La monarquía del bienestar

Se bebe más café que té, hay más fervor papista que anglicano, los sastres londinenses visten menos a los duques que a los jeques y -para espanto de victorianos- hasta el sistema métrico decimal ha hecho avances sustantivos. De la reina Victoria a la reina Isabel, no hay casi nada que no haya cambiado en Gran Bretaña: la emperatriz de la India ejercía su dominio sobre “un continente, cien penínsulas, dos mil ríos y diez mil islas”; la Cabeza de la Commonwealth, sobre una docena de caprichos geográficos y paraísos fiscales.

Entre una y otra soberana, la pacatería decimonónica se ha abandonado a las sombras de Grey e incluso Escocia ha pasado del romanticismo de las Highlands a plantear su independencia. Sí, de finales del siglo XIX a la segunda década del XXI, son muchas las cosas que han cambiado en Reino Unido. Tras perder un imperio y ganar dos guerras mundiales, su modelo monárquico está entre las pocas que no.

Fue su gran codificador, Walter Bagehot, quien plasmó una de las ventajas que asisten a la realeza: la capacidad de mantener la corona “escondida como un misterio”, o bien de “pasearla como en un desfile”. Hoy la reina Isabel supera las marcas de su tatarabuela Victoria y -hoy igual que ayer- la monarquía aún parece a la busca de “endulzar la política con la justa adición de acontecimientos hermosos”. Un ‘royal’ más cínico lo ha llamado “el negocio de la felicidad”, pero -cinismos aparte- ahí está la misma intuición que ya había tenido Disraeli: bajo el gobierno del pueblo, la importancia de la corona bien podía ser mayor y no menor.

La monarquía del bienestarY no hace falta más que asomarse a una televisión para comprobar que, en efecto, sigue habiendo personas “a las que siempre preocupará más un matrimonio que un ministerio”. Es la mezcla de la monarquía a la vez como “encantamiento místico”, según Bagehot, y como institución “capaz de llevar el orgullo de la soberanía al nivel de la vida diaria”. Al explicar el apego del pueblo británico a sus reyes, G. M. Young citará un rasgo “que se suele escapar a los estudiosos de la filosofía política”: precisamente, “el afecto”.

No está mal para unas gentes que Koestler vio “sospechosas de toda causa, desdeñosas de todo sistema, aburridas por las ideologías y escépticas con las utopías”. E incluso esas razones del corazón tienen su punto de paradoja: al fin y al cabo, la Historia del país puede leerse como un intento de embridar el poder real en todo lo que va de la magna carta allá en el siglo XIII a la sentencia de Macaulay -“el príncipe reina y no gobierna”- ya entrado el XIX. La propia Victoria, tan dada a meterse en políticas, llevaría muy a mal esa limitación de su capacidad ejecutiva. Y, sin embargo, la lenta sedimentación de la monarquía parlamentaria iba a avalar el genio británico para la transacción pragmática con un modelo en el que todos ganaban más que perdían. La sociedad podía respaldar a su monarca sin temor a tentaciones despóticas. Las instituciones lograban equilibrar “el viejo sentimiento de la monarquía heroica” con “el refinamiento de la constitución”. La reina sumaba enteros de autoridad e influencia con sus funciones, hoy clásicas, de “ser consultada, exhortar y prevenir”. Y al Estado, “el digno uso” de la corona le podía aportar “un valor incalculable”.

odavía en nuestros días, el uso más digno y el mayor valor de la monarquía parlamentaria pasará por situar en la Jefatura del Estado a una personalidad libre de lazos partidistas. Con Victoria como con Isabel, la figura real se erige en “la luz por encima de la política”, y el reconocimiento de su autoridad va a depender del mantenimiento estricto de su neutralidad. El victoriano Bagehot lo explica con elocuencia: para hacer efectiva su condición de símbolo, el monarca “no debe entrar en los combates de la política, o dejará de tener la reverencia del resto de combatientes”. Por igual motivo, tampoco aceptará partidos u hombres del rey. Esa misma independencia dará testimonio de su superioridad sobre la refriega partidista: si la contienda ideológica afecta a todas las facciones, el monarca demuestra que hay zonas del Estado sustraídas a las divisorias de la política del día a día. “La nación”, dice Bagehot, “tiene dos partidos, pero la corona no es de ninguno”. Es su única manera, también, de ser de todos.

Con corrientes republicanas incluso en los tiempos -tan dados al mito- de la reina Victoria, siempre habrá razones numerosas para apoyar y para deplorar la monarquía. En todo caso, habrá bastantes menos para pensar que la experiencia británica no ha sido un éxito para el país. El propio perfil de Isabel II ha podido ser de utilidad para gobiernos de corte fuertemente reformista, al ofrecerse como punto fijo de continuidad institucional capaz de amortiguar los cambios de la política. Por algo la reina ha sido tan estimada -entre otros- de los políticos de izquierda. Y si la exportación del modelo insular -de España a Noruega y de Bélgica al Japón- ratifica sus logros, la capacidad de adaptación de las monarquías las muestra más como pervivencia que como anacronismo.

Por supuesto, el progreso y la modernidad de sociedades como la sueca o la holandesa no pueden atribuirse de modo directo a su forma de gobierno, pero -del mismo modo- tampoco cabe soslayar su aporte en términos de estabilidad.

Ciertamente, al tratar de la corona, se hace ineludible la consideración de la ejemplaridad. Lo dejó dicho -hombre de influencia- el príncipe Alberto, consorte de Victoria: “La exaltación de la monarquía sólo es posible por el carácter personal del soberano”. Ahí puede argüirse que ni los mayores críticos del sistema monárquico han podido reprocharle a Isabel II irresponsabilidad o ligereza.

Tanto ‘Victoria and Albert’ como la actual reina sabían que, en tiempos de deferencias declinantes, a la realeza se le exige cada vez más el empleo práctico de su naturaleza simbólica. La corona, como escribió Cánovas, “no puede estar tan alta que se pierda entre las nubes”. Es tanto como decir que debe ponerse a trabajar.

Con el propósito expreso de constituirse como “fuerza moral”, la vertiente filantrópica de la corona fue una de los más útiles empeños de la corona victoriana. De su época a la nuestra, la labor que más ha prestigiado a las monarquías ha sido, justamente, su apertura a los proyectos de la sociedad civil. Se trata de dar voz a grupos, iniciativas y necesidades que rara vez resuenan entre las prioridades de la política y que son expresión de vínculos ciudadanos fuera del marco del Estado. Esas acciones de la corona constituyen la gestualidad “inteligible” que Bagehot pedía a la realeza para mostrar su utilidad a ojos de los ciudadanos.

Hoy la llamamos “monarquía del bienestar” y, en años de escrutinio mediático, esa implicación y esa apertura es lo que se demanda de los soberanos actuales. La corona obliga aún con aquella “esclavitud precisa” de la que habló Felipe II, y la cabeza de la nación -como afirma Bogdanor- ya no puede acogerse a su lejanía para sostener su mística. Así lo ha entendido, durante más de seis décadas, Isabel II. Y así ha dejado atrás esos años en que sus antecesores se permitían devolver los dossieres del Gobierno tatuados con el cerco de un vaso de un whisky.

Ignacio Peyró es periodista y escritor. Acaba de publicar Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (Fórcola).

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