La mezquita de Córdoba, lugar de encuentro

Por Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III (EL PAÍS, 02/01/07):

En reiteradas ocasiones, los musulmanes han solicitado respetuosamente el acceso a la mezquita de Córdoba. En febrero de 2006, el presidente de la Junta Islámica de España, Mansur Escudero, expresó al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, su propuesta de que la mezquita se convirtiera en templo ecuménico donde creyentes cristianos, musulmanes y de otras religiones pudieran “rezar juntos y estrechar los lazos espirituales y afectivos”. Durante esta Navidad, Mansur Escudero se ha dirigido al Papa con la misma finalidad. La respuesta no se ha hecho esperar y, contra todo pronóstico, ha sido negativa. Pero no ha venido del Vaticano, sino del obispo de Córdoba, Juan José Asenjo, quien, sin consulta previa a los cristianos cordobeses, ha decidido que “el uso compartido de templos y lugares de culto generaría confusión en los fieles y daría pie al indiferentismo religioso” (sic).

Para justificar el uso exclusivo de la catedral por parte de los católicos apela a excavaciones arqueológicas y a “títulos históricos fehacientes”. El recurso a documentos del pasado para justificar actuaciones excluyentes en el presente suele ser un pobre argumento que revela la falta de razones convincentes. Basa también la inviabilidad de la oración de los musulmanes dentro de la mezquita-catedral de Córdoba en la presencia del “Santísimo Sacramento de la Eucaristía”. No entiendo muy bien dónde radica la incompatibilidad. ¿Por qué oponer el sagrario al mihrab cuando son dos expresiones religiosas igualmente respetables? La eucaristía es el sacramento del compartir y no del dividir, de la convivencia y no de la disidencia. La presencia de Jesús de Nazaret, el Cristo liberador, no molesta a los musulmanes. Todo lo contrario: Jesús es para ellos un Profeta, que anuncia al Dios liberador, como lo fue Muhammad. Así lo reconoce el Corán, que habla de Jesús de Nazaret con respeto, reconocimiento y admiración. Le llama en varias ocasiones Cristo y Jesucristo, si bien como nombre propio, no como título mesiánico. Jesús es citado junto con los grandes profetas de Israel, Abrahán, Moisés… La incompatibilidad la establecen las jerarquías de las religiones, en este caso de la Iglesia católica. El obispo de Córdoba crea una oposición entre los profetas Jesús de Nazaret y Muhammad que no tiene justificación en los textos sagrados.

Como último argumento contra el uso compartido del recinto religioso recuerda las multicentenarias raíces cristianas de Córdoba que merecen ser respetadas. Y lleva razón, pero no hace una sola referencia a las también multicentenarias raíces judías y árabe-musulmanes de la ciudad, ni al rico patrimonio cultural que nos legaron ni a la convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos durante siglos de historia común. ¿Simple amnesia u olvido freudiano? En cualquier caso, lo que demuestra es un desconocimiento enciclopédico de la historia.

La respuesta negativa del obispo de Córdoba se sitúa en las antípodas de los gestos ecuménicos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Juan Pablo II invitó en dos ocasiones a líderes religiosos de todo el mundo a orar en la basílica de Asís, patria de san Francisco, en una imagen de distensión que dio la vuelta al mundo. En su reciente viaje a Turquía, Benedicto XVI rezó en la Mezquita Azul de Estambul, en presencia del Gran Muftí. ¿Por qué personalidades religiosas no cristianas pueden rezar con el Papa en un templo cristiano y los musulmanes no pueden orar en una mezquita que ellos construyeron y que luego se convirtió en templo cristiano? ¿Por qué el Papa puede rezar en una mezquita y los musulmanes no pueden dirigirse a Dios en un lugar donde está “el Santísimo Sacramento de la Eucaristía”? La contradicción es manifiesta. Los gestos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI han contribuido muy eficazmente a la distensión entre religiones y al trabajo por la paz. La actitud excluyente del obispo de Córdoba, empero, es un jarro de agua fría en pleno invierno contra los esfuerzos y las iniciativas que líderes religiosos y creyentes de las distintas religiones están llevando a cabo a favor del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del encuentro entre culturas.

Hay otra razón que invalida los argumentos esgrimidos por el obispo cordobés contra el uso de espacios comunes por parte de cristianos y musulmanes. Las dos religiones son monoteístas y creen en el mismo Dios. “Creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado”, dice el Corán, “en lo que se reveló a Abraham, Isaac, Jacob y las tribus (las 12 tribus de Israel), en lo que Moisés, Jesús y los profetas recibieron de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos y nos sometemos a Él (2,136)”. ¿Por qué empeñarse en mostrar que el Dios del cristianismo y el Dios del islam son distintos y que cristianos y musulmanes no pueden rezarle en el mismo lugar? La actitud de monseñor Asenjo sigue alimentando en el imaginario colectivo la idea de un conflicto entre el Dios de los cristianos y el de los musulmanes. ¡Flaco servicio presta así a la construcción de la paz en el mundo, que debe ir acompañada de la paz y del diálogo entre las religiones!

En el origen de las tres religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo e islam, existe un verdadero manantial de paz, que el fanatismo y el exclusivismo vienen cegando desde siglos. Ese manantial tiene un nombre: Abrahán. Las tres religiones no han agotado todavía sus energías de paz, o quizás ni siquiera las han descubierto, enredadas como están en conflictos internos, en confrontaciones políticas y en enfrentamientos mutuos. La discordia que reina en la casa de Abrahán, entre los distintos miembros de la familia monoteísta, debe superarse y sustituirse por la reconciliación y el trabajo común por la paz. ¡Qué mejor signo de reconciliación que compartir espacios de oración!