La Monarquía no es el problema

La Monarquía parece una afrenta a los principios democráticos. ¿Cómo puede nacer una persona con más privilegios que los demás? ¿No debemos ser meritocráticos y democráticos en todo? Tal razonamiento parece conducir a la República como única forma de Estado justificable. Por ello, en estos últimos días muchos ciudadanos se preguntan: ¿por qué no cambiar nuestra forma de Estado? De forma paralela, la autodeterminación de Cataluña o el País Vasco tiene una apelación emocional y lógica obvia: “Queremos elegir nuestro destino”. Muchos ciudadanos, especialmente en Cataluña, se preguntan: ¿por qué no?

Es cierto que en España hay mucho que reformar. Muchas instituciones, incluso las más sagradas, están podridas. Los mismos partidos que se llenan la boca hablando del respeto a las instituciones las ultrajan cada día nombrando a personas corruptas y sin competencia para las magistraturas más elevadas, desviando recursos de formación, empleo o de desarrollo a su bolsillo, protegiendo a criminales reconocidos. Los ciudadanos, particularmente los más jóvenes, tienen la sensación, que creo justificada, de que siempre pagan los mismos y de que el sistema los excluye. En las últimas elecciones europeas los ciudadanos han mandado un mensaje inequívoco: las cosas tienen que cambiar.

La Monarquía no es el problemaPero, compartiendo el enfado general que sienten los ciudadanos, creo que la deriva republicana e identitaria que está tomando este enfado lleva a un callejón sin salida, conduciendo las energías de los ciudadanos en direcciones improductivas, y haciéndoles ignorar lo que realmente requiere su urgente atención. En España hay que reformarlo todo, instituciones económicas, políticas y sistema educativo, en profundidad, pero en mi opinión no es necesario ni productivo para ello alterar los dos pilares clave del consenso constitucional: la Monarquía y la unidad de España.

Un país como España es un compromiso histórico de muchos para vivir juntos. No es una bandera, un himno, una emoción. Son muchas banderas, himnos y emociones, no solo para cada pueblo, sino para cada ciudadano. Contrariamente a lo que imaginan los nacionalismos identitarios que ponen al volk, el pueblo, como centro de referencia de todas las cosas, cada uno tenemos muchas identidades a la vez y elegimos una en cada momento según el contexto, como el economista Amartya Sen ha argumentado con elocuencia en su libro Identity and violence. Por ejemplo, dependiendo del contexto, yo soy vallisoletano, español, europeo, castellano, economista, discípulo de Gary Becker y de Sherwin Rosen, europeísta, utrechtense, de “la London” (LSE), positivista, madridista (aunque delbosquista y antimourinhista), liberal, demócrata, de clase media, pro-Almodóvar (y por tanto, antiboyerista), bergmaniano (de Ingrid, no de Ingmar) y muchísimas cosas más.

Al leer mi lista, el lector tendrá diferentes reacciones emocionales: simpatía (“qué bien, un liberal, como yo”), disgusto (“qué horror, es del Madrid, yo que creía que era del Barça”), incluso enfado (“será tonto el tío, mira que no darse cuenta de que Almodóvar es un fraude y Boyero la fuente de toda sabiduría”). Nadie se puede “identificar” emocionalmente con todas estas identidades, pero nadie, seguramente, sentirá disgusto por todas —incluso el politólogo posmoderno, bergmaniano (sector Ingmar), arabista / antieuropeísta, seguidor del Barça (sector Laporta) estará dispuesto a tomar conmigo con rabia y vehemencia la bandera común del antimourinhismo—. En fin, que ni yo, ni nadie, tiene una identidad, sino muchas, y todas conviven. Como dice Sen, el “solitarismo” identitario no solo es moralmente peligroso, sino descriptivamente erróneo.

