La minoría fanática que asusta a todos los demás

Burhan Wazir es subjefe de la Sección de Reportajes del diario The Times (EL MUNDO, 15/07/05).

De todas las pruebas que demuestran la confusión mental de los cuatro británicos imbéciles sin remedio que acabaron con sus propias vidas, así como con las vidas de más de 50 londinenses el jueves pasado, la aportada por Jodie Reynolds, de Leeds, una vecina de uno de los suicidas, ha sido la más concluyente. La canción preferida del joven terrorista era un clásico de Eddy Arnold, Make the world go away (Haz que el mundo desaparezca), en la versión de Elvis Presley. «No me puedo creer que ese muchacho, que tenía toda la vida por delante, se echara una bomba a la espalda y se volara con ella», ha declarado Reynolds. «¿Qué demonios le ha podido empujar a hacerlo?», se ha preguntado.

El verano pasado, a los dos años y medio del 11-S, estuve viajando por Gran Bretaña para recoger datos para una serie de reportajes que iban a ser una crónica de la diáspora musulmana. En Stornoway, me encontré con musulmanes que, 40 años después de haberse venido a vivir a las islas, habían adquirido todos los tics y todas las poses de sus anfitriones de más mala vida.

En Bradford, Sara Ali, una madre soltera, se esforzaba por reconstruir el tejido familiar; su hijo, Shazad, había salido recientemente de la cárcel después de haber cumplido una condena de tres años por su intervención en unos disturbios. En Derby, un clérigo radical predicaba el odio contra Occidente; en el mundo posterior al 11-S, sus soflamas no sonaban nada excepcionales.

Desde el 7-J, tanto odio parece algo extraordinario. Durante mis viajes me encontré con muchas comunidades musulmanas que, si bien mantenían por lo general unas relaciones de armonía relativa con sus vecinos, parecían inquietas y desequilibradas por las fuerzas que pugnaban en su seno. En Luton, el anciano Akbar Dad Khan, un pilar de la comunidad, se quejaba de la poca disposición que había en la localidad a parar los pies a un reducido grupo de extremistas. «Algunos de esos fanáticos religiosos», me explicaba con amargura, «son nuestros propios hijos. El caso es que los hemos perdido. Hasta sus propios padres se sienten intimidados».

Esta intimidación, ese ambiente en el que una reducida minoría de extremistas, todos ellos fetichistas de la muerte, exaspera y acosa a un sector más amplio de la sociedad, han sido tolerados mucho tiempo.

La cantidad de musulmanes británicos que se han sumado al culto de Osama bin Laden a la muerte, un movimiento que celebra la destrucción de todo avance hacia la modernidad, ha alcanzado ya un número de dos cifras, lo que resulta deprimente. Además de los cuatro jóvenes que sembraron la confusión en Londres el 7-J, habría que contar al londinense Asif Hanif, de 21 años, que entró en el Mike’s Bar del paseo marítimo de Tel Aviv en el año 2003.

Al mismo tiempo que acababa con su vida, se llevaba por delante la de dos músicos y una camarera y dejaba heridos a más de 40 clientes. Hanif engrosó la lista cada vez más abultada de musulmanes británicos, hombres todos ellos, que han hecho suya la yihad contra Occidente.

El año pasado, Ahmed Omar Saeed Sheikh, alumno de una escuela pública de Wanstead, al este de Londres, fue sentenciado a muerte en Paquistán por el secuestro y asesinato del periodista norteamericano Daniel Pearl. Wail al-Dhaleai, de 22 años, un individuo de nacionalidad yemení que vivía en Sheffield, viajó a Irak y murió en un atentado suicida contra soldados de EEUU.

En mis viajes del año pasado por toda Gran Bretaña he percibido un cambio preocupante de tipo cultural: los padres de clase obrera y sus hijos rezuman ahora desprecio por los valores de la educación británica, el ingrediente fundamental para salir adelante en la vida. La rebelión forma parte del ADN de todos los adolescentes y veinteañeros, pero algunos musulmanes jóvenes dan rienda suelta a las gamberradas de la juventud a través del extremismo religioso, como si disfrutaran con la confrontación ideológica. No representan la mayoría, sólo que son más ruidosos que los otros.

Sin embargo, el salto que hay que dar desde ser un marginado desde el punto de vista social hasta convertirse en un terrorista islámico resulta imposible de entender. Los cuatro jóvenes que han llegado a personificar la cara británica de Al Qaeda han salido de ambientes francamente corrientes, no de los barrios bajos de Gaza o de los suburbios de Bagdad.

Con sus actos sangrientos, estos cuatro terroristas suicidas han socavado los escasos avances realizados en las relaciones entre las diferentes comunidades desde el 11-S. Recién salida de la desolación de la tragedia, nunca se ha sentido Gran Bretaña tan desconectada de sus comunidades musulmanas.