La misión de Tarancón

Por Manuel de Unciti, periodista y sacerdote (EL CORREO DIGITAL, 14/05/07):

Ánimo, don Vicente, ánimo; láncese. Ahora o nunca». Se lo decían con todo cariño y una inmensa esperanza los ocho o diez obispos jóvenes cuya designación había sido trabajada en Roma y en la Nunciatura Apostólica de Madrid por él mismo, Vicente Enrique y Tarancón, cardenal arzobispo de la capital del Reino y presidente de la Conferencia Episcopal Española. Pero pasaron los años y don Vicente, con un cierto acento de dolor y de desilusión, comentaba: «Ahora me toca a mí decirles a mis amigos: ‘Ánimo, lanzaos ya, es vuestra hora’».

Esta mínima anécdota sintetiza, sin más, el modo de ser de ese inmenso personaje al que todo el mundo llamaba simple y llanamente ‘Tarancón’. Era un hombre animoso, idealista, magnánimo. Le entusiasmaban los grandes proyectos -modernizar la Iglesia, democratizar la sociedad española- y le gustaba que la realización de los planes concebidos se llevara a cabo con rigor y hasta, de ser posible, con elegancia. De haber nacido quinientos años antes, habría ocupado un puesto destacado en la singular galería de los grandes cardenales del Renacimiento. Era un mediterráneo acostumbrado a horizontes sin límites y un astuto ‘fenicio’, hábil para la negociación. Oportunidad tuvo de demostrarlo en mil ocasiones. Valga, por caso, toda la carga de habilidad de la que echó mano para evitar que se firmara un nuevo concordato entre España y la Santa Sede.

El Gobierno, consciente de que el mandato de Francisco Franco tenía los días contados, había puesto toda la carne en el asador para conseguir un nuevo texto concordatario en toda regla. Veía en él un fuerte respaldo, algo así como un aval o un espaldarazo para el inmediato futuro, tan preñado de incógnitas. También en Roma, aunque por otras razones de alta política internacional, se optaba en los despachos de la Secretaría de Estado por la fórmula tradicional e histórica del concordato. Tarancón, por su parte, entendía que la firma de un texto tan solemne iba a atar en demasía las manos de la Iglesia -y las de los políticos- para los nuevos tiempos, que no podían ser otros que los de la democracia. Proponía, por eso, la simple firma de unos acuerdos ‘parciales’, esto es, materia tras materia, que si educación, que si patrimonio artístico, que si finanzas, más fáciles de cambiar o modificar, llegado el caso. Se granjeó para esta causa la conspiración del nuncio Dadaglio y, sobre todo, el visto bueno del Papa Pablo VI. Consiguió que, en tres sucesivas votaciones, se decantara por este proyecto hasta la misma Conferencia Episcopal, aunque no por unanimidad.

Por aquí, sin embargo, comenzó a palidecer su buena estrella, ésa que le había llevado desde su tierra de Burriana, donde nació un 14 de mayo de 1907, a ser obispo de Solsona, arzobispo de Oviedo, arzobispo primado de Toledo, arzobispo, por último, de Madrid. En la curia romana, muerto el Papa Pablo VI, el gran amigo de don Vicente, se la juraron de verdad y hasta su muerte. También se la juraron -¿cómo no!- en las filas del régimen franquista. Fue entonces cuando en muchos muros de Madrid pudo leerse ‘Tarancón al paredón’ y cuando en el funeral del almirante Carrero, asesinado por ETA, se temió que un atentado de la ultraderecha acabara con la vida del arzobispo que, contra muchos consejos, presidió las honras fúnebres en el templo de San Francisco el Grande. En la celebración litúrgica, cuando Tarancón abandonó el altar y bajó a dar la paz a los ministros del Gobierno, hubo de sufrir el desaire de que el titular de Educación le negara el saludo y permaneciera firme con los brazos cruzados sin aceptar la mano que le tendía el cardenal.

