La molesta incontinencia verbal

Carlos Robles Piquer fue mi jefe durante un par de años. Le cargaron con la incómoda responsabilidad de la Dirección General de Radio Televisión Española, y él me endosó la dirección de Radio Cadena, un puzzle donde se habían reunido las emisoras de la Cadena Azul de Radiodifusión, la Red de Emisoras del Movimiento y la Cadena de Emisoras Sindicales, 70 postes repartidos por toda España, y algunos estudios en situación paupérrima. Con motivo de unos cambios de dirección en las emisoras gallegas, le pedí que asistiera a los nuevos nombramientos, y, aunque el gigante de la televisión y Radio Nacional de España ocupaban la mayor parte de su tiempo, tuvo la paciencia cortés de acceder.

Fue en ese viaje donde me presentó y almorzamos con Domingo García Sabell, médico y presidente de la Real Academia de las Letras Galegas, un hombre sabio, irónico y… republicano. Por eso fue condenado a un campo de concentración y se le prohibió ejercer la medicina en la Seguridad Social. Había sido designado senador por el Rey en las Constituyentes del 77, y creo que en aquél viaje ejercía de Delegado del Gobierno, cargo en el que le mantuvo el gobierno de Felipe González, hasta que García Sabell presentó la renuncia.

NIETO
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Un almuerzo con Robles Piques y García Sabell era un raro privilegio, que tuve la suerte de repetir en un par de ocasiones más.

Aunque a finales de los 70, era fácil encontrarse con gente en Madrid, que parecía que había acudido todas las tardes a casa de Pío Baroja, y tomaba café con González Ruano, y merendaba en casa de Vicente Aleixandre, y había sido íntimo de Valle Inclán, sólo unos pocos podían afirmarlo sin mentir, y uno de ellos era Domingo García Sabell. Su admiración por Valle era indisimulada, y su amistad evidente, a lo largo de un muestrario anecdótico a cual más divertido y pintoresco.

De las muchas anécdotas contadas en esos encuentros, recuerdo estos días de verano en que las conversaciones íntimas son casi todas públicas, una en especial.

Contaba García Sabell que don Ramón María asistía a una tertulia en un café de Santiago de Compostela, conocida como la tertulia de don Ramón. Los asistentes eran libres de sentarse a las mesas cercanas y acudían numerosos estudiantes. Naturalmente el que más hablaba era Valle Inclán y solía ser crítico, mordaz y divertido. Un día, un estudiante se sentó frente a él, pidió un café con leche con un bollo, y se dispuso a escuchar, mientras azucaraba su bebida y la diluía con la ayuda de una cucharilla. Y, en un momento determinado, ante el asombro de los presentes, interrumpió al maestro y se puso a disgregar con argumentos vacuos que tenían que ver poco con la disertación. Y no fue sólo un comentario volandero, una cuña accidental, sino que, ya en el uso de la palabra, peroró largamente sin saber acabar, y siguió por el jardín de la palabrería en busca de un final. Los asistentes observaban con cierto temor a Valle Inclán. porque éste nunca se distinguió por su paciencia, y temieron que, en algún momento, le arreara un bastonazo al boquirroto. Sin embargo, Valle Inclán permanecía en una aquietada espera, sin mostrar ninguna irritación. En un momento determinado, el incontinente verbal, fuera porque necesitaba refrescar ideas, fuera porque su garganta se estaba quedando ya seca, arrimó el tazón a los labios para dar un sorbo. En ese instante, don Ramón María volvió a tomar la palabra con esta frase demoledora: «Ahora que el joven se ha callado PARA SIEMPRE, continuemos….».

Menos sutil, más castizo al hispánico o al borbónico modo, sería el famoso «¿¡Por qué no te callas!?» que soltó Juan Carlos I ante la abrumadora y cansina incontinencia verbal de Hugo Chávez, en el año 2007, durante la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado. Aquella nada diplomática intervención, heterodoxa y antiprotocolaria, fue celebrada en todo el mundo, y la mayoría se pusieron al lado del Rey de España. no por simpatías especiales, sino porque cada día abundan más en el mundo los damnificados por los inmisericordes locuaces, que están en todas partes.

«En principio fue el Verbo», dice la Biblia, y lo malo es que algunos se lo toman de manera literal, no sólo en la política, sino en la vida de la empresa y en el ámbito social. En este último, el incontinente verbal que más abunda es el de la subespecie de los egotistas, que se caracterizan por narrar todo tipo de acontecimientos superficiales donde ellos son los protagonistas indiscutibles. Fue Enrique Jardiel Poncela quien mejor retrató a este especímen, me parece que en «¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?». El incontinente verbal, facción egotista, se percata de que quizás lleva demasiados minutos hablando de él, y decide adoptar un matiz de generosidad: «Llevamos ya mucho tiempo hablando de mí. Hablemos ahora de tí. Tú ¿qué piensas de mí?». Fue la mordacidad de Jardiel la que, de una manera breve y certera, retrató a este prototipo que puede arruinar cualquier cena.

Recuerdo unas Fallas en Valencia, y una comida en la que nos sentábamos ad libitum. La mesa castellana, redonda, apta para ocho o diez comensales, es muy apropiada para poder establecer una conversación animada, pero un personaje, de cuyo nombre no quiero acordarme, tomó la palabra durante los entremeses y, al llegar el café, seguía dándonos lecciones. A la noche, aterrados, convencimos a alguien que se dirigía a otra mesa para que lo hiciera con nosotros, y, cuando llegó el pelmazo, tuvo que llevar su incontinencia a otra parte.

El grave problema de la incontinencia verbal es que no cae ni en el ámbito de la Medicina, ni en el de la Guardia Civil. Y no se conocen paliativos. Así como en la incontinencia urinaria existen compresas y pañales que permiten llevar una vida convencional, el incontinente de oratoria, amén de no estar diagnosticado por ningún estamento, lleva implícito el terrible inconveniente de que lo que los demás observamos como una enfermedad molesta y peligrosa, el enfermo, en cambio, está convencido de que se trata de una virtud que adorna a las otras muchas que posee. Y este es uno de esos ámbitos donde no se percibe ninguna discriminación de género, y las incontinentes son tan pelmazas, cargantes e inoportunas como los incontinentes machos.

En verano, con las ventanas abiertas, las terrazas en plena actividad, y la vida al aire libre tanto en los espacios urbanos como en los marinos, no es difícil que llegue el monocorde y continuo sonido del incontinente. Y es, entonces, cuando te gustaría poseer la autoridad intelectual de Valle Inclán para acercarnos a la hamaca de al lado o a la mesa de la terraza al aire libre para aguardar a que el/la incontinente tome un sorbo de una bebida, y. en ese momento, poder informar a sus sufridos acompañantes: «Ahora que el incontinente se ha callado para siempre… continúen ustedes»

Luis del Val, escritor.

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