La nación mata

Querido J:

Partido político con 20.000 afiliados, que sacó 358.539 votos en las europeas (y 1.672.777 en 2008, el mejor resultado de su historia) y dispone de 20 diputados en el Parlamento, 17 federaciones extendidas por toda Cataluña, con una situación económica difícil, pero convencional. Responde al nombre de Partido de los Socialistas de Cataluña y acredita 36 años de historia, siete de ellos al frente del Gobierno de Cataluña. En estos momentos busca alguien que quiera hacerse cargo de él. Su último dirigente se miró de arriba abajo la otra mañana, al despertar de la noche de bullshit y mediocridad que les propinó a los miembros del Círculo Ecuestre, y dijo que ya no podía más. Y su dirigente más conocida y esperanzadora continúa en las playas de Miami, que es el lugar que le pareció idóneo para contemplar la deriva separatista catalana, la dimisión del primer secretario del PSOE, la abdicación del Rey de España y la renuncia, ahora, del secretario Navarro.

Una caída semejante (¡de 31 puntos porcentuales entre la cima y el sótano!) exige explicaciones múltiples. Algunas están vinculadas con la crisis general de la izquierda española, que es mucho más que un lugar común y una afirmación retórica. Basta con ver de qué lado viene y con qué mimbres se está fraguando su presunta renovación, en manos de un populismo prime time puramente castizo y ajeno a cualquier inteligencia real que sople en el mundo. Tengo, por cierto, unas palabritas de Wilde, de El alma del hombre bajo el socialismo, para estos casposos déspotas: «Está el déspota que tiraniza el cuerpo. Está el déspota que tiraniza el alma. Está el déspota que tiraniza, igualmente, el cuerpo y el alma. Al primero se le llama el Príncipe. Al segundo se le llama el Papa. Al tercero se le llama el Pueblo». Y otras de Glucksmann («El choque de las filosofías», El País, 8 de marzo de 2006) por si alguien de izquierdas (¡o de derechas!) quiere poner la cita al principio de un verdadero programa político: «Y luego están aquellos para los que el debate libre con la finalidad de separar lo verdadero de lo falso tiene sentido, de modo que lo político como lo científico, o el simple juicio pueden resolverse a partir de datos que son independientes de las opiniones arbitrarias y preestablecidas.» A la crisis del pensamiento se añade la del liderazgo: en 30 años el PSC tuvo un solo gran líder político y enfermó.

Sin embargo, yo quiero hablarte más extensamente de una causa con denominación de origen, por así decirlo. El PSC no ha podido resistir el fin de la ambigüedad. Quizá porque, para empezar, no ha sabido reconocer que el tiempo de la ambigüedad ha acabado en Cataluña. Los socialistas catalanes siempre fueron un partido ambiguo: baste para explicarlo su famoso oxímoron federalismo asimétrico. Es decir, que se adaptaron plácidamente al mainstream diseñado por Convergència i Unió, epítome de la ambigüedad, que aquí se llamaba, ¡en tus tiempos!, la puta i la ramoneta. Durante muchos años eso les reportó una posición secundaria en Cataluña, pero con algunas ventajas no desdeñables: alcaldías y diputaciones importantes. Y la garantía de ser el vencedor en las elecciones generales, que le supuso ser un factor clave en las sucesivas hegemonías del socialismo español.

Sin embargo, cuando a partir del 11 de septiembre de 2012 Mas dio por acabada la era de la ambigüedad, el partido socialista no supo darse por enterado. A la clara y terminante reivindicación nacionalista que pretende convertir a Cataluña en un sujeto político soberano, y por lo tanto facultado para decidir entre su permanencia en España o su independencia de España; el pobre, triste, patético Partido Socialista sólo dijo en voz muy bajita: «…mientras sea legal…» La actualidad no deja ver, muchas veces, la fisonomía real de las cosas, y, en especial, de los animalitos eufemísticos que viven en los periódicos.

Pero mirando de cerca es difícil encontrar una estupidez mayor en toda la historia conceptual de los socialistas catalanes. Es obvio que si alguna vez Cataluña ejerce como sujeto político soberano, será dentro de la legalidad: bien porque el pacto haya destruido la legalidad actual, bien porque la haya destruido un improbabilísimo acto de fuerza. En Cataluña la ambigüedad se ha terminado, y alguien va a perder y alguien va a ganar el próximo 9 de noviembre y cualquier otro 9 de noviembre, más o menos plebiscitario, que pueda plantearse. Las opciones en juego no se organizan en torno al estado autonómico, la independencia y el derecho a decidir, sino entre las dos primeras.

Es evidente que la independencia es un proceso y que éste comienza, precisamente, con el ejercicio del derecho a decidir, o sea, con la liquidación del derecho a decidir de una gran parte de los ciudadanos de un estado sobre lo que deba ser el futuro de ese estado. La ejecución del derecho a decidir es el primer acto de la independencia, y así lo entienden, más o menos directamente, toda las constituciones del mundo; salvo las de Canadá, Gran Bretaña y Etiopía. Con su absurdo e ilógico alojamiento en el derecho a decidir y su simultáneo rechazo de la independencia, el PSC ha perdido las dos únicas oportunidades políticas que tenía: convertirse en l’esquerra nacional o convertirse en la izquierda nacional.

Es muy probable, querido amigo, que en nuestro mundo ya no se sepa muy bien qué es y qué significa la izquierda. Pero pretender que sobreviva un partido que ni sabe lo que es la izquierda ni sabe lo que es lo nacional me parece un virtuosismo por completo al margen del alcance humano.

Sigue con salud,

Arcadi Espada

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