunque característica del yihadismo, ese tipo de violencia también ha sido considerada por actores, que finalmente han renunciado a ella por los negativos costes que podría acarrearles a sus causas, e incluso utilizada por otros. El atentado de Timothy McVeigh contra el edificio del FBI en Oklahoma constituye un precedente significativo. Tampoco resulta sencillo prever una atrocidad así porque, afortunadamente, la violencia no es una conducta normal en sociedades democráticas, constituyendo en cambio una actitud que repugna a la mayoría.

Sin embargo, la evolución del terrorismo revela que el terrorista no es ajeno a modas que le llevan a emular tendencias. Algunos terroristas anhelan dotar a sus crímenes de una espectacularidad que acentúe el impacto psicológico de los mismos, motivando innovaciones que combinan varias tácticas. La masacre de Noruega confirma esa lógica y la relevancia que la ideología posee en el proceso de radicalización del fanático para provocar un resultado tan cruento. El contenido de su ideología, más o menos desarrollada pero inspirada en la ultra derecha, se diferencia de la de otros terroristas, por ejemplo, yihadistas o etarras. No obstante, su ideario xenófobo y racista sustentado en el odio al contrario cumple la misma función que las versiones radicales del islamismo o el nacionalismo: aportar un marco autojustificativo a una brutal transgresión social y moral. La ideología es la que permite desactivar los inhibidores morales que el ser humano desarrolla aportándole cierta racionalidad a un macabro crimen. Las expresiones más radicales de ideologías como el nacionalismo, el islamismo o el extremismo de derechas e izquierdas coadyuvan al fanatismo político y religioso derribando la inhibición que frena la agresión.

La conciencia moral que genera sensación de culpa y empatía con otros seres humanos es la que impide brutalidades como las que cometen los terroristas después de que una deficiente politización les confirme la idoneidad de usar la violencia para perseguir objetivos políticos. Por ello es por lo que Breivik recurre a la ideología y a mecanismos psicosociales idénticos a los empleados por otros terroristas que racionalizan su barbarie para intentar dotarla de legitimidad.

El terrorista noruego pretende distanciarse moralmente de su crimen definiéndolo como «atroz, pero necesario» con objeto de neutralizar los sentimientos adversos que genera su salvaje acción. Por ello transfiere la culpa a «islamistas y marxistas» por un deleznable crimen del que sólo él es responsable. Lo enmarca además en lo que los estudios sobre terrorismo definen como una «guerra de fantasía» con la que revestir de respetabilidad algo injustificable. Lo hace mediante comparaciones ventajosas que difuminen las connotaciones negativas del terrorismo al autodefinirse como un «cruzado» que se equipara con «templarios y revolucionarios». Así reproduce un lenguaje que elude la responsabilidad por sus crímenes al presentarse como implicado en un conflicto bélico que se erige en «justiciero», o sea, mostrando su megalomanía y delirios de grandeza al atribuirse la representatividad de una comunidad supuestamente agraviada, cuando únicamente representa sus propios intereses ególatras.

Esta retórica, aunque con variaciones formales, es muy similar a la de la propaganda incautada a otros activistas de inspiración islamista o nacionalista. Además evoca claramente a la reproducida por Timothy McVeigh, otro fanático obsesionado con alcanzar una notoriedad a modo de legado que otros pudieran seguir. McVeigh se inspiró en la novela de ficción The Turner Diaries, escrita por un supremacista blanco, en la que el protagonista encarna al integrante de una milicia que mediante acciones de guerrilla se enfrenta al Gobierno de Estados Unidos y busca exterminar a los enemigos de la raza aria. El personaje, que parece mimetizado por el noruego Brievik, es un individuo solitario que dedica su existencia a la causa.

McVeigh encontró otro referente de oposición al sistema en el supremacista Louis Beam, que en su obra Leaderless resistance(Resistencia sin líder) ofreció una idílica visión de los militantes de ultra derecha al presentarlos como luchadores por la libertad comprometidos con una revolución contra su propio Gobierno. Algunos de esos rasgos se aprecian también en otro icono de lo apocalíptico, Aum Shinrikyo, líder de la secta que en 1995 intentó asesinar a miles de viajeros del metro de Tokio en un atentado con gas sarín. El japonés justificó sus crímenes como una misión «para destruir el mundo con el fin de salvarlo», revelando una ideología milenarista que encuentra elementos comunes en el terrorista noruego y en otros visionarios, como quienes justifican el terrorismo suicida.

Es de esperar que la ausencia de simpatía y apoyo a la brutalidad perpetrada en Noruega determine que atentados de estas características continúen representando acciones excepcionales que no se generalizan y que no forman parte de una campaña sistemática. No obstante esa decisiva falta de legitimidad, el atentado invita a reflexionar sobre la respuesta que nuestras democracias plantean a la radicalización de individuos con el potencial de apoyar acciones terroristas. La tendencia generalizada ha sido la de diferenciar la radicalización cognitiva de la violenta, centrándose en esta segunda al asumirse que este estadio es el verdaderamente peligroso. En ocasiones se subestima que la primera de esas etapas constituye un indicador temprano de un proceso que puede devenir en una radicalización violenta como la de Brievik.

Nuestra respuesta antiterrorista no debería ignorar la necesidad de detectar y confrontar una radicalización cognitiva en la que librar una compleja pero crucial batalla de ideas que determinará voluntades. Conviene por tanto no subestimar la ideologización de un fanático como Brievik etiquetándolo como un loco irracional a pesar de su marginalidad y por mucho que sus agravios carezcan de sentido. Su atentado respondía a un cálculo perfectamente racional cual es el de aterrorizar y desestabilizar a la sociedad noruega, convirtiéndose en una monstruosa celebridad y en destacado precursor de lo que él desearía que fuera un movimiento emergente. El odio y el fanatismo motivadores de su abominable crimen no lo vacían de contenido político e ideológico, cuestión que debe tenerse presente para prevenir la radicalización de otros extremistas de una ideología similar o de otras como el islamismo radical o la extrema izquierda. Este tipo de ideologías se convierten en eficaces herramientas de radicalización que conforman identidades transformadoras al construir peligrosas imágenes sobre los problemas de la sociedad y los métodos propugnados para solucionarlos. El carácter distorsionado y fundamentalista de esas visiones construidas por las ideologías radicales requiere que éstas sean confrontadas y deslegitimadas para prevenir su evolución hacia la radicalización violenta e impedir que ésta deje de ser un fenómeno minoritario.

Por Rogelio Alonso, profesor de Ciencia Política, Universidad Rey Juan Carlos.

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