Por ese tiempo y, sobre todo, por el inmediato posterior, Tarancón andaba atareado en crear un clima de armonía entre los políticos de todo color, sin excluir, claro está, a los comunistas de Carrillo. Varios conventos de la archidiócesis de Madrid saben de muy discretas comidas del cardenal con los que ya se configuraban como los hombres de la Transición. Logró que se hablaran políticos que sistemáticamente se habían resistido al diálogo con sus adversarios, hasta entonces tenidos por enemigos. Se fue desterrando así el espíritu de revancha y la querencia de no pocos a desenterrar el pasado y a pedirse cuentas los unos a los otros. Podía moverse Tarancón con una cierta holgura en este ámbito de innegables tensiones y hasta de odios recomidos porque él, personalmente, había promovido (1971) la celebración de una ‘asamblea conjunta de obispos y sacerdotes’ de toda la nación, en la que una mayoría de los votantes, aunque por desgracia no en número suficiente, pidió perdón «por no haber sabido ser ministros de reconciliación» en la perspectiva de la Guerra Civil. ¿La que se armó! Hubo colectivos religiosos y políticos que acudieron arteramente a Roma con la pretensión de que la Santa Sede desautorizara los textos de la asamblea.

Con esto por delante, el cardenal Tarancón pudo solicitar a los Reyes, en la iglesia de los Jerónimos y el día de la solemne ‘coronación’ del monarca, que el joven rey Juan Carlos I se comprometiera a ser «el Rey de todos los españoles». Toda la homilía es una pieza antológica, bien pensada, bien ponderada, que llamó la atención dentro y fuera de la nación. Algunos se molestaron porque, a su entender, el cardenal había adoptado ante los Reyes, y dirigiéndose precisamente a ellos, un tono de maestro de escuela o de catequista. ¿Nada más lejos del espíritu de Tarancón! Pero ocurrió que don Vicente se olvidó en su casa las gafas de leer y, miope como era, se las vio y se las deseó para no destrozar un texto cálido y elegante que él había mimado para tan solemne ocasión.Cuidó igualmente -y no poco- sus declaraciones sobre el texto constitucional cuando todavía estaba éste en hilvanes. Don Vicente aplaudía con las dos manos la propuesta de separación de la Iglesia y el Estado dentro de un clima de sana colaboración de ambas esferas. Al presente esta separación se presenta como lo más puesto en razón; hace casi tres décadas, sin embargo, no concitaba el aplauso de todos. La Iglesia salía del calificado como ‘nacionalcatolicismo’ y había gentes -entre otros muchos el cardenal arzobispo de Toledo, don Marcelo González- a quienes la propuesta se les antojaba como una traición a la historia de España y hasta un atentado al propio ser nacional. Don Vicente no. Tarancón soñaba con una Iglesia libre en un Estado igualmente libre.

Y este sueño, como se recordará, le llevó, por ejemplo, a tomar partido, decidido, a favor del obispo de Bilbao, monseñor Añoveros (1974). Al Gobierno, ya en el tramo final de la vida de Franco, se le atragantaron la carta pastoral sobre el euskera y otras reivindicaciones del pueblo vasco que don Antonio -navarro y en su día requeté- había ordenado leer en todas las iglesias de su diócesis de Bilbao. Las autoridades dispusieron que un pequeño avión del Ejército aterrizara en el aeropuerto de Sondika y estuviera pronto para trasladar al exilio al ‘díscolo’ prelado. Tarancón, apenas conoció los planes del Gobierno, reaccionó como un rayo. Extendió rápidamente un documento de excomunión contra todas las autoridades interesadas en el caso e hizo correr la voz de que por el momento lo guardaba en un cajón de su escritorio a la espera de lo que ocurriese. El escrito del obispo Añoveros no era del agrado de Tarancón, ¿pero lo era mucho menos que el poder político osara interferir en el magisterio pastoral de un obispo a sus diocesanos! ¿Recordaba, tal vez, los disgustos que, siendo obispo de Solsona, tuvo que soportar por una ‘pastoral’ en la que denunciaba el estraperlo de pan al que se dedicaban los mandos falangistas?

Tarancón no resultó cómodo ni a las autoridades políticas ni a las eclesiásticas. Era un cristiano de grandísima fe y un patriota sincero. Por eso acabó como acabó. Marginado por las altas autoridades de la Iglesia, olvidado y silenciado por los políticos. Cuando el nuncio Inocenti le comunicó por teléfono (¿) que ya podía abandonar la archidiócesis, «¿cuándo?», le preguntó don Vicente. «Cuanto antes», le respondió el nuncio apostólico. El mundo de los políticos, por su parte, trató y sigue tratando de rebajar la importancia de la plural intervención del cardenal en los días de la Transición. Llegado el momento de su partida, sólo los Reyes le ofrecieron una comida de despedida.