La muerte del libro (y otras muertes)

En una ocasión, en el marco de un curso al que fue invitado en Venecia —según cuenta el francés Roger Chartier, gran especialista en la Historia del Libro, en su ensayo ¿Lamuerte del libro?— Umberto Eco se lamentó de una pregunta que sin cesar le era efectuada, casi automáticamente, en cada entrevista o coloquio al que asistía. La pregunta invariable era: «¿Qué piensa usted de la muerte del libro?». «No aguanto más la interrogante», diría irritado Eco. «Como empiezo a tener algunas ideas en cuanto a mi propia muerte, entiendo bien que esta pregunta repetitiva traduce una verdadera y profunda inquietud», añadiría. Nada más cierto, los antiguos, es decir, los que nos criamos pasando páginas de objetos encuadernados que a través de la tradición nos habían llegado con el nombre de «libros», ligábamos inmediatamente, como bien decía Eco, su existencia —la existencia de sus hojas, sus páginas, sus bellas y singulares tapas decoradas— a nuestra propia vida.

Se sabe que por temporadas o ciclos, más o menos virulentos, más o menos paranoicos e histerizantes, sobre todo en épocas de negrura y abatimiento como son las crisis, en especial las profundas, las sistémicas y de apariencia terminal, la angustia de la gente, de por sí extrasensibilizada, se ve azuzada, casi sin remedio, por visionarios y profetas de lo peor. O, si se prefiere, por el anuncio inminente de diversos fines del mundo (tal-y-como-lo-hemos-conocido), ya sean emitidos desde la cultura maya o ya estén lanzados en ese mismo momento desde centrales sísmicas instaladas en el centro de Wall Street, en el Bundestag alemán o en la Bolsa de Tokio o Londres, corazones simbólicos —junto al acechante y secreto Pekín— por los que parece circular el flujo sanguíneo de todo un planeta. Hoy, en esos laboratorios de un malestar fúnebre a escala global, sufren innumerables e inquietantes mutaciones y se experimenta con cualquier cosa, negocio, empresa o capital humano o inmaterial que tenga que ver con algo relacionado con la letra impresa. Un espacio indefenso y desconcertado, como esos viejos boxeadores groguis que no saben de dónde les vienen los tortazos, en el que, como no era menos de esperar, chamanes y adivinos del Más Allá de Aquí Mismo vuelcan con granítica energía y convencimiento sus más feroces y funestos vaticinios. ¿Volverá a reeditarse una especie de Guerra de los mundos, novela de H. G. Wells de 1898, adaptada en 1938, en medio de un enorme escándalo, en la forma de un aterrorizante guión de radio, por casi un seudónimo, igualmente genial, Orson Welles? ¿Una guerra de mundos entre tabletas y arcaicos textos en papel, o entre lectores digitales y lectores sin más, de los de toda la vida? ¿Morirán de verdad el libro y los periódicos en soporte impreso, tal y como los hemos conocido? ¿Será de un día para otro, o tras lentas y dolorosas agonías? Cuando en coloquios o medios especializados, en tertulias de profesionales abatidos, entre intelectuales o simplemente aficionados e incorregibles consumidores de cualquier cuartilla impresa, se hacen, de forma deprimente y cansina, una y otra vez, esas mismas preguntas, como bien recordaba Eco, que unía la funesta predicción a su propia muerte y desaparición, se olvida que no se está hablando sólo de la muerte de un objeto sin más. De un objeto cotidiano y nimio como una cómoda fea o un sofá que ya no nos sirve en la decoración de un salón moderno y minimalista. Se está hablando de otro tipo de muerte, mucho más devastadora, abismal y metafísica. Se está hablando de algo mucho más grave que significa nada más ni nada menos que la muerte de un sujeto y toda una civilización y cultura, la cultura escrita, en la que fue un día alumbrado. Un sujeto que se ha formado como adolescente, atrincherado en su habitación, con todo tipo de «cubos de papel con hojas», como llamaba Borges a los libros, que caían en sus manos, en medio de perturbadoras y fascinadas furias lectoras. Un adolescente que todo devoraba, inmerso en un estado hipnótico propio de curiosidades inextinguibles, que no se detenían ante nada, descubrimiento tras descubrimiento. Hasta llegar, en un abrir y cerrar de ojos, y en la coexistencia de muchas fórmulas de lecturas posibles, como sucede en la actualidad, a la edad adulta. A la serenidad no menos apasionada, pero ya con el temple del discernimiento y una mayor clarividencia a la hora de enjuiciar todo tipo de productos encuadernados o no, leídos bien a través de páginas impresas de libros y periódicos, en el llamado «soporte de papel», bien en pantallas. En el futuro será todo lo que ese sujeto, ese lector de cualquier edad y condición, que nunca morirá, que nunca se extinguirá, desee y escoja en cada momento.

Este mismo sujeto —llamémoslo el ser humano— ha atravesado, ¡y ha sobrevivido!, a cada mutación, en las épocas más diversas: desde la aparición del códex, la invención de la imprenta, las bibliotecas imaginarias o no de Borges, Juan Perucho o Stanislaw Lem, hasta llegar a esa «alfabetización distraída» de hoy día, como llama Eco a internet. Todo acabará encontrando un refugio, nada quedará indefenso, a su suerte, aunque así lo auguren los más pesimistas, consternados ante una muerte suplementaria, mucho más inmaterial y lacerante que la del propio papel: la muerte de la literatura. ¿Quién defenderá la literatura en el futuro? ¿Quién se hará cargo de apreciar la belleza de una frase escrita en cualquier tipo de refugio, ya sea la columna de un periódico, una brillante obra en prosa o un insustituible libro de poesía que engrandece el patrimonio de una nación, de un continente, de la historia de la Humanidad en su conjunto? Con el título de Los abogados de la literatura (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), el que comúnmente es considerado el crítico literario alemán más influyente de nuestra época, Marcel Reich-Ranicki, de origen judeo-polaco (tema que narraba detalladamente en su espléndida autobiografía Mivida), publicó una serie de retratos de grandes escritores —Goethe, Schlegel, Heine, Thomas Mann—, críticos —Hans Mayer y Walter Benjamin— o periodistas —como era el caso de Alfred Polgar, el famoso «miniaturista», estrella de los cafés vieneses de los años 20 y 30—, que se convertían en encendidos homenajes a defensores, a través de las épocas, de la palabra, de la excelencia de la palabra escrita y de los libros que merecían pervivir, en una suerte de mágica y perenne inmortalidad, que los hacía invulnerables a todo. ¿Cuáles son las nobles metas a las que ha de servir la lectura, la literatura en sí, se preguntaba una y otra vez Ranicki, a través de estos genios del pensamiento y la escritura? ¿Será la salvación del ser humano, la redención del individuo, como sucede con las religiones, esas grandes y cálidas mansiones protectoras donde se refugian los espíritus? Thomas Mann, como recogía en su libro Reich-Ranicki, le respondería al famoso «por qué leer» y «por qué escribir» que le planteaba un periodista, en plena Segunda Guerra Mundial, de una forma sintética y universalmente comprensible: «Por el gozo». Un placer, una pasión y entretenimiento, un deseo de saber y a la vez de disfrutar, de realizarse y crecer como seres humanos que, pese a quien pese, nunca morirá.

«¿Quién defenderá la literatura en el futuro? ¿Quién se hará cargo de apreciar la belleza de una frase escrita en cualquier tipo de refugio, ya sea la columna de un periódico o un insustituible libro de poesía que engrandece el patrimonio de una nación, de la historia de la Humanidad en su conjunto?»

Mercedes Monmany, escritora.

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