La monarquía en el siglo XXI

La boda del Príncipe Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton tuvo todo el boato y la majestuosidad que podían esperarse de una boda real. Constituyó también una prueba de la popularidad y la vitalidad de la monarquía británica en el siglo XXI. Allí estaban representadas tres generaciones de los Windsor que con este enlace parecían superar definitivamente los tiempos difíciles que han vivido en las últimas dos décadas, y demostraban su capacidad para conectar con las emociones del pueblo británico. La ceremonia tuvo toda la grandeza y la magia que siempre han tenido las bodas de herederos a la corona de Inglaterra celebradas en la abadía de Westminster desde hace siglos. Era de esperar que el espectáculo real suscitara tanto entusiasmo en el Reino Unido, el más monárquico de todos los pueblos, pero lo extraordinario es que la boda real británica se convirtiera en un acontecimiento global, seguido por millones de telespectadores en todo el mundo.

Resulta sorprendente que después de tantos avatares la monarquía haya sobrevivido con todo su esplendor y a pesar de los intentos de descalificarla siga gozando de tanta popularidad. El siglo XX fue el más catastrófico para la institución monárquica. En el año 1900 solo había dos repúblicas en Europa, la francesa y la suiza; sin embargo, cuatro décadas después, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países europeos eran repúblicas. Las casas reales fueron víctimas de revoluciones y guerras, y también de la idea cada vez más extendida de que una sociedad democrática e igualitaria era incompatible con privilegios heredados, y muy especialmente con el privilegio de reinar. En el resto del mundo las monarquías siguieron un proceso de disolución similar. El Rey Faruk de Egipto, destronado en 1952, hizo una célebre predicción: que en el futuro solo habría cinco reyes: los cuatro de la bajara y la Reina de Inglaterra. Si todos hubieran sido tan despilfarradores e insensibles ante las necesidades de sus súbditos como lo fue el Rey de Egipto, las monarquías se habrían extinguido, pero la realidad iba a ser muy distinta.

En Europa varias monarquías iban a sobrevivir a las crisis del siglo XX por diversas razones. En primer lugar, por ser símbolos de unidad nacional, y también la mejor representación viva de la historia y las tradiciones que vertebran un país. En segundo lugar, por el prestigio de la institución monárquica para representar a un estado, especialmente en el ámbito internacional. Y ante todo por su utilidad, pues la monarquía constitucional, en la cual el rey reina pero no gobierna, surgió como una fórmula esencial para dar estabilidad a la democracia. No es casual que algunas de las democracias más antiguas y ejemplares del mundo, como son Gran Bretaña o los países escandinavos, sean monarquías constitucionales. En el caso de España, la Monarquía ha contribuido de forma muy especial a reconciliar a los españoles y a consolidar la democracia.

Mantenerse en el trono en tiempos modernos es mucho más difícil que lo que fue tradicionalmente. Las familias reales están hoy permanentemente sometidas al implacable escrutinio de los medios de comunicación, y cualquier escándalo puede provocar que la opinión pública se ponga en contra suya. Los políticos más críticos aprovechan cualquier momento de debilidad de la monarquía para cargar contra ella. Tony Benn, un célebre político laborista británico y convencido republicano, insiste en argumentar que los reyes, por heredar el poder, no están preparados para ejercer la jefatura de Estado, añadiendo en tono jocoso: «Pocos se montarían en un avión pilotado por un hombre que, aunque no tenga formación de piloto, tranquilice a los pasajeros diciéndoles que su padre sí lo era». Margaret Thatcher tiene una frase muy buena para responder a su viejo rival laborista: «A aquellos que piensan que un político desempeñaría mejor la jefatura de Estado que un rey, les recomiendo conocer a más políticos». Los príncipes herederos acceden al trono por un factor biológico, pero también son preparados para reinar desde su infancia; la educación de un príncipe, que siempre fue exigente, lo es especialmente en la actualidad, en la que cualquier error por parte de un monarca es imperdonable y puede provocar el fin de su reinado. Los príncipes herederos están especialmente mentalizados para que su reinado sea ejemplar y son bien conscientes de que los privilegios que heredarán irán acompañados de muchas obligaciones y sacrificios.

Otra de las razones por las que algunas monarquías se han ganado el respeto y la aceptación de sus pueblos es que brillan mucho más y son más eficaces en el desempeño de sus funciones que la mayoría de los jefes de Gobierno, ministros y demás representes políticos. En la actualidad los reyes tienen que ser cada vez más profesionales en el oficio de reinar y más ejemplares para mantenerse en el trono. Por el contrario, los políticos son generalmente menos profesionales, están peor preparados para la vida pública y no siempre están a la altura de los retos a los que se tienen que enfrentar. A juzgar por los resultados, los monarcas están hoy mejor preparados para reinar que los políticos para gobernar.

La política de partidos es siempre conflictiva y divide a los ciudadanos, mientras que la monarquía es pacífica y aspira a unificar y representar a todos sus súbditos. La figura del monarca evita los excesos de la partitocracia y sirve también para compensar la omnipresencia de los políticos en la vida pública.

Decía Aristóteles que la monarquía es el único sistema en el que se ejerce el poder por el bien de todos. En tiempos modernos la monarquía constitucional, con los poderes limitados otorgados al Rey, sigue teniendo como misión principal servir al interés general, y esta es la razón por la que ha sido la solución para muchos países. «La Monarquía nos une, mientras que la República nos divide», dijo el primer ministro italiano Francesco Crispi, a finales del siglo XIX, cuando Italia, un país muy difícil de gobernar y profundamente dividido, alcanzaba finalmente la unificación y la estabilidad bajo la monarquía. «La monarquía parlamentaria desempeña un papel que nunca puede hacer un presidente elegido. Formalmente pone coto a la avidez de poder de los políticos, ya que con ella la jefatura del Estado queda ocupada y está fuera de su alcance», reflexionaba el sociólogo alemán Max Weber a comienzos del siglo XX en su búsqueda de un sistema de gobierno ideal. La monarquía, que es neutral, está por encima de los intereses partidistas y representa los intereses permanentes de una nación, ha sido la mejor forma de gobierno para muchos países donde existía una tradición monárquica, y en aquellos donde ha habido una familia real que ha sabido cumplir con sus obligaciones dinásticas y estar a la altura de las circunstancias en todo momento sigue siendo útil y necesaria.

¿Cuál es el porvenir de la monarquía en el siglo XXI? La historia no tiene guión; por esta razón su futuro dependerá, principalmente, de lo que hagan de ella los reyes del siglo XXI. Se hereda un trono, pero no se hereda la sabiduría de un rey ni el afecto de un pueblo. El prestigio de reyes ejemplares, como son Juan Carlos I o Isabel II, ha contribuido a revitalizar la monarquía constitucional de manera extraordinaria, pero no será suficiente para garantizar la continuidad de la corona tras su desaparición; por esta razón los reyes del futuro tendrán que mostrar una vez más que la monarquía es tan necesaria para sus países en tiempos modernos como lo fue en el pasado, y representar la grandeza de la institución monárquica para unir y dar prestigio a un pueblo.

Por Julio Crespo Maclennan, historiador y escritor.

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