La nave de los locos

Aún con los días corridos desde la tremolina independentista con ocasión de la marcha por los atentados de Barcelona y Cambrils, danzando sobre los cadáveres calientes de la matanza yihadista y montándole un escrache al Rey y a Rajoy, a los que endosarle una masacre con autores indubitados, si bien indultados paladinamente con pancartas impregnadas con consignas orwellianas para que las mentiras parecieran verdaderas y el crimen respetable, es difícil desprenderse de esa sensación de suciedad, de náusea. Daba miedo la manifestación contra el miedo al apagarse la luz de agosto y ensombrecerse la tarde barcelonesa entre tinieblas elegíacas. “Que la cosa anda mal, muy mal”, que diría Sartre, era apreciable. Pero era inimaginable calibrar que había adquirido ese nivel de abyección, por más que la historia de Europa anote evidencias trágicas de cómo el nacionalismo ha operado como la más destructiva fuerza de nuestro tiempo.

Al contemplar tal impudicia, se hacía presente ese otro pretérito imperfecto que el gran periodista andaluz Manuel Chaves Nogales -exiliado de una República sin republicanos en la que “la libertad no tenía quien la defendiera”- relata en La agonía de Francia. Allí narra el desplome de aquella sociedad heredera genuina de la civilización greco-latina entregada al culto totalitario de los infaustos “hechiceros de la tribu” de la cruz gamada. En su ensoñación, una parte de catalanes entrevén la independencia cual ídolo de Baal al que adorar y confiarse, al igual que aquellos israelitas que luego comprobaron que tampoco les daría lo que no poseía aquella deidad ingeniada a su gusto y antojo.

Para colmo, la carnavalada de servirse del dolor de las víctimas para hacer propaganda independentista se ha visto acompañada de la instrumentalización de la carnicería para dar la apariencia de que, en la práctica, Cataluña ya es un Estado que no precisa de nadie. Se percibió el instante mismo en el que, para evitar la entrada de los Tedax de la Guardia Civil o Policía Nacional, se le dio a la explosión del polvorín del chalé de Alcanar tratamiento de accidente doméstico a causa de la explosión de una bombona de butano. Así, con esa capacidad acrisolada para hacer de un infortunio o una derrota una palanca con la que activar sus demandas, el independentismo ha usado a los Mossos como mascarones de proa de ese referéndum unilateral que se pretende perpetrar el 1-O. Desgraciadamente, tratando de sacar pecho cuando toda prudencia es poca en asuntos de terrorismo y había consenso general en su actuación en los días que siguieron al ataque yihadista, se ha terminado enseñando la joroba, no de los Mossos, sino de sus gerifaltes políticos.

En un proceso manicomial, se ha arrastrado al jefe del cuerpo, Josep Lluís Trapero, durante muchos días uno de los hombres más populares de España toda y fulgente estrella mediática. En cuanto se apreció su brillo rutilante en el universo mediático, rápidamente el Govern quiso convertir en icono independentista a un comisario que no se había significado nunca más allá de aquella jarana cantando por Serrat en casa de Pilar Rahola con Puigdemont, estelada en mano, de invitado principal. Empero, el independentismo quiso valerse de su cordialidad, don de gentes y de una fama granjeada a ojos vista para erigirlo en agente de la causa en favor del Estat Català.

Atrapado por las urgencias secesionistas y cegado cual dios del momento, el mayor Trapero se deslizó por un tobogán de victimismo y de mentiras en las que unas iban en persecución de las siguientes. En su corrimiento de funcionario cabal a político en funciones, Trapero negó todo lo habido y por haber, incluidas las sucesivas alertas que recibió de la Policía de Vilvoorde en relación con el autor intelectual de la escabechina, el imam de Ripoll, el marroquí Abdelbaki es Satty, y de la agencia de inteligencia de EEUU sobre un posible atentado “específicamente en La Rambla”, endosando la culpa al Estado cada vez que era puesto en el brete.

Pero, junto a las encamisadas y engaños -nada habría pasado por admitir los avisos al ser interpelado por la prensa-, arropando partisanamente al president Puigdemont y al consejero Forn, el hombre tranquilo fue transformándose por días en un energúmeno. Empezó mandando a hacer puñetas -“Bueno, pues molt bé, pues adiós”, frase estampada en algunas camisetas- al periodista holandés que le sugirió si no tenía más sentido acortar la rueda de prensa contestando a todas las preguntas que se multiplicaban en el idioma que todos entendían -el castellano-, en vez de organizar una inacabable babel para dar la apariencia de que se estaba en otro Estado. A continuación, sin pararse en barras, hecho un basilisco, elevó el diapasón y descalificó amenazante al director de El Periódico de Cataluña, Enric Hernández, quien pasó a ser tenido por enemigo del pueblo como el personaje de Henrik Ibsen, el doctor Stockmann, quien osó -¡oh fatalidad!- advertir de que las aguas del balneario del que vivía el pueblo estaban infectadas.

