La muerte de la verdad

Vivimos un momento distópico, orwelliano y a la vez huxleyano. Orwell y Huxley denunciaron el engaño de las masas por manipulación de la información o por su exceso. Debemos a Orwell: «El concepto de verdad objetiva está desapareciendo de nuestro mundo; las mentiras pasarán a la historia». Las mentiras se harán historia. Serán ya como verdades asumidas.

Nunca como aquí y ahora se ha mentido tanto desde el poder, nunca la mentira ha sido tan reiteradamente esgrimida con tanta desfachatez, virtuosismo y convicción. A menudo aquella afirmación atribuida a Goebbels de que «una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad» es la norma, el catón de los rasputines de turno que diseñan lo que debemos creer o rechazar, lo que es bueno o malo, lo que es cierto o no. Y no para un grupo social sino para el conjunto de la sociedad. En el camino de la falta de información y la censura y en el de la sobreinformación que, por ello, se zambulle sorprendentemente en la trivialidad y la atonía, nuestra realidad se ha descompuesto a sí misma. En la sociedad global de la información que ha alcanzado cotas tan altas de comunicación como las redes sociales, el ciudadano se encuentra más cercado que nunca por la desinformación.

El poder, cómodo, sigue el método más fácil, el más viejo y socorrido, y cuando le conviene censura, manipula, encauza. Ahí está el CIS, los medios afines convenientemente engrasados, los nombres mediáticos de referencia y a su servicio a los que protege y fortalece, las estadísticas manipuladas, las falsas opiniones inexistentes de organismos internacionales… Y cuando la verdad se abre paso y se hace pública con la dificultad y timidez de aquello que se sabe en minoría, el poder inunda los medios y las redes sociales con noticias contradictorias que son creídas a pies juntillas por la buena fe, la ignorancia o las afinidades ciegas pero que, desde el eco conseguido, llegan a la masa y al menos instauran la duda sobre esa verdad incómoda que ha saltado las barreras de los nuevos inquisidores. Si la verdad asoma, el poder alza una información a la contra de lo que molesta o resulta heterodoxo a sus ojos. Cuando habría que hablar de los graves apuros de Podemos o de la ineficacia del Gobierno, se hace saltar una ofensiva contra la Monarquía y asunto zanjado.

En aquellos mundos imaginados por Orwell y por Huxley, los mundos que en cierto modo laten en nuestra sociedad real, no era tan grave que pudiera llegarse a prohibir los libros sino que, existiendo, no los leyese nadie porque las masas permanecían entretenidas y alienadas con productos informativos de consumo menor pero de atractivo inmediato. No es casual que cada vez se amplíen más los horarios de esos espacios que los expertos consideran telebasura.

La desembocadura de la situación es el triunfo de la desinformación sobre la información, de la mentira sobre la verdad. Se trata de que unos pocos, quienes conforman el poder, decidan de lo que se hablará cada día en los medios, es decir de lo que es relevante o no lo es, de lo que nos conviene saber o es preferible que ignoremos. Desde el ojo global de un gran hermano se nos observa y se nos dictan los caminos por nuestro bien que es el bien del poder multipresente, omnímodo, capaz de todo.

Se ha repetido que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, y es verdad. La frase se atribuye a Churchill. El estadista inglés consideró que la democracia es la conveniencia de tener en cuenta la opinión de los demás y acogerse a ella. Una necedad repetida por millones de personas no deja de ser una necedad. El historiador Paul Johnson, autor de una biografía de Churchill y de obras tan eminentes como «Intelectuales» y «Tiempos modernos», sostiene: «La gente piensa equivocadamente que lo que hace la mayoría es lo correcto; esto constituye un gravísimo error».

Durante la República, en La Cacharrería del Ateneo, docta casa con dos siglos de historia y por desgracia venida a menos, se llegó a votar por un grupo de ateneístas si Dios existía o no. No sé si el tan referido debate será leyenda pero se ha escrito que la votación la ganó Dios por un voto. Una memez más de quienes dejan de lado los temas importantes y se entretienen en lo inútil. Esta anécdota la comparó Cela con la estupidez de someter a votación, por ejemplo, la existencia del sol. Aunque la votación le fuese adversa, el sol luciría en el cielo. Los votos nunca podrán hacer que lo honesto sea deshonesto, lo justo se convierta en injusto y la verdad se haga mentira. Pueden conseguir esa sensación, pero no más.

El poder miente y los votos no le facultan para ejercer la mentira desde la desfachatez reiterada. Ni los votos garantizan la verdad. Hemos asistido a dictámenes de comisiones parlamentarias aprobados por mayorías legítimas en casos que luego desmontaban los tribunales si es que llegaban a ellos. Un gobernante no debe mentir a su pueblo y en nuestra realidad se nos miente sin pudor. En cualquier nación europea la mentira del poder se paga con la vergüenza pública y con la dimisión. En España la mentira se recibe con silencio y ceguera tras el aderezo de la desinformación, la manipulación, la apuesta por la trivialidad, el manejo de la ingenuidad de la masa o de su lejanía de la realidad. La manga ancha de la sociedad española respecto a la mentira de quienes tienen la responsabilidad de gobernar resulta triste e inquietante.

La mentira afecta desde hace unos años a la Historia con mayúscula. La Historia, que tiene detrás el poso de los datos y el estudio de los historiadores, se nos presenta rehecha a gusto del consumidor. Sobre todo las etapas de la república y la guerra civil. En la guerra se empleó Stalin a fondo potenciando su intervención tras los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona; una guerra dentro de la guerra como cuenta Orwell, testigo de aquella sangría. Esta Historia mentida que padecemos cuyos discrepantes podrían convertirse en delincuentes en la nueva vuelta de tuerca que se prepara, revive el Ministerio de la Verdad del Orwell de «1984».

La Constitución republicana de 1931, no sometida a referéndum, lo fue de una mitad de España contra la otra mitad. El presidente de la Comisión Constitucional, Luis Jiménez de Asúa, la definió en el Congreso: «Una Constitución avanzada, democrática y de izquierda». No se contemplaba una República de derecha, grave lastre y motivo último de su fracaso. Hay quien quiere repetirlo olvidando los errores y sublimando los éxitos.

La verdad ha muerto y su vacío conduce al totalitarismo. Si se persigue y se niega la verdad ¿cómo garantizar unas elecciones limpias y libres? Cuando la mentira resulta algo natural es que la sociedad está enferma. Suele llevar al enfrentamiento y al caos. Hemos vivido movilizaciones para negar la pandemia y desterrar las mascarillas. Nadie se moviliza para denunciar el fatal avance de la mentira. ¿A dónde vamos?

Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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