La muerte de José Rizal

Se cumplen hoy ciento veinte años del fusilamiento de José Rizal (Calambá, 19 de junio de 1861-Manila, 30 de diciembre de 1896). Este médico, político y escritor fue injustamente ejecutado por traición, cuando en realidad lo que pretendía era que Filipinas fuera considerada como una provincia española de pleno derecho.

«Querido hermano, cuando recibas esta carta ya habré muerto; mañana a las siete seré ejecutado, aunque no soy culpable de rebelión». Son palabras escritas por José Rizal en la madrugada del 30 de diciembre de 1896, hace hoy 120 años. Era una carta dirigida a su amigo alemán Ferdinand Blumentritt, redactada en capilla de su muerte, en unas horas que dedicó también a casarse con su novia, la belga Josephine Bracken, y a escribir su postrera obra, Mi último Adiós.

Horas más tarde, a las siete de la mañana y tres minutos, las balas del pelotón de fusilamiento acabaron con su vida en el Paraje de Bagumbayan, en Manila, en lo que hoy se conoce como Parque Rizal. Pidió que no le vendaran los ojos pero, por su condición de traidor, le obligaron a ser fusilado por la espalda, aunque aseguran que se giró a tiempo de mirar a sus verdugos y recibir la balas en el pecho.

Rizal fue ejecutado por la desidia de una administración que apenas se preocupaba de sus intereses más allá de los océanos. Tras la muerte de Alfonso XII, la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena transitó una etapa de turnismo político entre conservadores y liberales, con profundas reformas en España, pero escasa atención a los dominios de ultramar.

Poco sabía de lo que se encontraría en Filipinas el capitán general Camilio García de Polavieja y del Castillo-Negrete, Marqués de Polavieja, cuando el 13 de diciembre de 1896 tomó posesión en Manila como gobernador general de las Islas. Recién llegado diez días antes, tras varios años en España, se propuso aplastar a los independentistas filipinos del Katipunan, el movimiento secreto fundado por Andrés Bonifacio, que pretendía expulsar a los colonizadores españoles.

Por eso, cuando recibió la sentencia contra Rizal, condenado a muerte por filibusterismo –que así es cómo la Corona denominaba al independentismo colonial–, no se anduvo con miramientos y ordenó su ejecución, rubricando uno de los más graves errores históricos de nuestro país.

Rizal no era un revolucionario. Fundador de la Liga Filipina, quería mejorar la vida en las Islas, para las que reclamaba la condición de provincia española de pleno derecho con representación en Cortes. Era un patriota tan español como filipino. Pero el Katipunan, consciente de su liderazgo, capitalizó su imagen, y algunos no supieron diferenciar la realidad de la propaganda subversiva.

Tal era su afán de sentirse español que quiso unirse como médico militar a las tropas de la Corona que combatían en Cuba. Viajó a España para enrolarse, pero el 6 de octubre, cuando su barco fondeaba frente a Barcelona en espera de permiso para atracar, fue detenido en virtud de la orden dictada por el antecesor de Polavieja, el entonces gobernador general de Filipinas Ramón Blanco y Erenas, Marqués de PeñaPlata.

Al alba de ese día, el teniente Tudela de la Guardia Civil arrestaba a ese enjuto filipino ataviado con terno negro y sombrero hongo y, en una lancha, le conducía a tierra para encerrarle en el Castillo de Montjuic. Por la tarde, tras declarar en Capitanía General, el mismo teniente le embarcaba en el vapor Cristóbal Colón, para ser devuelto a las autoridades coloniales en Filipinas.

A su llegada el 3 de noviembre, fue recluido en la Real Fuerza de Santiago. Tras las diligencias, el dia 13, la misma fecha en que Polavieja tomaba posesión, se elevó la causa a plenaria. El nuevo gobernador general no vio motivo para disentir de la acusación y José Rizal fue sometido a Consejo de Guerra el 26 de diciembre. Una hora y media de deliberación bastó para dictar sentencia de muerte, que el capitan general aprobó el dia 28, sin encontrar razones para la concesión del indulto.

La lejanía de la metrópoli y la falta de sensibilidad de las autoridades coloniales permitieron que fuera condenado por rebelión y ejecutado como un traidor, cuando en realidad era tan patriota español como filipino. Manu Leguineche, en su Yo te diré…, escribió: «Ellos sufren porque les matamos a su caudillo, y nosotros nos torturamos porque un capitán general sin escrúpulos, recién llegado, mal aconsejado y equivocado de medio a medio, envió ante el pelotón de fusilamiento a un hombre bueno».

Menos de dos años después, España perdía Filipinas y Cuba y entraba en la depresión moral, política y social que reflejó la Generación del 98.

Hoy, al cumplirse 120 años del fusilamiento de José Rizal, su figura sigue siendo una gran desconocida en España. Y su muerte es uno de esos renglones torcidos que jalonan nuestra historia. En la víspera de su ejecución, escribió en Mi último adiós: «Voy donde no hay esclavos, verdugos ni opresores; donde la fe no mata, donde el que reina es Dios». Sirva esa última encomienda como rúbrica de la voluntad de hermanamiento entre filipinos y españoles.

Javier Algarra, Caballero de la Orden de Rizal.

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