La modernización del multilateralismo y los mercados

Por Robert B. Zoellick, presidente del Banco Mundial. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 15/10/08):

Septiembre y octubre están resultando ser dos meses difíciles en un año precario. Una crisis en los mercados financieros, crediticios e inmobiliarios. La tensión continua de los altos precios de los alimentos y los combustibles y los peligros de pobreza y malnutrición. La angustia a propósito de la economía mundial.

Los acontecimientos de estos dos meses podrían ser un hito decisivo para muchos países en vías de desarrollo. Como siempre, los pobres son los más indefensos. En todo el mundo se oyen voces que culpan al libre mercado; otros preguntan sobre el fracaso de las instituciones gubernamentales. No podemos dar marcha atrás al reloj de la globalización, así que debemos aprender las lecciones del pasado mientras construimos para el futuro. Debemos modernizar el multilateralismo y los mercados para situarlos a la altura de una economía mundial cambiante.

La globalización y los mercados actuales reflejan los grandes cambios en la tecnología de la información y las comunicaciones, los flujos financieros y comerciales, la movilidad de la mano de obra, la interconectividad mundial y las inmensas fuerzas nuevas que han empezado a competir. Hay nuevas potencias económicas cuyo ascenso las convierte en accionistas del sistema mundial. Y esas potencias quieren que se les escuche.

Las empresas y los mercados financieros privados seguirán siendo los motores más poderosos del crecimiento y el desarrollo mundial. Pero los sistemas financieros del mundo desarrollado, especialmente el de Estados Unidos, han mostrado unos puntos débiles innegables después de sufrir pérdidas gigantescas. La estructura internacional diseñada para hacer frente a esas circunstancias está crujiendo.

El nuevo multilateralismo, adaptado a nuestros tiempos, tendrá que ser una red flexible, no fija. Necesitará aprovechar al máximo las ventajas de la interconexión y las instituciones, públicas y privadas. Deberá orientarse hacia una resolución pragmática de problemas que fomente una cultura de cooperación.

Nuestro nuevo multilateralismo debe crear un sentimiento de responsabilidad compartida por la salud de la economía política mundial y debe contar con la participación de todos los que tienen un interés fundamental en esa economía. Tenemos que redefinir el multilateralismo económico en un sentido más amplio, que vaya más allá de la atención tradicional a las finanzas y el comercio. Hoy, la energía, el cambio climático y la estabilización de los Estados frágiles y que han sufrido un conflicto son temas económicos. Ya están incluidos en el diálogo internacional sobre seguridad y medio ambiente. Ahora tienen que merecer también la atención del multilateralismo económico.

El nuevo multilateralismo se apoyará en los Gobiernos nacionales y la cooperación entre ellos. Pero el G-7 no es suficiente. Necesitamos un grupo mejor para una época distinta. Necesitamos un núcleo de ministros de Finanzas que asuman la responsabilidad de prever asuntos, compartir información y análisis, explorar intereses mutuos, movilizar esfuerzos para resolver problemas y, como mínimo, sortear las diferencias.

Debemos pensar en un nuevo Grupo Directivo en el que figuren Brasil, China, India, México, Rusia, Arabia Saudí, Suráfrica y el G-7 actual, que se reúna de forma periódica, con un diálogo activo, tanto formal como informal. Este nuevo Grupo Directivo no sería meramente un G-14 fijo que sustituya al G-7. No debemos emplear métodos del viejo mundo para construir el nuevo. El Grupo Directivo tendría que evolucionar con arreglo a las circunstancias. Necesitamos esa nueva red que nos permita prever los problemas mundiales, y no sólo limitarnos a ir limpiando el estropicio. El Grupo Directivo seguirá teniendo que trabajar con las instituciones internacionales establecidas, pero la existencia del núcleo hará que haya más probabilidades de cooperación entre los países cuando surjan problemas que superen las fronteras de un Estado.

Igual que la crisis financiera ha sido internacional debido a la interconexión, las reformas tendrán que ser multilaterales. Ya sea a través de un Foro de Estabilidad Financiera ampliado con el FMI o a través del Grupo Directivo, estos aspectos de supervisión financiera deberán abordarse en un contexto multilateral más amplio.

Asimismo, la nueva red multilateral tendrá que interconectar la energía y el cambio climático. Los mercados energéticos mundiales están en una situación pésima. Necesitamos un “pacto mundial” entre los grandes productores y consumidores de energía. Podría ser conveniente para todos administrar un abanico de precios que concilie los diversos intereses mientras se lleva a cabo la transición hacia estrategias de crecimiento con menos emisiones de carbono, una cartera de suministros más amplia y más seguridad internacional.

Un acuerdo sobre el cambio climático tendrá también que apoyarse en nuevos instrumentos. Necesitamos nuevos mecanismos que apoyen la repoblación forestal y eviten la deforestación, desarrollen nuevas tecnologías y estimulen su rápida difusión, proporcionen apoyo financiero a los países más pobres, ayuden a hacer las adaptaciones necesarias y refuercen los mercados del carbono. El Grupo Directivo debería impulsar la acción en materia de energía, medio ambiente y financiación para contribuir a las negociaciones de la ONU y la implantación práctica de un tratado sobre el cambio climático.

La situación económica será una de las principales responsabilidades del próximo presidente de Estados Unidos. Pero es una tarea que no concierne sólo a Estados Unidos.

El multilateralismo, cuando funciona bien, es una forma de resolver los problemas entre los países, porque los que se sientan a la mesa están deseosos y son capaces de emprender acciones constructivas conjuntas. El destino nos ofrece una oportunidad envuelta en una necesidad: modernizar el multilateralismo y los mercados.