Considerado como uno de los nuestros, había tenido la osadía de confeccionar una primera plana dando cuenta de que la CIA había avisado de un posible atentado en La Rambla, algo que Trapero no podía consentir, pero tampoco negar. En el reino de las apariencias de la Cataluña de discurso único, un buen catalán no puede decir que el rey pasea desnudo, sino que ha de deshacerse en elogios y elogiar su majestuosidad. ¿A quién se le ocurre abrir la boca -nada menos que ejercer el Periodismo- y lanzar esa piedra al estanque dorado para que aflore la suciedad de fondo, esto es, romper el pacto de conveniencia de quienes participan de tal régimen de cosas y componen una realidad virtual a la medida de sus espurios intereses? Trapero no cuestionó tanto su información, como sus intenciones (aviesas, obviamente), encontrando en ese aparente traidor a la causa el chivo expiatorio ideal que le librara de tan embarazosa situación. Curándose en salud, ya había abonado el terreno: “Mientras unos ponen flores en los coches de los Mossos, otros ponen mierda”, en alusión a la prensa canalla que se empeña en buscarle tres pies al gato.

Si triste fue la imagen proyectada ese último sábado de agosto en Barcelona -únicamente paliada por el gesto gallardo de un Rey que supo estar en su sitio e hizo gala de la ejemplaridad que ya mostró cuando antepuso su deber de monarca a su amor de hermano-, y la posterior manipulación de los Mossos por ambiciones de sus mandos, no le anduvo a la zaga el espectáculo nada edificante del Congreso anticipando su curso, no para tomar medidas contra el terrorismo o contra el golpe de Estado secesionista contra la democracia española, sino para seguir a la greña, enajenado de la realidad. No hizo verdad aquello de que las circunstancias adversas mueven al ingenio.

En medio de la tenaza de los líderes de Podemos, Pablo Iglesias, y de ERC, Oriol Junqueras -cenando en casa del empresario independentista y gran potentado de los derechos televisivos del fútbol español, Jaume Roures- para descabalgar a Rajoy y propiciar un referéndum separatista, los partidos constitucionalistas debilitaban sus lazos en la hora incierta en que Cataluña se fractura y la suerte de España está en juego con un pleno extemporáneo sobre Gürtel que podía (y debía) esperar al nuevo Rubicón del 1 de octubre. De forma recurrente, cada vez que España se ha visto en apuros, el nacionalismo ha embarcado (y embaucado) a sus ciudadanos en una huida hacia adelante.

Lo cierto es que, al cabo de 40 años de autonomía y de eficaz “dictadura blanca”, como auguró Tarradellas que impondría Pujol, Cataluña aparece fracturada y, en vez de lograrse su “encaje” a base de cesiones, la consumada deslealtad nacionalista ha desencajado a España. Mientras esto ha venido ocurriendo entre la alegría y confianza de los más, se disimulaba silbando con que no era cierto que España se resintiera tras cada sacudida, como si tuviera que registrarse un desmembramiento tectónico como en La balsa de piedra de José Saramago. Lejos de producirse la probidad necesaria de los nacionalistas, éstos fueron aumentando su defección a medida que se le hacían concesiones para garantizar la estabilidad parlamentaria de Suárez, González, Aznar o Zapatero. Todos ellos echaron en saco roto la lección de que los nacionalistas nunca alcanzan su fin del mismo modo que el horizonte se distancia en la medida que se cree avanzar hacia él. Ni siquiera cuando culminan la hipotética independencia, pues su irredentismo les lleva a reclamar espacios limítrofes. Así el nacionalismo ha hecho un gran negocio de la deslealtad y se ha atenido a la fórmula bien remunerada de que cuanto peor le vaya a España mejor le irá a ellos.

Con todo, lo peor es que se frenará el golpe del 1-O y las élites del Estado seguirán autoengañándose al acecho inverosímil de que aparezca el eterno Cambó de la nueva situación, como los personajes de la obra de Samuel Beckett aguardaban a Godot, sin reparar en lo absurdo de su anhelo. Todo ello tras fiarse de la falsa moderación de Pujol, de negociar de madrugada entre vaharadas de humo con Moisés Mas en La Moncloa y de engatusarse con la quimera de un «independentista pragmático» como Oriol Junqueras, capaz de postergar en apariencia su glotonería frente al kamikaze Puigdemont.

No conviene -valga la locución taurina- acudir al engaño ni por parte de una derecha un tanto alelada y una izquierda que, en su inmensa torpeza, se adhirió con entusiasmo ignorante a la creencia de que nacionalismo y progresismo eran casaderos, cuando lo que prima en el primero no es somos diferentes sino somos mejores, lo que hace que librarse del nacionalismo sea esencialmente un esfuerzo moral. Ello exige una afirmación desacomplejada del Estado de Derecho y una reforma fruto de un diálogo de España consigo misma, como hizo Alemania en la Agenda 2010 promovida por Schröder en 2002 y asumida en 2005 por Merkel antes de que le saltaran las costuras, en vez de dejar que los energúmenos la hagan añicos para hacer con ella un imposible puzle.

Ciertamente, como resumió el escritor soviético Ilya Ehrenburg en el libro en el que recreó 10 meses de estancia en la España de la II República, «en la vida de todo pueblo hay siglos perdidos» (y lecciones que jamás se aprenden, desde luego). Mucho más cuando sus médicos se empecinan en remedios que son más bien medios para el sepulcro. Entretanto, la balsa de piedra de Cataluña parece esa nave de los locos pintada por el genio indubitable de El Bosco. Como símbolo inequívoco de la estupidez de los hombres, la nao timoneada por desaprensivos enfila hacia el acantilado del 1-O, en las antípodas de la idealizada Ítaca, mientras el coro de sirenas se confabula para hipnotizar multitudes.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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