La muerte. Conversaciones en Lyon (1)

La pretensión era muy sencilla. Unos días en Lyon habían consentido una asimilación de opiniones, formuladas a la francesa, con ese respeto hacia las formas que permite no exaltarse, no interrumpir al otro, no herir si no es con florete, respetar al adversario aunque sus dicterios no lo merezcan. Todo eso me había ocurrido a mí en Lyon, una ciudad que habría que describir por lo somero pero que constituye algo que nosotros no logramos nunca por más que estuvimos en un trance de conseguir. En la Barcelona de los oprobiosos sesenta, en el Bilbao recién abierto al siglo XX, en el Madrid del gran sueño republicano, en la Valencia tranquila de la transición y que resultó tan golfa. Un poco de todo esto, estofado por una burguesía consciente y orgullosa de sí misma, está en Lyon, y yo quiero trasladarlo al papel, pero de pronto llegó la muerte. Y cuando aparece el crimen lo demás debe esperar. Brocha gorda o pincel, ese es el dilema de quien escribe.

La muerte. Conversaciones en LyonDos hermanos yihadistas dispuestos a inmolarse en la única historia contundente de su vida, lo que se dice “pasar a la historia” con una matanza sonada. Por qué no contamos la historia humildemente, como los antiguos cronistas de sucesos, sin alharacas de ametrallamientos, tal como fue y contó la única testigo que sobrevivió, Ségolène Vinson, a la que perdonaron la vida porque era dama y quizá abrió tanto los ojos de espanto que la perdonaron –a su compañera la liquidaron– bajo la promesa, casi un juramento, de que si le consentían vivir era a condición de que leyera el Corán (sic).

Pero pasemos el pincel sobre la escena. Tras liquidar sin miramientos al policía protector del local –un madero apenas si es otra cosa que paisaje habitual de un delincuente–, entraron en la sala donde la redacción de Charlie Hebdo preparaba su siguiente número. No fue una ráfaga, no, no se crean a quienes se lo han contado para aliviarles la imaginación de lo que es la muerte en grado superlativo. Lo contó Ségolène Vinson que lo presenció impávida y con esa huella que le perdurará siempre.

Lo hicieron uno a uno; disparos de precisión con calibre mortal, definitivo. Uno a uno. Sentados en el lugar habitual de su mesa de redacción, porque el culo de un veterano después de mil batallas periodísticas –¡y judiciales!– tiende al sedentarismo de aposentarse en los sitios donde se ha sentado toda la vida. ¿Dónde le dieron el disparo a Wolinski? Algún día lo sabré, pero me da en pensar que fue en los ojos, o entre ceja y ceja, para que jamás pudiera repetir aquellas volutas femeninas que hicieron las delicias de varias generaciones, la mía sin ir más lejos. ¿Y Cabu? De seguro en la frente, para que no pensara más y por el agujero fueran saliendo su valerosa y temeraria insensatez de derrotado histórico, orgulloso de un fracaso digno, arruinado pero adaptable a la inminente jubilación anticipada sin beneficios.

Hubiera querido hacer una necrológica particular de cada uno, en su estilo, y lo digo yo, que no estimo especialmente las publicaciones de humor pero que son tan representativas de nuestra época como las novelas de éxito, y aún más, porque condensan en una viñeta la ansiedad de millones de ciudadanos. Por eso son peligrosos. Los programas de humor televisivos son de brocha gorda, sal para pescados sin gracia, alimentan el lado más cutre de una población ansiosa y resentida. ¿Se imaginan un programa de sal gruesa que se emitiera en Polonia, estudios de Varsovia, que se titulara Catalunya? Boberías provincianas.

En el Charlie Hebdo fueron doce los muertos. Asesinatos políticos todos, porque la religión es inseparable de la política salvo para las almas cándidas que están convencidas de que los dioses –Alá, Jehová y la Santísima Trinidad, entre otros– no participan en las elecciones, ni en los partidos políticos, ni siquiera en la carismática familia Pujol Ferrusola, gente de fe inmanente y bancaria. ¡Vaya si participan, y si no que se lo pregunten al ferviente ministro del Interior español, escaso de numen y teologías pero abundante en rezos, triduos y cilicios!

