La Navidad del Papa

Francisco se despojó de su casulla y ornamentos y se acomodó en el mullido diván de la suite 201 de la Casa Santa Marta. Decidió tomarse un respiro antes de ir a dormir. Había sido un día intenso culminado con la misa del gallo en que su homilía resultó complicada. Un informe de actividad y una hoja de ruta para el mundo, codificando el discurso en metáforas evangélicas. Salió bien. Y disfrutó con la misa en do menor de Mozart, rompiendo la tradición del austero canto gregoriano. Con un guiño a su tarea inmediata: la soprano israelí Chen Reiss a ver si Netanyahu se ablandaba.

Se permitió acostarse más tarde que de costumbre y retrasar su habitual de despertar a las cuatro y media de la madrugada. Llamó a su secretario, Fabian Perocchio, y le pidió su mate favorito. Sentía necesidad de repasar la película de los últimos meses, de saborear sus victorias en temas de los que dependía el futuro de la Iglesia. Empezando por el banco del Vaticano, instrumento de blanqueo de dinero de organizaciones criminales.

Ahí tuvo suerte. A fines de junio monseñor Scarano, influyente miembro de la Curia, fue detenido por la policía transportando 20 millones de euros a Suiza en un jet privado. Él no hizo nada para liberarlo. Y aprovechó para cerrar 3.000 cuentas del banco que nada tenían que ver con las obras religiosas. Despidió a ejecutivos y prosiguió con la limpia que había iniciado Ratzinger. Su gran preocupación: la Curia. El enemigo enquistado en el seno de la Iglesia de los pobres, la tradición de poder, a veces diabólico, heredada de la historia. Por eso Francisco no tenía amigos en ese estamento, por eso se dirigía directamente a sus ovejas y a sus pastores cercanos. Y por eso la preocupación crecía en los círculos del Vaticano en la misma proporción que la popularidad del nuevo Papa explotaba por doquier, suscitando la esperanza en una Iglesia redentora de un mundo desvariado en plena autodestrucción.

Chupó con deleite su mate bien caliente, de hierbas de su tierra, sabores propios que dan continuidad al pulso de la vida. Se dejó con ese medio ensueño de un deber cumplido. Su obra. Salvar al mundo y de paso a la Iglesia. Y para su propia sorpresa, sentía que lo podía hacer.

Lo de Cuba y Estados Unidos le encantó, era algo que todo latinoamericano llevaba dentro durante medio siglo.

Ahora tocaba la reconciliación entre israelíes y palestinos, ese foco de dolor, odio y peligro que amenazaba la humanidad. La tierra santa de santidades conflictivas como si el Dios único se pudiera trocear y apropiar por los arrogantes humanos, tal vez manipulados por el Maligno.

Claro que lo esencial era restablecer a la Iglesia en la vivencia de los fieles. Un tema tenía claro y sabía cómo hacerlo: ocuparse más de los pobres y marginados que de los ricos y poderosos. Cuestión de reforma política, de quitar poder y recursos a la jerarquía y distribuirlo a los pastores y fieles.

Él sabría cómo centralizar el poder, descentralizando la gestión de recursos entre los curas de a pie y las oenegés de seglares. Era un tema político y él sabía hacer política, como todo argentino que se precie.

Más peliagudo era el tema de la pederastia. Pero también sabía cómo arreglarlo: encauzando la sexualidad, permitiendo el matrimonio a los religiosos, como en todas las otras religiones. E incluso tolerando la convivencia homosexual. Para esto aún no tenía suficiente poder. Habría que esperar, pero se sentía fuerte y joven.

Paladeó otra chupadita de mate. Y de repente sintió un tremendo ardor en el estómago. Un fuego que subía por el cuerpo y quemaba todo a su paso, un sentimiento de asfixia, una opresión en el pecho, un desmayo irresistible. Trató de pulsar el timbre. Pero sus manos no respondían, sus ojos se nublaban. Y entonces, como un sueño, recordó aquella escena de su película favorita, El Padrino, en donde envenenan al Papa según la más rancia tradición vaticana. Apenas pudo hacer consciente este pensamiento. Súbitamente un fulgor blanquecino y esplendoroso. Y después, nada, el vacío.

¿Nada? No, espera, hay algo, algo más, algo distinto que surgía de dentro de él y se elevaba dulcemente a un espacio cada vez más abierto, una leve niebla blanquísima y dulcísima, un sentimiento de paz conforme la niebla, y él envuelto en ella, se alejaba de un cuerpo inerte en el que el rictus de dolor se iba convirtiendo en serena sonrisa.

¿Qué era aquello? Serían verdad todas las historias que ellos mismos contaban para después de la muerte? No sabía, pero de repente sintió un poder nuevo, podía desplazarse por el mundo, llegar a las conciencias más recónditas y actuar sobre ellas.

Probó. Fue a Gaza a encontrar a Jaled Machal. Se transmutó en Alá (Dios es único) utilizando una fórmula facilitada por su nuevo camarlengo, especialista en diálogo interreligioso, y le convenció que dejara de matar.

Netanyahu fue más difícil, porque lo de Dios no le va. Pero le prometió duchar tres veces diarias a sus servidores para calmar a su histérica mujer, Sara, obsesa de la higiene. Y aceptó. Dos estados, paz y cooperación.

Se dio cuenta de que este poder era fugaz. Decidió aprovechar.

Canceló deudas de los pobres. Legalizó las drogas, dejando sin negocio a los narcos. Reguló las finanzas y envió al infierno a los financieros no éticos. Expulsó del templo parlamentario a la casta de mercaderes de la política. Erradicó el machismo de las conciencias. Y…

Ya no le dio tiempo de más. La niebla se fue haciendo más y más tenue, hasta subir al firmamento y mezclarse con el polvo de estrellas.

Manuel Castells

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