La necesaria competencia lingüística de los maestros

En mis años de docencia –y ya sobrepaso los 45– he procurado siempre emplear en el aula y fuera de ella, en el trato con mis alumnos, una expresión lingüística correcta, ajustada a las situaciones, dentro de un registro culto, aunque ajeno a la pedantería, convencido de que la expresión vulgar no ayuda a crear «cercanía» con respecto al alumno, sino todo lo contrario: desarbola la autoridad del docente, del que el alumno espera esa competencia lingüística que dignifica su trascendente labor.

Esta disquisición personal, a modo de introducción, tiene su porqué: La Universidad Rey Juan Carlos ha asumido, con carácter inmediato, el protocolo auspiciado por la Comunidad de Madrid en virtud del cual es requisito imprescindible para cursar el Grado de Educación Primaria que los futuros alumnos hayan aprobado el examen de Lengua Castellana y Literatura en la Selectividad. Si bien se podría haber demorado la aplicación de esta medida, como han hecho otras universidades desde la URJC se asume como una exigencia de rigor y un compromiso con la excelencia, en el bien entendido que habrá de fortalecer la formación y capacitación de nuestros graduados en Magisterio. Aunque esta exigencia parezca obvia –de hecho, la capacidad expresiva y la corrección idiomática son exigibles a todo universitario–, son muchas las razones que la avalan, ya sean de tipo académico y cultural, de índole social y educativa e incluso de carácter moral.

Limitémonos aquí a reflexionar sobre algunas de las razones de carácter estrictamente académico y cultural. Quienes hemos participado en estos últimos años en la elaboración y/o corrección de las pruebas CDI (Conocimientos y Destrezas Indispensables, para alumnos de tercero de la ESO), de las pruebas PISA (Program for International Student Assessment, dirigidas a alumnos de 15 años) y de las PAU (Prueba de Acceso a la Universidad) hemos tenido ocasión de comprobar que un sector de la población escolarizada en los diferentes niveles educativos previos a la universidad exhibe una alarmante pobreza de vocabulario, no suele emplear las palabras más apropiadas al contexto lingüístico y a la situación comunicativa, y salpica sus escritos con abundantes errores ortográficos.

No es este ni el momento ni el lugar para explicar cómo se ha llegado a esta situación, en la que convergen varias y muy complejas causas, entre las cuales figuran contenidos de dudosa funcionalidad y métodos de enseñanza/aprendizaje poco fiables pedagógicamente hablando. Pero lo que es indudable es que quienes aspiran a ponerse en un futuro no muy lejano ante unos alumnos para guiarles en sus primeros pasos de apertura al conocimiento de sí mismos y de la realidad en la que viven han de poseer una notable competencia lingüística. Y no es suficiente para poseer esta competencia el conocimiento intuitivo y práctico que se tiene de Gramática, adquirido por la experiencia y la ejercitación espontánea a lo largo de los diferentes momentos y situaciones de la existencia. Se necesita también el estudio de la Gramática en todos los aspectos que contemplan los currículos oficiales, lo que implica realizar un esfuerzo intelectual para entender y reducir a esquemas lógicos los fenómenos lingüísticos. Así, desde este enfoque teórico-práctico, se debe afrontar la educación en el lenguaje. ¡Cuánta incultura subyace agazapada detrás de ciertos errores ortográficos prodigados con generosidad en las PAU, que a todos debieran avergonzarnos! No parece razonable, pues, que se pretenda acceder a determinadas carreras sin, al menos, ese «dominio respetuoso» del instrumento comunicativo de intercomprensión que es la propia lengua. Todo docente es, ante todo, maestro con la suficiente formación en la Lengua que emplea ante sus alumnos, como síntoma de su nivel cultural y de su compromiso social.

No cabe ninguna duda: acceder a la universidad para cursar el Grado de Primaria requiere cierto nivel de madurez intelectual que el empleo del lenguaje se encarga de manifestar. La Universidad Rey Juan Carlos así lo entiende y se propone potenciar esta parcela en la capacitación de los futuros profesores de enseñanza Primaria, aun a riesgo de ser señalados como valedores de un nivel de exigencia que no se reclama en otras universidades. Se asume el desafío conscientes de que los esfuerzos de hoy habrán de dar su fruto más pronto que tarde.

Fernando Carratalá, catedrático de Lengua y Literatura y profesor del Máster de Formaicón del Profesorado de la Universidad Rey Juan Carlos.

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