La metáfora de Bauman

Las notas informativas que dieron noticia de su muerte, el pasado 9 de enero, hablaron de Zygmunt Bauman como de un sociólogo, un filósofo, un ensayista… Pero uno alberga la sospecha de que su éxito lo obtuvo en realidad como poeta. Quiero decir que se lo debe a una metáfora. Si Bauman hubiera hablado sólo de la falta de consistencia y perdurabilidad de las instituciones sociales, las relaciones humanas, las estructuras económicas y laborales, los referentes políticos y los paradigmas culturales de nuestra época, habría acabado resultando demasiado sospechoso para todas las izquierdas. Probablemente, desde buena parte de estas se le habría llegado a ver incluso como a un moralista reaccionario. No le habrían avalado sus viejas devociones teóricas por Marx y Gramsci. Habría recordado, de un modo «inquietante», al conservadurismo más fatalista y quejoso que denuncia la disolución de los valores y de la familia, el consumismo occidental de los objetos y de los sujetos, las relaciones sin compromiso, el matrimonio sin fidelidad, la amistad sin lealtad, la patria sin patriotismo y el sexo sin amor.

Tuvo, sin embargo, el talento literario, la intuición estética, el acierto poético de colarnos una imagen referente al mundo físico, haciéndola pasar por un concepto abstracto: lo líquido. La fascinación que Bauman despierta no reside exactamente en sus ideas ni en sus tesis, sino en ese feliz hallazgo que hoy es un fetiche retórico. Por mucha prevención que le inspirara el término y el concepto de «posmodernidad», él era más posmoderno que nadie. Por eso gustaba tanto a los «modernos» en el sentido más trivial de la expresión: porque les permitía llenarse la boca con esa metáfora azucarada y carbonatada como una Coca-Cola. La condición líquida, de la que ya ha hecho un lugar común el mundo financiero (hace mucho tiempo que se habla metafórica y sinestésicamente de «liquidez empresarial», de «solvencia bancaria», de «la fluidez del dinero»…), se ha banalizado hasta el punto de que hoy se llama «sólido» a lo que nunca lo fue o dejó de serlo antes de que Bauman viniera al mundo.

En realidad todos los filósofos de la posmodernidad se han caracterizado por un alto grado de alegorización en sus nociones básicas y en sus discursos lo bastante sugerente como para seducir al lector. Pero la metáfora de Bauman ha tenido más suerte que ninguna otra porque, paradójicamente, nada mejor en los medios de comunicación a los que él criticaba y resulta más icónica, más visual, más tangible, más sólida (otra paradoja), más ligada a lo físico que el «pensamiento débil» de Vattimo o que la «muerte de los metarrelatos» de Lyotard; que los «simulacros de la hiperrealidad» de Baudrillard o que la «ligereza de la civilización» de Lipovetsky. Todos estos últimos son términos que, aunque tengan una innegable carga figurativa, aluden a conceptos aún demasiado abstractos, mientras que la palabra «líquido» posee una plasticidad como adjetivo –«lo líquido»– que remite de forma automática al sustantivo: «el líquido».

De acuerdo: Bauman gusta a todos. Todo el mundo habla de lo líquido, hasta los seres más plúmbeos o gaseosos. Pero, ahora que ha muerto, cabe sobreponerse al deslumbramiento de su metáfora y preguntarse si su crítica a la sociedad de hoy venía del marxismo gramsciano o del tradicionalismo cristiano y si –dicho de otro modo–, cuando denunciaba en una de sus últimas entrevistas que «todas las ideas de felicidad terminan hoy en una tienda», estaba coincidiendo con el párroco que lamenta en su sermón dominical que «el consumismo se haya apoderado del espíritu de la Navidad». Cabe preguntarse si, cuando reparaba en que ya ni los trabajos, ni las relaciones sociales y sentimentales ni las casas en las que vivimos son para siempre, no estaba dando la razón a los nostálgicos del continuismo más herrumbroso. Cabe hacerse preguntas fundamentales, como dónde está el tope de lo que la izquierda estaría dispuesta a asumir en esa crítica a la economía de mercado o dónde está el techo de lo que estaría dispuesta a asumir la derecha en ese genérico ataque a la sociedad neoliberal. ¿Dónde está, en fin, el límite de la denuncia de Bauman? ¿No se puede llegar por esa senda a la contemplación del divorcio como expresión del consumismo capitalista de amantes o de la propia democracia como genuina plasmación política del consumo mercantilista de ideologías, ideólogos y representantes electos? ¿Iba por ahí la aseveración de Bauman de que ya no hay líderes sino políticos profesionales, o va por ahí el éxito que su tesis sobre el «amor líquido» ha logrado alcanzar en los colectivos católicos?

Por si fuera poco el desconcierto que inspira un pensador marxista aclamado por el catolicismo de base, el propio Bauman llamó «valiente» al Papa Bergoglio por su discurso de la solidaridad ante el drama de los refugiados y mucho antes elogió la encíclica «Deus caritas est», en la que el Papa Ratzinger condenaba «una sociedad que evita en el amor los lazos exclusivos y duraderos». Lo más interesante del pensamiento de Bauman es que ha descubierto una tierra de nadie donde se produce la voladura total de los estereotipos derechista e izquierdista, así como que este hecho se produce hasta el punto de que los extremos no sólo pueden tocarse sino confundirse incluso. Sin duda, esta disolución de las fronteras clásicas del esquema ideológico es saludable en tanto que rompe clichés, imposturas, poses aprendidas, tópicos manidos, prejuicios maniqueos y sectarios. Uno tiene, por ejemplo, la sensación de que, si el discurso contra la inmigración, que ha prendido en la mayoría de los populismos europeos, no lo ha hecho en España, no ha sido debido a nuestro presunto izquierdismo sino a que la cristiana ha sido la única cultura civil que realmente ha cuajado, para mal y para bien, en un país como el nuestro, al que llegó tarde y precariamente la cultura de la Ilustración. No todo es malo en nuestros atavismos patrios ni todo fue bueno en el extinto imperio de lo sólido. Con el diagnóstico, con la denuncia, con la metáfora de lo líquido, Bauman dio con una selva virgen que, como tal, posee una vegetación exuberante, pero está sometida al acecho de fieras peligrosas. No olvidemos que también el Tercer Reich soñó con el milenio.

Y es que en ese camino del llanto por la liquidez del mundo actual podemos toparnos con quien resucite un discurso contra las «democracias decadentes» y la «podrida Europa de los mercaderes», que es el que regó de sangre el siglo pasado. Podemos toparnos, sí, con quien echa de menos, no ya a los líderes reemplazados por los políticos sin otro oficio, sino a los caudillos de triste recuerdo o con quien lamente la bienvenida liquidez de los males nacionales y universales. No es muy sensato lamentar que haya enfermedades que ya no sean «para toda la vida» o que no sean «para siempre» los matrimonios con maltratadores, ni el paro, ni la miseria ni la pertenencia a una clase social desfavorecida. La modernidad líquida es también la sociedad permeable que permite prosperar económica y socialmente con el esfuerzo, la movilidad del empleo y el plausible fenómeno de que el chófer o el conserje que estudian puedan acceder a altos cargos directivos y tener un día como subalternos a los hijos bandarras de sus jefes. Fieras peligrosas, sí, como esa denuncia de lo líquido que es a menudo autocomplacencia egotista y banal: el deslumbramiento de Narciso ante las aguas que le devuelven su rostro menos poético.

Iñaki Ezkerra, escritor.

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