La posición opuesta que argumenta que solo una identidad importa, y a una identidad corresponde un pueblo y un Estado, es el origen de una tragedia histórica. El final de la I Guerra Mundial se articuló alrededor de los Catorce puntos de la declaración del presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, al Congreso en enero de 1918. El principio conductor de estos puntos era la autodeterminación de los pueblos y la construcción de Estados que reflejaran las naciones. El error de este principio lo hemos visto a lo largo de la historia de los últimos 100 años de forma repetida, desde la “unificación” de todos los alemanes, incluidos por ejemplo los de Austria y Sudetes en Checoslovaquia, en 1938, hasta la protección por Vladímir Putin de los “pobrecitos” indefensos rusohablantes de Ucrania Oriental. Imaginen el caos que provocaría la aplicación de este principio en India, donde hay 29 lenguas con más de 1 millón de personas que las hablan, 22 de las cuales son oficiales, miles de castas y múltiples religiones.

Lo contrario a estos principios identitarios es el proyecto europeo que intentamos construir desde 1951, y el proyecto de España que tratamos de construir desde 1978. Se trata de dejar a un lado las identidades exclusivas y emocionales, basadas en el orgullo de ser alemán o español, o castellano, o la historia única de los andaluces o la identidad histórica de los asturianos, o catalanes, o vascos; y ser, simplemente, ciudadanos, partícipes en una serie de derechos y obligaciones comunes, en un área de libertad individual y de libre comercio y circulación, española y europea. Porque identidades fuertes, con soporte histórico, les guste o no a catalanes y vascos, en España hay muchas y todas con derechos históricos y sustento emocional. El “yo más” no es una reacción infantil, es que la historia e identidad histórica de Asturias, de Andalucía (el Reino de Granada), de Canarias o de Aragón (eso sí fue un reino, al contrario que otros) tienen, desde el punto de vista del que las siente, la misma legitimidad emocional e histórica que la suya.

El peligro de un proceso en el que se cuestionen los fundamentos mismos del Estado, la Monarquía y la unidad de España, es que tal proceso abre la veda para que todas estas emociones se lancen a una abierta competencia (yo más) que solo puede terminar en el “¡Viva Cartagena!”, la exclusión de los “traidores” y la división de familias y amigos en sus identitarias “solitaristas”.

Este proceso desintegrador, en un caso extremo, pero desgraciadamente no imposible —vista la historia de nuestros pueblos—, es descrito de una forma bellísima por el reciente libro de Antonio Muñoz Molina La noche de los tiempos. El libro narra cómo de un día a otro, en el verano de 1936, la ciudad universitaria de Madrid pasa de ser un oasis de tranquilidad para el estudio y la reflexión a un monumento a la salvajada y el odio, con fusilamientos diarios de los diferentes. El libro nos recuerda lo delicado de los arreglos informales e instituciones que ahora, en algunos países, en los últimos tres siglos (y en España solo en los últimos 40 años), han conseguido el progreso económico y la libertad de los hombres, y que está de nuevo, como ha estado siempre, amenazado por populistas, bolivarianos, absolutistas y radicales de todo signo (nacionalistas de derecha —FN— y neocomunistas de izquierda).

Lo contrario a este proceso disgregador es reconocer las limitaciones de cualquier arreglo humano, que para eso es humano. Nunca vamos a estar del todo cómodos, siempre vamos a tener que aceptar muchas imperfecciones. Pero España solo ha pasado unas pocas cortas décadas como democracia constitucional en toda su historia. Se trata de aceptar las limitaciones de lo que tenemos, de la Monarquía y de nuestra imperfecta democracia, para, trabajando de forma aumentada y progresiva, conseguir ir hacia un Estado más democrático, seguramente plurinacional, imperfecto también, sí, pero que permita a los ciudadanos realizar sus aspiraciones como personas. Por ello, las enormes y profundas reformas que nuestro país requiere, y sin las que la población se verá abocada a elegir la ruptura bolivariana o nacional, deben de partir de la sólida base del consenso de 1978, articulado en torno a la unidad de España y la Monarquía constitucional.

Y el príncipe Felipe, la Monarquía, es un símbolo de esta unión imperfecta de las Españas, bajo la que aceptamos unas reglas comunes que permitan a los ciudadanos vivir su vida en libertad. Por eso, desde la esperanza, el posibilismo reformista y regeneracionista, y el deseo de lo mejor para nuestro país, debemos desear (y yo le deseo) a don Felipe de Borbón y Grecia un largo y próspero reinado.

Luis Garicano es catedrático de Economía y Estrategia en la London School of Economics y autor de El dilema de España (Península, 2014).

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