La muerte de una deportista

 El cuerpo de Marbella Ibarra fue hallado el 15 de octubre, envuelto en una cobija y cubierto con cinta plástica. Había sido golpeada en el rostro, el cuello y los muslos. Credit Xolos
El cuerpo de Marbella Ibarra fue hallado el 15 de octubre, envuelto en una cobija y cubierto con cinta plástica. Había sido golpeada en el rostro, el cuello y los muslos. Credit Xolos

Sobre la carretera federal 1D, mejor conocida como la Autopista Escénica Tijuana-Ensenada, se encuentra el fraccionamiento Marbella, un nombre que fue puesto en honor al trabajo deportivo de Marbella Ibarra, pionera del futbol femenil en México.

La vista del mar desde la altura, sobre las colinas de tierra seca, se ve interrumpida únicamente por algunas construcciones sin terminar, los tinacos en tonos azul y blanco junto al gris de las paredes cubiertas por cemento sin pintar.

En este fraccionamiento que lleva su nombre fue encontrada Marbella Ibarra el 15 de octubre, su cuerpo envuelto en una cobija y cubierto con cinta plástica. Había sido golpeada en el rostro, el cuello y los muslos. Llevaba desaparecida casi un mes, desde el 19 de septiembre.

Mar Ibarra fue violentada y asesinada como miles de mujeres cuya identidad suele perderse en la rutina informativa de la violencia. La diferencia, tal vez, fue que corrió con la suerte de haber sido hallada y posteriormente identificada por su familia. (El concepto de suerte que tenemos en México se vuelve más oscuro con cada muerte y con cada noticia siniestra).

Su asesinato saltó a los medios porque era una figura pública: una mujer reconocida por su labor en el desarrollo del futbol femenil en México, una formadora de jugadoras y precursora en el deporte más importante del país. A diferencia de otras tantas mujeres que pasan a la historia simplemente como parte de una estadística, ella es un número que ha cobrado vida.

Sin embargo, en vida fue tal vez poco reconocida, como pasa con muchas mujeres que se desempeñan en la masculinizada arena de los deportes. Para repercutir como una figura de primera línea parece que las mujeres debemos lograr lo impensado: ser exitosas e intachables en nuestro desempeño laboral, alcanzar estándares de belleza imposibles, cumplir con los patrones morales de todos y ser la fantasía sexual de cualquier aficionado. Eso o protagonizar una tragedia. No hay un punto medio que permita la trascendencia.

Es muy probable que, hasta la semana pasada, una gran parte del público no supiera quién fue Mar Ibarra ni cuál es su legado. Un escenario que se repite a la sombra de la maquinaria de difusión y mercadotecnia que existe detrás del espectáculo más rentable de los siglos XX y XXI: mujeres que destacan en el deporte sin ser reconocidas como sus contrapartes masculinas.

Cuando los medios deportivos hacen sus recuentos de futbolistas mexicanos en Europa, asumen que las mujeres no formamos parte de ese colectivo; solamente se menciona lo que hacen (o no hacen) los jugadores mexicanos en el mismo continente.

Es más: mientras que los medios apenas prestan atención a las jugadoras cuando aparecen logros como el de Charlyn Corral, una de las mejores futbolistas en la historia de México que se convirtió en la primera persona de este país en ganar el Pichichi —el premio al mejor goleador en la Liga de España— desde que lo hiciera Hugo Sánchez, los eternos partidos en la banca de parte de jugadores mexicanos, o el hecho de que alguno no haya participado con su equipo son información rutinaria. Los hombres se vuelven noticia aun cuando no juegan.

En julio de este año, cuando la selección femenil refrendó su medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, la campeona con el Atlético de Madrid Kenti Robles mencionó que ya era hora de que la selección femenil mereciera una portada en los diarios luego del triunfo obtenido. No faltaron quienes salieron a burlarse de ella y a recriminarle que exigiera la atención que nunca se les ha dado (e incluso hubo medios como el diario Récord, que incluyeron un mínimo recuadro en su portada, con una intención evidente de burla y minimización).

Mar Ibarra marcó la vida de un sinnúmero de futbolistas, entre ellas Carolina Jaramillo, jugadora de Tigres y seleccionada nacional. Fue ella una de las primeras personas que manifestó su dolor ante la pérdida de Ibarra en redes sociales. Poco a poco se unieron tímidamente algunos personajes del medio local y algunos clubes como Tigres, Toluca y Veracruz, mientras que la liga mexicana aún no ha manifestado nada al respecto. La noticia tuvo una tibia repercusión internacional con un mensaje de solidaridad de parte del Barcelona femenino.

Cuando recién se dio a conocer la noticia de su muerte, otro detalle reveló la indiferencia de un modo que solo puede hacerlo el lenguaje: algunos medios locales señalaron que Mar Ibarra había “fallecido”, en vez de que había sido brutalmente asesinada. Fue un feminicidio, uno más. Pero Mar Ibarra pasó a ser lo que muchas otras mujeres en su rubro, víctima de una doble indiferencia pública: hacia la violencia contra las mujeres y hacia la labor de las mujeres en deportes.

Mar Ibarra marcó un antes y un después en el futbol mexicano. Lo hizo con un proyecto que en su momento parecía una lejana fantasía: formar un equipo profesional de futbol femenil. Fue con Xolos de Tijuana, y gracias al aval del director general deportivo del equipo Ignacio Palou, que logró cristalizar su sueño un 13 de agosto de 2014. Hoy rueda la pelota con dieciocho equipos profesionales de primera división, una realidad cumplida y fiel a su famosa frase: “Hay sueños que solamente se alcanzan con los pies”.

El reconocimiento no tiene que ver únicamente con el ego individual, sino con la fuerza de la representación y la importancia de entender los efectos de nuestros logros o los yugos que padecemos. Debe existir una repercusión ante los logros femeninos y una consecuencia cuando somos víctimas del horror violento que atravesamos en las esferas pública y privada. Ahí, los medios y periodistas tenemos un largo camino por recorrer.

Marion Reimers

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