Cuando entra la muerte se acaba el debate y se espera al forense. Las conversaciones de Lyon deben quedar en sordina a la espera de superar el agobio del crimen. París, pase lo que pase, siempre será la capital del mundo. Irán mesnadas de pijos a Nueva York y San Francisco, porque allí está el mercado y el futuro y la gloria en papel couché, pero nada condensa tal sensibilidad política como París. Porque París es una leyenda que aún no ha muerto y cuyo fallecimiento han certificado talentos de todos los horizontes. Pero no, ahí está, capaz de convocar a 44 jefes de Estado y de Gobierno al socaire de 10 dibujantes arruinados. No se podría conseguir en ningún otro lado del planeta, de Moscú a Washington. Mejor que decir “Je suis Charlie” hubiera sido más exacto “Je suis Paris”, porque a un ciudadano cabal, educado, distante y con la acumulación de historia y tradición de una gran ciudad, le importa un carajo que haya unos señores que hacen un semanario humorístico, sarcástico e iconoclasta, porque cada cual vive su vida y sobrevive como puede. ¡Pero matarles por un chiste!

La gran tradición hispana de la inquisición antigua y moderna; aquellos jesuitas que desde Razón y Fe –¡manda cojones el título!– se ensañaron con el Ortega y Gasset acoquinado. Pero entonces no era necesario matar para hacer callar, bastaba con una pareja de la Guardia Civil –“todo por la patria”; siempre me impresionó este lema que bordea el código penal– o los grises armados del “cumplo órdenes”.

Diez muertos que se dedicaban al humor, otros tres que se ocupaban del orden en su sencillez cotidiana, y cuatro judíos que estaban en el lugar equivocado y que nadie verificó si estaban circuncidados, ni les importaría un carajo, pero que el Estado sionista de Israel se aprestó a utilizar en una de las operaciones más desvergonzadas de los últimos tiempos: enterrarlos en Jerusalén. ¿Se imaginan que los franceses de procedencia magrebí fueran utilizados por sus gobiernos para llevarlos a la casa de sus ancestros? Estamos trabajando con la barbarie religiosa, que es la fórmula más cruel y peligrosa desde que se arrumbaron las ideologías totalitarias. Como si se tratara de una vuelta atrás, al nacimiento del totalitarismo bárbaro de las religiones exclusivas.

Pero no daríamos un retrato preciso de la realidad si no olvidáramos de la obscenidad oportunista de los “chicos de Charlie”. No me refiero a las víctimas, ni a sus colegas supervivientes, ni siquiera a sus fieles lectores. Me dirijo a todos aquellos personajes –44 presidentes y jefes de Gobierno incluidos– que se han exhibido como defensores de Charlie Hebdo en vez de limitarse a rechazar el crimen como fórmula política. Nosotros vivimos eso en Euskadi durante décadas y pocos se molestaron en exhibirse. ¿Hubo camisetas y carteles diciendo “Yo soy López de Lacalle”, 62 años, asesinado por ETA y que no hacía chistes? Una minoría acobardada por la aplastante mayoría jaleadora del crimen. Somos una sociedad de cabreros ilustrados y eso se paga y no se supera con burbujas inmobiliarias ni financieras. Por eso París es París.

Aquellos que son capaces de exigir que se prohíban artículos o se reinstaure la censura para no ofender a sus comilitones han sacado carteles, editoriales o comunicados encabezados por el “Yo soy Charlie”. No sean ustedes golfos, basta con que sean corruptos, mediocres, o trepadores. Pero además el aura de la beatitud y el canon de la libertad me parece una provocación. Las autoridades impusieron a nuestra revista de humor por excelencia, El Jueves, una sanción mortal, la retirada de la edición, y además varios miles de euros de multa. ¿A quién quiere engañar tanto cucañero con “Yo soy Charlie”? Muchacho, veterano golfo, apañador de contratos y cazuelas, mejor que digas: “Yo en París y con dinero sería Charlie Hebdo, y aquí me quedo imitando al gran Charlie Rivel, el payaso”.

Gregorio Morán

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