La mutación del IS

La reivindicación por parte del Estado Islámico de la reciente cadena de atentados en distintas ciudades de Sri Lanka no es más que un nuevo ejemplo sobre la capacidad del grupo para seguir perpetrando acciones terroristas o influir directamente sobre movimientos locales con la finalidad de que éstos cometan atentados en su nombre.

Lo ocurrido el pasado abril en el país del Índico pone de manifiesto una realidad que lleva dándose desde septiembre de 2016. Fue en esta fecha cuando el líder del IS, Abu Bakr al Bagdadi, instó a sus seguidores y simpatizantes a no viajar al califato yihadista -por las dificultades de llegar hasta él como consecuencia del incremento del control sobre las fronteras- y desplazarse en su lugar a aquellos territorios en los que el grupo tuviese presencia a través de sus provincias, también conocidas como wilayats. Un fenómeno similar ocurrió a medida que se produjeron las derrotas militares del IS tanto en Siria como en Irak, propiciando que miles de combatientes se marchasen a otros lugares donde ondeaba la bandera negra para continuar con su yihad armada, hecho que, paradójicamente, ha propiciado que alguna de estas provincias se haya visto reforzada a medida que se producía el declive del califato sirio-iraquí.

El resultado de este proceso de transformación es que hoy nos encontramos ante un escenario global en el que existen numerosos focos de actividad yihadista vinculada directamente de una u otra forma al IS. Por un lado, existen núcleos en los que se han formado grupos que actúan como filiales en las denominadas provincias del califato, tras ser aceptado el juramento de fidelidad realizado por estas entidades. Ejemplos de ello son Nigeria, Burkina Faso, Egipto o Afganistán, países en los que operan respectivamente el Estado Islámico de África Occidental, el Estado Islámico del Gran Sahara, Wilayat Sina o Wilayat Khorasan. Estos grupos han adaptado en gran medida el modus operandi del IS, así como otros elementos característicos de la agrupación, entre los que destaca la simbología de su propaganda yihadista, y responden directamente ante Al Bagdadi, quien tiene la potestad de decidir sobre el liderazgo de cada uno de estos grupos afiliados. Mientras, por otro lado, se encuentran agrupaciones de carácter local que han quedado influenciadas ideológicamente por el IS a pesar de que no exista un vínculo oficial de fidelidad.

El sur y el sudeste asiático son el mejor exponente de ello, existiendo grupos locales que, sin haber jurado fidelidad al Estado Islámico, han sido influenciados enormemente por su ideología, estableciendo así conexiones directas entre el movimiento yihadista global y la agenda local de estas agrupaciones de menor entidad. Este vínculo establecido ha permitido en ocasiones anteriores que elementos del IS pudiesen colaborar en la coordinación y planificación de atentados en países como Indonesia o Bangladés, como muestra el triple atentado suicida de Surabaya de mayo 2018 perpetrado por una familia al completo que pertenecía a un grupo local denominado Jemaah Ansharut Daulah, o el ocurrido en el Holey Artisan Café de Daca, la capital bangladesí, en el que murieron 22 personas en julio de 2016 tras un ataque atribuido al Nuevo Jamaat ul Mujahideen Bangladesh.

Ambos atentados fueron reivindicados en su momento por el IS, a pesar de ser obra de grupos yihadistas locales y sin que existiese de por medio un vínculo de afiliación respecto a la organización que dirige al Bagdadi. ¿Por qué motivo entonces el IS reclamó la autoría de estas acciones? La explicación reside en que las investigaciones realizadas tras los atentados demostraron que existían conexiones entre combatientes locales que se habían sumado como foreign fighters al IS en Siria, siendo designados, más tarde, estos individuos por el Estado Islámico para establecer vínculos con el yihadismo de su país de origen. Tales son los casos del indonesio Bahrun Naim o Tamim Chowdhury, canadiense de origen bangladesí, a quienes se les considera entre los cerebros de los atentados citados de Surabaya y Daca.

El panorama descrito a través de estos dos ejemplos guarda un importante parecido con los atentados de Sri Lanka, ya que esta cadena de atentados ha sido reivindicada tanto por un grupo local, en este caso National Thowheed Jama’ath, como por el propio IS. Como ya apuntan las investigaciones, la conexión entre el yihadismo autóctono y las redes establecidas con IS a través de los combatientes retornados parece ser más que evidente tras la publicación del vídeo en el que algunos de los implicados en los atentados juraban fidelidad a Al Bagdadi. Precisamente, uno de ellos era Zahran Hasim, un ciudadano esrilanqués que habría combatido como foreign fighter en el califato yihadista, y es considerado como el principal cerebro de los atentados del mes pasado, por lo que probablemente fuese la figura del engranaje que comunicaba a la célula local con las instrucciones del IS, igual que ya había ocurrido con los otros dos individuos comentados anteriormente. Por otro lado, el grado de coordinación y planificación de los atentados, así como el modus operandi y los objetivos escogidos, hacen pensar que posiblemente el IS haya jugado un papel más que relevante en cuanto al diseño de los mismos, siendo fundamental su contribución al menos en el plano organizativo y en la instrucción de los propios terroristas.

De hecho, así quedó evidenciado tras la entrada de las fuerzas de Seguridad en el piso franco donde fue grabado el vídeo en el que los autores de los atentados habían jurado fidelidad al autodenominado Estado Islámico, encontrando tras esta redada, en la que se hicieron estallar al menos otros tres terroristas suicidas junto a sus familias para no ser detenidos, distintos materiales para elaborar explosivos que coincidían con los mostrados por el IS en algunos de sus vídeos tutoriales para aprender a fabricarlos.

A pesar de que las autoridades esrilanquesas consideren los atentados del domingo de Pascua como una acción a modo de venganza por el ataque a las mezquitas de Nueva Zelanda, la realidad es que el Estado Islámico nunca ha tenido la necesidad de justificar sus atentados y estas acciones terroristas deben ser encuadradas dentro de la agenda establecida por el grupo para seguir mostrando su capacidad a nivel planetario pese a la caída del califato y mantener la moral alta de sus miles de seguidores y simpatizantes. Así lo atestiguan los atentados reivindicados por la organización durante esta última semana en lugares tan dispares como Arabia Saudí, Afganistán o la República Democrática del Congo, alejados del epicentro de su actividad insurgente en Siria e Irak, así como la aparición del líder del IS en un vídeo reciente, tras casi cinco años sin ninguna imagen suya. Precisamente, el contenido de este mensaje en el que se reconocen los juramentos de fidelidad procedentes de Mali y Burkina Faso, así como el anuncio del establecimiento de la provincia de África Central y otra por implantar en Turquía, son una muestra del deseo que existe de recuperar el ‘prestigio’ perdido.

Carlos Igualada Tolosa es director del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo (OIET).

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