La muerte ya no es lo que era

La muerte y lo que puede significar experimenta grandes cambios y, además, presenta diferencias considerables según los individuos, las culturas y las sociedades. De este modo, la diversidad alcanza proporciones enormes si se atiende a quienes, en el mundo árabe y musulmán –aunque no solamente en él– se dan la muerte en plena juventud, mediante una acción considerada propia del martirio, y, en el otro extremo, a quienes aprovechan las grandes ventajas de la enorme gama de avances en el terreno médico, social, económico y viven cada vez más años, llegando a centenarios y con buena salud.

El acto del martirio se convirtió en un fenómeno de amplias proporciones con ocasión de la guerra entre Iraq e Irán y, en especial, en este último país cuando el poder, entre 1980 y 1988, envió a primera línea del frente a decenas de miles de jóvenes basij (jóvenes milicianos iraníes). Contrariamente a una idea demasiado simple, estos mártires de la revolución, por más que iban a perecer de modo altamente verosímil, no actuaban tanto a instancias de la confianza y la esperanza cuanto, en mucha mayor medida, de la desesperación: consideraban que la revolución había fracasado y daban su vida para alcanzar un más allá más alegre y seductor que les permitiera eludir el fracaso.

Desde principios de los años ochenta, los actos terroristas (al principio, de forma evidente, inspirados por este modelo iraní) marcaron el panorama internacional, con atentados cometidos por individuos que no sólo se daban muerte a ellos mismos sino también a decenas de víctimas: un punto de partida espectacular consistió en la serie de ataques coordinados del 23 de octubre de 1983 en Beirut contra tropas estadounidenses y francesas. Estos atentados se imputaron a Hizbulah y a Irán; es decir, a protagonistas chiíes. Almas cándidas dijeron entonces que el sunismo era extraño a tales acciones, extremo que la historia posterior ha desmentido ampliamente; otros, no más competentes por otra parte, hicieron alusión a los kamikazes japoneses que se estrellaban con sus aviones monoplaza contra objetivos estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, ignorando que no se trataba de suicidas sino, en la mayor parte de los casos, de acciones impuestas por las autoridades.

En la actualidad, cada día o casi cada día se ve señalado por terribles atentados que invocan el islam. Su autor se sacrifica para dar la muerte a otra u otras personas.

Cabe hablar de tres grandes clases de explicaciones. La primera atiende sobre todo a las diferencias que caracterizan a los protagonistas en cuestión: gentes simples fácilmente manipulables y especialmente vulnerables. La segunda subraya el hilo que nos conduciría, en diversas sociedades, a conductas extremas de individuos en búsqueda de un sentido a su propia existencia, que les parece vacía, sin interés e incluso vana y superficial. La tercera descubre en la violencia radical un odio alimentado por la convicción de no ocupar su lugar en la sociedad, esencialmente si se trata de una sociedad occidental u occidentalizada.

En otros contextos, distintos de aquellos donde actúan el islamismo radical, la muerte constituye el horizonte de jóvenes protagonistas que no son, sin embargo, mártires. Es el caso, por ejemplo, de México, donde el narcotráfico está a la orden del día en el caso de individuos especialmente violentos que saben que, verosímilmente, encontrarán la muerte ya sea con ocasión de un enfrentamiento con las fuerzas del orden o bien con otros narcotraficantes.

Sin llegar a tales extremos, es bien sabido que un joven llamado a los más altos destinos en el mundo del deporte a condición de doparse perseguirá plausiblemente estos fines a sabiendas de que ello puede resultar no sólo inmoral sino también mortal, en su caso, con relación a su propia persona: llegar a campeón, en tal caso, pasa por delante del riesgo en que se incurre.

Por tanto, por diferentes razones y en diversas circunstancias, la muerte constituye una elección o un riesgo asumido. No reviste únicamente la forma de un suicidio como los estudiados por Émile Durkheim en un famoso estudio a fines del siglo XIX, sino que merece, como dice el propio Durkheim, ser considerada como un hecho social. La elección y el riesgo de la muerte se vinculan estrechamente a retos sociales, políticos, económicos, culturales, religiosos, que contribuyen a dibujar un nuevo mapa de la muerte.

Al propio tiempo, completando el mapa en cuestión, muchos, sobre todo en las sociedades más ricas, hacen todo lo posible por prolongar su existencia. Se apoyan en los avances de la ciencia y la medicina, se benefician de condiciones de vida especialmente favorables a la longevidad.

Practican en ocasiones una especie de canibalismo que les permite acceder, mediante el dinero, al mercado en parte ilegal y clandestino de órganos; pueden sustituir, pues, a los individuos más débiles de su conjunto social: a su parecer, la prolongación de la existencia, sobre todo si constituye una preocupación principal, es un fin en sí; el sentido de su prolongación se halla en sí mismo; no existe búsqueda alguna de sentido y ni siquiera cabe hablar de indignación, de sueño o de utopía, sea mortífera o no. La muerte es, simplemente, lo que se intenta hacer retroceder al mayor grado posible, tanto con respecto a sí mismo como con respecto a un allegado o familiar.

Se trata, también en este caso, de un desafío tanto social como individual ya que los recursos de la sociedad y, a escala global, el esfuerzo de la investigación y la inversión en ciertas líneas científicas se mueven en este caso a instancias del interés y la preocupación por vivir mucho y en buenas condiciones. En efecto, ¿no se habla de un progreso susceptible de permitir, a medio plazo, prolongar la existencia mucho más allá de lo humanamente plausible, de vivir varios cientos de años, incluso de convertirse en eternos, convirtiéndose, por ejemplo, en transhumanos gracias a los avances de la tecnología y de la ciencia?

La muerte parece así tener sentido para quienes la vida sitúa tanto en el centro como en los márgenes de las tensiones, de las injusticias, de las esperanzas, de los fracasos, de las pasiones, de los desengaños, de las frustraciones y que abrevian voluntariamente su existencia en unos términos que modifican nuestra percepción del suicidio, en especial cuando la destrucción de otro acompaña a la autodestrucción. Y parece ser ante todo un horizonte que conviene hacer retroceder en el caso de aquellos que pueden permitírselo y que no adscriben ningún sentido al hecho de tener que desaparecer un día de este planeta, ya que la muerte no es en modo alguno una elección, un riesgo asumido, una decisión.

Estos ejemplos nos los muestran: el sentido de la vida y la muerte hoy remite a tramos temporales diferentes, a visiones muy diversas de la vida, con sus alegrías, sus aflicciones; está como atomizado y presente toda la gama de variaciones entre los extremos que se acaban de mencionar. Estamos en una época histórica que da lugar a nuevas relaciones con la muerte, diversas, cambiantes. La muerte ya no es lo que era.

Michel Wieviorka, sociólogo, profesor de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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