La necesaria ilusión por Andalucía

Hace mucho tiempo que sabíamos quién iba a ser la perdedora de las primarias del PSOE. Es posible que muchos se hayan visto sorprendidos por el resultado, pero para nosotros no ha sido ninguna sorpresa. Desde el Partido Popular andaluz veníamos anunciándolo desde hacía meses. Y, al final, desgraciadamente, ha ocurrido justo lo que pronosticamos: la que más ha perdido por las primarias del Partido Socialista no ha sido otra que Andalucía.

La comunidad autónoma más poblada de España, con 8.388.107 habitantes según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, y una extensión similar a la de Portugal y superior a la de Austria, Irlanda o Dinamarca, ha pagado muy cara la dedicación exclusiva de su presidenta a perseguir una ambición personal.

Es legítimo tener ambiciones personales, querer procurarse un futuro mejor y defender un modelo propio de partido político, pero eso nunca debe ser a costa del futuro colectivo de más de ocho millones de personas. Un dirigente político, más aún si tiene la responsabilidad de gobernar, siempre debe poner el interés general y el bien común por encima de todo. Y ahí es donde ha fallado la presidenta Susana Díaz.

“Ahora me toca centrarme en Andalucía”, declaró después del fiasco de las primarias, reconociendo de ese modo que hasta ahora era otra cosa la que la tenía ocupada, a pesar de que llevaba todo este tiempo asegurando que estaba volcada en Andalucía. Ese “ahora” es el reconocimiento explícito de una larga tomadura de pelo a los andaluces. Pero «ahora» puede ser ya demasiado tarde.

Susana Díaz ha utilizado la Junta de Andalucía como plataforma para su carrera electoral dentro del Partido Socialista. Ha paralizado durante meses la institución que ha de dirigir el destino de más de ocho millones de ciudadanos para ponerla principalmente a su servicio, al servicio de sus intereses personales.

Hay muchos ejemplos para ilustrar cómo Andalucía ha sido en los últimos tiempos un barco a la deriva por no haber tenido a nadie al frente del timón, pero vamos a tomar uno que nos parece especialmente significativo.

La tierra con más de un millón de parados, según la última oleada de la Encuesta de Población Activa, la región de Europa con más desempleo, ha devuelto al Estado el 70% de los fondos que recibió en 2016 para subvenciones del ámbito laboral, incluidas las ayudas del programa de acción conjunto para la mejora de la atención a los parados de larga duración. Los datos muestran el desastre al que Susana Díaz ha condenado a nuestra tierra.

El Gobierno de Mariano Rajoy asignó a la Junta de Andalucía casi 365 millones de euros para ayudas laborales, pero una presidenta ausente sólo ha sido capaz de gastarse el 30% de esos fondos, renunciando nada menos que a 253 millones de euros.

Es indudable la carga de responsabilidad de los sucesivos gobiernos socialistas en el hecho de que Andalucía sufra una tasa de paro 8,19 puntos superior a la media de España (26,94% frente a 18,75%) y no recorte su distancia. Las políticas de Susana Díaz desde que llegó al poder en septiembre de 2013 han sido inútiles para corregir un dato que debería abochornarla como presidenta: uno de cada cuatro desempleados de nuestro país sigue siendo andaluz.

Haber abdicado de su responsabilidad como presidenta es un error imperdonable: los 253 millones de fondos de empleo devueltos por Susana Díaz al Estado en el año 2016 superan con creces los 202 millones no ejecutados por las otras 16 comunidades autónomas juntas.

No se trata de juzgar o etiquetar a los gobernantes por sus ideas políticas, porque no siempre la gestión responde a cuestiones ideológicas sino de prioridades. Y éste es un caso claro de ello. Así, por ejemplo, otros gobiernos autonómicos socialistas y de otros signos como los de Aragón, Asturias, Castilla-La Mancha, Cataluña o Madrid han sido capaces de gastar entre el 82% y el 99% de estos fondos. Y eso que Andalucía fue la comunidad autónoma que más recibió del Gobierno de Mariano Rajoy.

