La Monarquía española

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 12/10/07):

El historiador Simon Schama escribe –en Auge y caída del Imperio Británico– que «a finales de los noventa, otro marcador indispensable de la identidad británica, la monarquía, pareció que comenzaba a tambalearse (…). El año 1992, calificado con voz ronca por la reina de annus horribilis, no solo vio la separación de Carlos y Diana, sino también un pavoroso incendio en noviembre en el castillo de Windsor. (…) Pero el momento más difícil estaba todavía por venir. A la muerte de la princesa Diana (…), la familia real fue objeto de duras críticas por haber seguido rígidamente el protocolo (…). La crisis fue superada gracias a un discurso pronunciado por la soberana que sorprendió por su falta de formalismos y por expresar con sinceridad y claridad el dolor personal que sentía. La oleada de sentimientos que inundó a todo el país ponía de manifiesto la evidente necesidad que tenía el pueblo de unirse en una comunión de sensibilidades reconocible, y hacerlo en calidad de súbditos de una monarquía democrática». Aquel país no era solo Inglaterra, sino Gran Bretaña, de lo que resulta la trascendencia que tiene la Corona para la preservación de la identidad británica y la continuidad del Reino Unido.

UNA FUNCIÓN semejante cumple hoy en España la Monarquía. En efecto, la Corona es la institución en que hoy mejor se encarna la nación española –si no la única–, así como el símbolo supremo del Estado en que aquella nación se organiza jurídicamente a partir de la Constitución. En suma, la Corona es, en la persona del Rey, la expresión más simple y clara de la unidad de España. Esta es la función mayor que cumple hoy entre nosotros la Monarquía, y ahí radica la razón de que sea insustituible.
Que el éxito del Rey ha sido grande en este empeño lo demuestra que le han surgido enemigos –precisamente por esta razón– en los más distintos ámbitos. Así, amargos, resentidos y aviesos son los abundantes antimonárquicos de derechas, que no le han perdonado nunca al nieto de Alfonso XIII que se negase, desde el principio, a ser la clave de bóveda de un renovado sistema oligárquico de ideología católica y estructura unitaria y centralista, así como que haya mantenido una relación normal y cordial con los gobiernos y partidos de izquierdas.

DESDE OTRO ángulo, displicentes, despectivos y acerbos son los críticos de izquierdas que cuestionan la monarquía por su irracionalidad, así como por no someterse tampoco a los dictados emanados desde la pretendida superioridad ética de un pensamiento progresista transido de nostalgia republicana e hirsuto revanchismo. Y, por último, acérrimos detractores de la institución monárquica son muchos nacionalistas periféricos, que ven en la Corona el último bastión a batir en su lucha por la independencia de sus respectivas patrias.
En este marco se inscriben los ataques que la Monarquía ha recibido en los últimos meses. Su gravedad no radica en los hechos en sí, sino en el ambiente que los hace posibles, definido por un creciente distanciamiento sentimental de España, que crece imparable en algunas comunidades, va más allá de la reivindicación de competencias y dineros, y se inscribe en el repudio de un proyecto español compartido por una parte –mayor o menor– de su población, ante el silencio ominoso del resto. Un silencio que es un síntoma aún peor, pues quien calla otorga. De ahí que para nada sirvan la persecución policial y el enjuiciamiento de estos desafueros. Por ello, habida cuenta de que irán a más, la Corona debería insistir en estas pautas de conducta:
1) Cumplir la ley en su sentido más amplio –comprensivo de las normas impuestas por la tradición y la costumbre–, sin apartarse de ella ni un ápice. Y hacerlo con voluntad de servir, sin pretender protagonismos y asumiendo el modesto cometido del aceite que lubrifica los engranajes de la máquina.
2) Estar presente. Es decir, acudir siempre allí donde es llamada y su presencia puede servir de ayuda, consuelo o lenitivo, para aportar a los ciudadanos –con su proximidad– la sensación de que comparten iguales afectos y lealtades.
3) Callar y aguantar. Vienen malos tiempos para la Corona: será negada, ofendida y escarnecida por lo que representa. Pese a ello, no ha de proferir ni una queja, ni ha pedir nada a nadie, pues casi nadie superará –en su defensa– el límite de la estricta convención. En especial, jamás debe recabar –ni directa ni indirectamente– protección judicial. Ha de poner su destino, en suma, en manos de su pueblo.

EL REY –en quien se encarna hoy la Corona española– representa a una de las más antiguas naciones europeas, con una larga trayectoria en la que –como en toda historia humana– hay más cosas dignas de admiración que de desdén. Y procede de una dinastía curtida en mil avatares del viejo continente. Esta doble y honorable tradición, de la que es depositario, le dará lucidez para ver lo que hay, y fortaleza para sobrellevar el trance con escéptica esperanza.
Nadie sabe el desenlace, pero una cosa es segura: en los próximos tiempos irán unidos los destinos de la Corona y de España. ¿Por qué? Porque la Corona es el último símbolo de España entendida como un proyecto compartido. Por eso, a estas alturas, soy monárquico de razón. Y también –lo reconozco– soy escéptico.