La nación que surgió del frío

La ‘Tierra Verde’, la isla más grande del mundo después de Australia, la región de clima polar cubierto de hielo, la lejana Groenlandia, descubierta por el vikingo noruego Erik el Rojo en el siglo X (982), bajo soberanía noruega desde 1261, redescubierta por Martin Frobisher y John Davis en el siglo XVI, colonizada por el misionero luterano noruego Hans Egede (el Apóstol de Groenlandia) dos siglos después, protectorado estadounidense en 1941 por su gran valor estratégico, provincia danesa a partir de 1953 y territorio autónomo con gobierno propio desde 1979 tras un plebiscito popular en el que el 70% de los votos fueron favorables, celebró elecciones el pasado 2 de junio. Previamente, el presidente autonómico de Groenlandia, Hans Enoksen, y el primer ministro danés, Anders Fogh Rasmussen, acordaron, el 13 de junio de 2008, ampliar al máximo la autonomía groenlandesa y sentar las bases para una posible independencia. Asimismo, el 25 de noviembre del mismo año, Groenlandia aprobó en referéndum, con el 75% de votos a favor, ampliar su estatuto de autonomía, asumiendo competencias como el control de fronteras, extranjería, policía, política penitenciaria, tribunales y transporte aéreo; pactando el reparto de sus recursos naturales cada vez más al descubierto debido al calentamiento global del planeta (cobre, diamantes, gas, níquel, oro, petróleo y zinc), reduciendo progresivamente la subvención anual de Dinamarca de la que dependen (420 millones de euros) y reconociendo la posibilidad de acogerse al derecho de autodeterminación.

Los comicios dieron la victoria al partido más a la izquierda del espectro político groenlandés, el nacionalista e independentista Inuit Atagatigiit (Comunidad Esquimal) (43,7% y 14 escaños), liderado por Kuupik Kleist, que ha terminado con treinta años de gobierno socialdemócrata, también nacionalista, del Siumut (Adelante) (26,5% y 9 escaños) y que se encargará de gestionar un nuevo marco autonómico que despejará el camino hacia la independencia. Lejos de ambos aparecen el Partido Demócrata (12% y 4 escaños), el pro-danés y liberal Atassut (Solidaridad) (10,9% y 3 escaños) y el Katusseqatigiit Partiiat (Independientes) (1 escaño). La primera lectura de los resultados electorales radica en el deseo de la mayoría de los cincuenta y seis mil groenlandeses de sustituir a la antigua generación que impulsó el nacionalismo inuit en los años setenta del pasado siglo y que consiguió el estatuto de autonomía antes aludido. El cambio radical del panorama político tiene que ver también con los deseos de unos ciudadanos que quieren políticos diferentes para resolver sus principales problemas (desigualdad social, sistema educativo deplorable, sanidad caótica y con ingentes carencias, infancia abandonada, alcoholismo y violencia sexista) y que sueñan con la mejora de su nivel de vida y con su independencia económica gracias a los tesoros de su subsuelo. Tesoros que son la garantía de una Groenlandia independiente que cada vez se vislumbra con mayor claridad a pesar de las dificultades que este proceso tendrá que superar.

La posibilidad de que nazca un nuevo Estado en el mundo es cada vez más factible. Irónica y caprichosamente, esta realidad está directamente vinculada a la depredación que del Ártico están planeando las grandes potencias y otras menores que reivindican supuestos derechos como ocurre con Dinamarca en Groenlandia. La pérdida en un año de una superficie de hielo equivalente a Europa occidental acelera la futura explotación de las riquezas árticas e, indirectamente, favorece la independencia groenlandesa al contar en sus costas con yacimientos de gas y petróleo que, una vez desaparecido el hielo, serán rápidamente aprovechados. La máxima de ‘menos hielo, más petróleo’ no tardará en convertirse en una realidad.

Las demandas asociadas a la nacionalidad que impregnaron la política de finales del siglo pasado siguen en plena efervescencia en los nueve años que llevamos de éste, tal y como hemos comprobado en Kosovo y ahora en Groenlandia. El proceso sin fin no parará nunca y aunque no seamos ni devotos ni partidarios de la secesión, por lo que de fracaso de convivencia supone, sí que constatamos la necesidad de que existan normas básicas recogidas en constituciones y textos varios para que cuando ésta sea inevitable se haga, al menos, lo mejor posible y se evite, de esta forma, la violencia y el caos político y social, y predomine la tolerancia en los comportamientos. De esta manera la secesión será democrática, aunque nunca deje de ser un hecho penoso y lamentable.

El propósito general de lograr un mundo en el que diferentes pueblos puedan lograr sus propios proyectos nacionales es un argumento que a cualquier persona razonable le cuesta no aceptar. Pero no olvidemos la trampa que oculta respecto al papel de los ciudadanos en estos sueños. El individuo, la persona y, sobre todo, el ciudadano tienen que protagonizar siempre la película y los pueblos deben asumir su papel de estrellas de reparto. Para que haya sociedad sólo son imprescindibles los ciudadanos, nada ni nadie más. Primero ser ciudadanos, después asumir que formamos parte de una nacionalidad. No está de más recordar que las ideas de nacionalidad son creaciones conscientes de cuerpos de personas, que las han elaborado y revisado con el propósito de dar sentido a lo que les rodea social y políticamente.

El nacimiento de un nuevo Estado en el panorama internacional no es ninguna tragedia, aunque tampoco sea una panacea o un curalotodo político y social. La democracia moderna estableció que el disenso y la ruptura no eran incompatibles con el progreso y la estabilidad de las colectividades políticas. Lo que debe hacerse en casos como el groenlandés, si es que finalmente se lleva a cabo la segregación, desde la óptica del reconocimiento de la dignidad individual y de las identidades nacionales, es aceptarlo, digerirlo, no ocultarlo como se ha hecho en la prensa occidental e intentar caminar hacia proyectos donde las nacionalidades se acoplen y no se separen, creando las condiciones adecuadas para ello. La aparición de nuevas realidades debe hacernos reconsiderar nuestras actitudes, nuestros comportamientos, nuestras conductas sobre la efervescente vida de las comunidades sociales y ciudadanas. Groenlandia puede nacer del frío (o quizás más del calor que hará aflorar sus riquezas naturales) y del fracaso de quienes soñamos con la desaparición de las murallas nacionales y con proyectos devaluados pero no muertos como el de la Unión Europea.

Daniel Reboredo, historiador.