Pedro G. Cuartango lo sentenció en estas páginas de manera clara hace unos días: “Su gestión en Andalucía ha sido sencillamente pésima”. Pues incapaz de contrarrestar con argumentos sólidos esta nefasta gestión del dinero público, porque no puede hacerlo, el Gobierno socialista de Andalucía no ha tenido más remedio que recurrir a la posverdad, a tratar de justificarse con mentiras conmovedoras sobre un maltrato ficticio a Andalucía por parte del Gobierno de la Nación. Eso se llama populismo institucional. Ni más ni menos.

Buscar un enemigo irreal al que culpar de todo lo malo para esconder la responsabilidad propia y prometer lo que se sabe que no se puede cumplir son dos rasgos inherentes al populismo y es de justicia reconocerle a Susana Díaz su habilidad para ello.

Ese populismo -lindante con el peronismo- le ha sido efectista a corto plazo, pero ha contribuido a transmitir una imagen distorsionada de Andalucía fuera de Andalucía. Susana Díaz tiene la representación institucional de los andaluces, como presidenta que es de la comunidad autónoma, pero ahí -nada más y nada menos- empieza y acaba ese poder de representación. En modo alguno se le puede considerar paradigma o modelo de Andalucía y los andaluces, porque más bien lo que hace es reforzar esa imagen estereotipada de nuestra tierra que tanto daño nos hace.

Es triste que la presidenta, como si ella misma fuese un espejo cóncavo valleinclanesco que todo lo deforma, contribuya a reflejar los tópicos sobre una comunidad que ha sido cuna de dos Premios Nobel de Literatura como Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre y de genios como Picasso, Federico García Lorca, Rafael Alberti o los hermanos Machado.

Sería bueno que en la reflexión que entiendo que ha debido de iniciar después de los últimos acontecimientos, Susana Díaz reparase en que, posiblemente, una parte del rechazo que su modelo político ha generado fuera de Andalucía se deba a ello.

Andalucía es una comunidad histórica que debe hacer valer su peso en el conjunto del Estado y su representación en las instituciones. En estos momentos cruciales para la defensa de la unidad de España, los representantes políticos de nuestra comunidad estamos obligados a impedir que nadie juegue con uno de los bienes más preciados que tenemos los españoles: la soberanía nacional.

Este reto es, ahora mismo, más importante que cualquier otro; y eso los líderes políticos han de saber entenderlo, huyendo de la tentación de dejarse arrastrar por los cantos de sirenas del populismo. Es de esperar que la presidenta de Andalucía y secretaria general de los socialistas andaluces esté a la altura al menos en esta ocasión.

Los andaluces deben ser conscientes del coste que ha tenido para ellos, para sus oportunidades de futuro, la renuncia de facto de Susana Díaz durante todo el tiempo en que ha estado distraída, absorta en sueños mayores.

Es éste un momento para preguntarse si es ella la persona más adecuada para dirigir esta comunidad autónoma. Y mi respuesta es que mucho tendría que cambiar para ello. Empezando por su actitud de estar en Andalucía por estar, porque no la han querido en otro sitio.

La mejor tierra de España no merece ese desprecio. Una tierra que lo tiene todo para ser locomotora de España no puede estar esperando a que la persona que ha de dirigir su destino esté con ganas e ilusión. La comunidad más rica y hermosa no puede ser un premio de consolación para perdedores, un segundo plato y mucho menos las sobras.

A día de hoy es difícil calcular los daños, pero es previsible que los andaluces estemos pagando durante un tiempo los meses en los que esta tierra ha estado sin gobierno, prácticamente abandonada a su propia suerte.

El tiempo, como la vida, tiene el valor supremo de los bienes que son irrecuperables. El tiempo es la vida y viceversa. Y aunque se ha perdido mucho de ese tiempo, nada es irreversible. Será difícil, costará trabajo y esfuerzo, pero nuestra tierra se repondrá. El PP andaluz, que sí tiene la ilusión y el coraje que tanto se necesitan ahora, no va a escatimar energías hasta lograr que Andalucía ocupe el lugar que se merece en España.

Juan Manuel Moreno es presidente del PP andaluz.

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