La metamorfosis de los chicos de Ripoll

Expertos en terrorismo de todo el mundo intentan entender qué pasó en Ripoll. No les acaba de cuadrar con el patrón que suele explicar la caída de jóvenes europeos hijos de familias inmigradas en la lógica del terror. Se preguntan qué ha fallado. Los implicados no eran conocidos por actividades o actitudes que sirven de pasarela hacia el terrorismo, como pasó en Manchester, París, Niza, Bruselas o Londres. Y esto es lo que preocupa. Es lo que hace que el atentado que se preparaba en Alcanar y la masacre de la Rambla sean casi perfectos, desde la lógica yihadista: matar ‘kuffar¡, o infieles, «aplastándoles la cabeza con  una piedra, degollándoles con un cuchillo o atropellándoles con un coche».

Esta perfección se basa en que sus ejecutores vivían una vida cotidiana banal. Y que su radicalización llegó sin estridencias ni signos externos, con una lógica de secta que, ni familias, amigos, educadores, responsables de la comunidad o Mossos pudieron detectar. Unas condiciones ideales para ejercer el terror con impunidad y provocar el pánico.

La metamorfosis de los muchachos de Ripoll constituye un enigma. Cuando sepamos cómo se produjo, podremos combatir con más eficacia el terrorismo yihadista. Pero ya tenemos una primera lección: no basta con vigilar a los candidatos a ejercer el terror. No es suficiente controlar a jóvenes que han cometido pequeños delitos, que han tenido problemas emocionales o que han cambiado de golpe el bar por la mezquita. Estos criterios no han servido para detectar la monstruosa transformación de esos muchachos. No basta con vigilar a los radicales o a quienes son susceptibles de serlo. Hay que controlar mejor a los radicalizadores. Agentes que pueden desencadenar procesos como el que ha llevado a los jóvenes de Ripoll a matar y a morir.

Por esto he dicho que el atentado fue casi perfecto. Porque con el seguimiento de Abdelbaki Es Satty, la metamorfosis probablemente no se hubiera desencadenado. O habría adoptado otras expresiones. Es Satty era un imán, pero podía haber tenido otra condición. Física o virtual. No basta con vigilar a los imanes.

Hasta ahora, el combate contra el terrorismo yihadista se ha desplegado en tres escenarios. La persecución de AlQaeda y Daesh (militar), la acción contra sus seguidores (policial) y la prevención en barrios y escuelas (municipal y social). Los atentados han vuelto a demostrar que este esquema presenta lagunas. Y que no es suficiente.

La guerra contra el terror ha costado unos 4.000 billones de dólares desde el 11-S. Se han evitado mega-atentados como los de Nova York, Madrid o Londres, pero se han desestabilizado algunas de las comunidades sunís más castigadas. Como dice Hriar Cabayan, «hemos perdido la capacidad de pensar de manera científica y no somos capaces de comprender como ellos nos perciben». Lo dice el responsable del Pentágono. La aproximación militar peca de binaria y simplificadora. No tiene en cuenta que Daesh es «como una molécula de H2O, capaz de adoptar estados diversos: hielo (Raqqa o Mosul), agua (que se derrama por doquier) o incluso vapor (imposible de capturar)». Es la conclusión de Vera Mironova, una experta que ha vivido en el ojo del huracán (Mosul). La conclusión es evidente: la acción estrictamente militar hará mutar la molécula pero no la desintegrará.

Los déficits en la coordinación policial también son clamorosos. En toda Europa. Y no se resolverán hasta que no exista una acción europea unificada en colaboración con las policías estatales y subestatales. Queda mucho por hacer para afinar la acción policial. También en Catalunya, a pesar de los progresos notables de los Mossos en información y seguimiento. Hay que invertir más en detectar  individuos susceptibles de provocar metamorfosis como la de Ripoll. Para comprender el porqué, aconsejo leer a Olivier Roy. Nos dice que no nos enfrentamos a una radicalización del islam sino a una islamización de la radicalidad. Por su condición, muchos jóvenes sienten fascinación por formas diversas de radicalidad. Y si arrastran la tensión identitaria propia de muchas familias musulmanas inmigradas, son candidatos potenciales a la islamización de sus pulsiones.

Por eso hace falta, además de una acción social sostenida, evitar el contacto con el mal. Que puede esconderse en la mezquita, pero también en un campo de futbol, una cárcel o en una cuenta de Telegram. Detectarlo a tiempo es la tarea difícil pero necesaria de las fuerzas de seguridad. En colaboración con la sociedad civil y las comunidades implicadas.

Andreu Claret, periodista y escritor.

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