La Monarquía necesaria

La Corona significa estabilidad, representación e Historia. Es un capital muy valioso que los españoles cada treinta o cuarenta años parece que nos empeñamos en dilapidar, aunque al cabo de poco tiempo nos damos cuenta de que cualquier otra solución es mucho peor y, por una u otra vía, apelamos a la legítima Dinastía histórica para que ejerza de nuevo la máxima representación política.

En efecto, en España, desde la muerte de Carlos III en 1788, no se ha producido una sucesión «normal» en la Monarquía española, es decir, del Rey al Príncipe de Asturias sin interrupciones revolucionarias ni abdicaciones. Carlos IV abdicó; Fernando VII renunció obligado por Napoleón; José I fue un títere instaurado por su hermano que fue derrotado heroicamente por la nación española; Isabel II fue destronada y después abdicó; Amadeo I de Saboya se volvió a Italia al darse cuenta de que no era aceptado en España por ser ajeno a la dinastía histórica; Alfonso XII padeció el exilio hasta que fue restaurado; Alfonso XIII tuvo que abandonar España para evitar un enfrentamiento entre españoles y S. M. el Rey D. Juan Carlos I, nacido en el exilio en Roma, asumió la Corona con una triple legitimación: la de la Ley, la de la Dinastía histórica y la del ejercicio de su función con su defensa constitucional frente a los golpistas del 23 F. Su capital político ha sido y es tan elevado que la solicitud de abdicación del Rey es claramente un atajo engañoso en la dirección de poner en cuestión todo el edifico constitucional y provocar un deslizamiento hacia la República. Con ello se produciría un desplazamiento hacia posiciones políticas extremas de izquierda y de derecha. Esto es lo que pretenden, consciente o inconscientemente, quienes están en esa aventura de abdicación, de inestabilidad suicida. En otras palabras, los españoles, que hemos recuperado reiteradamente la Corona por ser un elemento constitutivo esencial de la Nación, de nuestra Historia, nos merecemos, después de más de doscientos años, que se produzca una sucesión en el Trono sin la inestabilidad compulsiva de una abdicación o un cambio político en la cúspide del Estado.

Como era de esperar, el Rey ha declarado recientemente que no tiene ninguna intención de abdicar y los motivos que algunos aducen para empujar al Monarca en esa dirección son nimios. Un Rey se ve obligado a dejar el Trono por incumplir gravemente sus obligaciones constitucionales, lo cual no es el caso. D. Alfonso XIII fue destronado por aceptar un régimen dictatorial como el de Primo de Rivera en 1923. Pero en el fondo, en 1931, latía una crisis de incapacidad de la clase política de la Restauración para adaptar el edificio político de la Monarquía parlamentaria de 1878 a las realidades de la nueva sociedad moderna, urbana e industrial del s. XX. En otras palabras: la incapacidad reformista de la elite política de la Restauración, debilitada y diezmada por la acción terrorista de orientación republicana con tres magnicidios en apenas veinte años (Cánovas, Canalejas y Dato), arrastró al Rey a dejar el Trono. Con ello España padeció una II República sectárea, cuya elite exarcebó la opinión hasta conducirla a una guerra civil y después, como consecuencia de la misma, a cuarenta años de dictadura franquista. Hasta Indalecio Prieto en sus Memorias señaló, en los años cincuenta, que visto lo visto con la II República, la Guerra Civil y el franquismo, hubiera sido mucho mejor mantener la monarquía parlamentaria de la Restauración. De ahí que no se entienda el «espejismo republicano» que recorre redacciones de periódicos y medios de comunicación conservadores o comerciales. Por no hablar de los cenáculos madrileños, en los que se juguetea con la revancha republicana. En el supuesto indeseable de la nueva república, muchos de ellos después dirán, como le pasó al agudo y conocido filósofo, pero de escasas entendederas políticas, don José Ortega y Gasset: «no es esto, no es esto».

Por todo ello, es importante abandonar expresa y conscientemente el debate de la abdicación, de la ruptura, y centrarse en el de la reforma. Y este trabajo es tarea de los políticos, no del Rey, que sólo tiene constitucionalmente una función moderadora y representativa.

La lista de importantes temas revisables, mejorables, puede ser amplia. Pero entre los temas a reformar sería un error incluir alteraciones forzadas en la sucesión de la Corona. Como he señalado, todas las sucesiones anteriores a la Corona de España, desde Carlos IV, se han producido en un contexto de alteración revolucionaria de la vida política española y no creo que repetir ese camino sea una receta recomendable. La vigencia y necesidad de la Monarquía viene avalada por una larga experiencia histórica. Una experiencia que nos informa y aconseja sobre la absoluta conveniencia y superioridad de la estabilidad frente a otras aventuras rupturistas.

Guillermo Cortázar, historiador.

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